Bueno, pues al fin y a la postre, la tanda de entrevistas de trabajo del Viernes no fue tan traumática como me esperaba. La chica que amenazaba venir acompañada de intérprete apareció efectivamente con un maromo de lo más macizo, como manda la tercera ley de Murphy. En cualquier caso tampoco era ninguna belleza, así que malamente le hubiera pedido su mano allí mismo, caso de venir sola, ni mucho menos invitado a cenar o algo. Como compensación, uno de los otros candidatos del género femenino resultó ser una hembra de lo más aparente, nativa de Dalian por más señas (excelente material por aquellos pagos, se lo digo yo) y bastante bien cualificada para el puesto, por lo que es muy probable que acabe siendo la elegida. Tiene la ventaja adicional de ser medio metro más alta que yo, con lo que me será más asequible el cumplir con mi vieja norma de coexistencia laboral: “no te pongas a joder donde te den de comer” -con sus infinitas variantes-, que aunque les parezca de lo más increíble, siempre he cumplido a rajatabla en todos los sitios donde han cometido la equivocación de darme trabajo. Para bajar la media, sin embargo, el resto de candidatos eran unos auténticos peñazos, por lo que al terminar tan dura jornada estaba únicamente listo para ir a mi hotel, darme una ducha y disfrutar de un merecido descanso. Allí, en la soledad de mi habitación, amodorrado por el cansancio y por una insulsa película de Clint Eastwood en el HBO, recordé -¿o tal vez soñé?- una noche semejante, ocurrida no hace mucho tiempo atrás.
Aquel día, también Viernes y también en Shanghai, tras terminar una larga tanda de visitas a pseudo-clientes acompañado por uno de mis subnormales ingenieros de ventas, y merecedor incontestable por tanto de una recompensa extraordinaria, dirigí mis pasos a mis caladeros habituales, tras un breve paso por el hotel para lavarme al menos la cara. Quesadillas picantes en Malone’s, chorreantes de aceite y trasegadas con un par de pintas. Barriga llena, ánimos entonados, ambiente perfecto para que empiece a sonar la banda. El día que me muera creo que cortarán mi cabeza, la disecarán y la pondrán en la pared de la barra, para no echarme de menos.
A eso de las diez la cosa empezó a animarse en serio y comenzaron a fichar las primeras “oficinistas”. Nada nuevo bajo el sol. Xiao Wei intentaba entablar contacto visual conmigo, medida prudente tras la noche de aburrimiento que pasamos la última vez jugando al billar en Julu Lu. Estaba hasta guapa, jersey con los hombros al descubierto, falda corta y tacón alto, peinado de peluquería. “Que rápido aprenden”, pensé al recordar la noche, no tan lejana, en que iba hecha unos zorros y con un moño de cuatro pelos mal cogido. En cualquier caso, era pronto y la muchacha no es de mi estilo, así que utilicé mis artes en el desencuentro visual -si algún día vuelvo a España me ganaré la vida como camarero, seguro- para no cruzar la mirada con ella en ningún momento, mientras observaba sus evoluciones con curiosidad. Por lo demás, la vieja guardia de siempre, el par de filipinas habitual con sus “boyfriends” y poco más. Por fin, cuando ya empezaba a aburrirme, se sentó en el hueco de la barra que siempre me las arreglo para mantener libre a mi lado -hay que ver, la práctica- una señorita bastante decidida y sin duda del gremio, a pesar de que nunca la había visto por allí. Más por aburrimiento que por otra cosa la dejé que comenzara el pitch de ventas e intercambiamos la información habitual -Jose/Zaya, Spain/Mongolia, 48/a ti qué te importa- hasta que me dijo que había venido a Shanghai a visitar a una amiga y casi me dio la risa. No era mi tipo, era un poco mayor -qué crueles somos los tíos- y estaba un poco aburrido tras casi tres horas y cinco pintas en el mismo sitio, así que cuando me propuso “to have a good time together” le dije directamente que no, thanks, otro día maybe, y fui desfilando hacia la puerta. Se quedó un poco cortada, pero la vida es dura. Le dejé pagado un vino blanco, como compensación por el tiempo perdido, y me fui en busca de mi destino.
Hengshan road estaba descartado por ser noche de viernes, en las que Zapata´s se convierte en un cocedero de mariscos insoportable, y el SBS no llegará jamás a ser lo que fue Bourbon Street. A Xintiandi no me llevan más que con una pistola en la nuca. El Bund y los bares pijos no son para gentuza como yo, Julu Lu y aledaños son para otras cosas… la solución natural, aunque sólo fuera por proximidad geográfica era el TongRen strip, y hacia allí se encaminaron mis ya algo disminuidos pero aún inconfesables apetitos. Logré pasar de puntillas ante el Déjà Vu y su dueña -larga historia-. Soporté estoicamente un placaje de alta escuela de Lulu al pasar por el Blue Angel, desestimando cortésmente su invitación a conocer a los nuevos fichajes filipinos del establecimiento. Conseguí no ser visto por las avezadas centinelas de la puerta del Woodstock, lo que hubiera supuesto una aparición en tromba de MeiMei un par de bares más tarde pidiendo airadas explicaciones por mi indiferencia. Por fin, tras sortear múltiples peligros de este estilo e incluso peores, me encontré a las puertas de mi destino fatal, el bar más cutre y denigrante que conozco, el lugar donde mi degradación moral se agiganta y mi autoestima desciende a los infiernos, el infausto sitio donde algún día, al limpiar por la mañana, encontrarán mi cadáver momificado en alguna de las mesas del fondo: el Manhattan.
Varios metros ya dentro del local, tras apartar cuidadosamente de mi camino a los extranjeros gordos y los habituales “ladyboys” de la puerta, caí en la cuenta con un escalofrío de que según mis últimos cálculos Amalia estaba en la ciudad, por lo que cerré los ojos fuertemente esperando de un momento a otro el impacto del misil en vuelo rasante en que se convierte la susodicha ciudadana filipina cada vez que me ve. Al cabo de un rato, y como nada sucedía, abrí temerosamente un ojo, para encontrar a mi lado, sonriente como siempre, a la inefable Yaya, mi amor platónico, mi asignatura pendiente, con mi trago habitual en la mano listo para el consumo. Qué cosas. Conozco a esta chica desde que empezó a trabajar en Malone´s, más tarde en el Big Bamboo, luego anduvo dando tumbos por esta misma calle, hasta recalar finalmente en este antro, donde para mi sorpresa se ha adaptado con sospechosa facilidad y va ya para dos años sirviendo copas a degenerados como yo. Que yo sepa, sin embargo, no desarrolla actividades “colaterales”, ya me entienden, y tal vez por eso me gusta tanto. Siempre que nos vemos nos contamos nuestra vida, me pide fotos de los niños y yo de paso aprovecho para tirarle los tejos, aunque sé positivamente que nunca accederá. Hubo un tiempo, hace ya mucho, en que faltó poco, muy poco… pero eso es otra historia. Me dijo que esa noche tampoco sería mía, que por fin se había casado con el macarra de su novio y ya era una mujer respetable. Le dije que me daba igual, que yo no soy celoso, nos reímos un rato, me buscó un buen sitio y me dejó abandonado a mi suerte. Me quedé sentado, formalito y con mi copa. Es curiosa esta sensación de salir de caza y saber que la pieza eres tú.
No era un buen día para estar en Manhattan´s. Fin de semana, mucho curioso, mucha gente torpe -nativos borrachos, mayormente- y un ratio de machos/hembras inusualmente alto. Es, sin embargo, el mejor lugar de Shanghai para pasar la noche si sucede que es usted un observador nato como un servidor, un hombre con curiosidad por la vida que le ha tocado vivir, asombrado y divertido ante el despliegue de actividades diversas que se desarrollan en tan pintoresco establecimiento. Sólo hay que aprender a quitarse de encima las visitas inoportunas, eso sí, con cortesía, algo de gracejo y sin herir susceptibilidades. Al fin y al cabo, mientras usted se divierte, hay gente que está trabajando. Relájese, deje que la vida siga su curso, espere expectante lo que la noche tenga reservado para usted, y lo más importante, sonría abiertamente. A las mujeres no les gustan los tipos sombríos.
En estas estaba yo, cuando tras varios intentos infructuosos de acoso y derribo por parte de laboriosas parroquianas, y algún que otro hostigamiento a media distancia de esos que tanto detesto, apareció decidida y sonriendo Wang Yue, codename Mimi. Nativa de Sichuan, 24 años, cara agradable, tenía de todo, todo en su sitio, y todo era suyo. Alegre y combativa, me saludó como si me conociera de toda la vida, sentándose a mi lado resueltamente y sin pedir permiso. A pesar de su relativa juventud, aprecié que era una profesional en el mejor momento de su carrera, ése en el que aún ponen todo su entusiasmo en cada encuentro y no tratan cansinamente de liquidar el asunto lo antes posible para volver al bar y hacer doblete (o triplete, que también las conozco). Pertenecía además al género de cazadoras solitarias, lo que le granjeó mi simpatía y mi respeto al instante. Entre profesionales nos reconocemos rápidamente, así que la emprendedora señorita y un servidor congeniamos al instante y sin necesidad de la inútil palabrería de costumbre. Hablamos, brindamos y reímos despreocupadamente, dejando que la noche dictara poco a poco su veredicto inapelable. No me hizo en ningún momento proposiciones explícitas, ni tampoco habló de dinero. Un par de copas más tarde, y aún sin mediar palabra al respecto, era evidente para los dos que la cosa estaba vista para sentencia. Nos levantamos, salimos a la calle y cogimos un taxi.