Por Shanghai pululan tres tipos de putas filipinas: Las que trabajan, las que no, y Jinky. De esta última criatura ya les daré más detalles otro día, que la cosa da para mucho pero la historia de hoy es otra. De las primeras recuerdo a la entrañable Amalia, siempre tan expresiva y cariñosa (oooh, you are a great fucker!), y cómo no, a la inefable Norma, nombre de guerra Grace, que tras unas cuantas intensas, insomnes y memorables noches, se convirtió finalmente en un dolor de huevos que se dedicaba incansable a perseguirme y acosarme día y noche utilizando todos los medios a su alcance. La culpa es mía, por haberle pagado de más el primer día, pero eso es otra historia. Y luego están las que son majísimas en el bar, guapísimas, seductoras y encantadoras… sólo para caer en el sopor más profundo y la somnolencia más apática una vez en la intimidad de la habitación y con el trato bien amarrado -honeeey… I want to sleep, we fuck tomorrow morning, okay?-.
Filipinas, además de ser la productora número uno de bandas de rock del mundo, es también la máxima exportadora de putas de todo el sudeste asiático, provenientes en especial de la zona de Makati. Son gente que se hacen primero el circuito local, donde aprenden el oficio, y luego salen a Singapur, Macao, Hong Kong, y desde hace un par de años o tres también a Shanghai. Desde que llegaron han cambiado el ambiente y las reglas de juego de la noche canalla Shanghainesa, especialmente en ciertos sitios como el Tongren Strip, ya que son bastante diferentes en trato y comportamiento a lo que los “old china hands” de toda la vida estábamos acostumbrados. Si cae usted por estos pagos tras una larga temporada sin venir, o no tiene experiencia en el trato con estas especificas criaturas de la noche, le aconsejo que antes de lanzarse de cabeza con una filipina se lo piense dos veces, o al menos se deje aconsejar y empiece poco a poco. O bien, si es usted un descerebrado como yo y le da todo igual, se puede liar la manta a la cabeza, engancharse a la primera que pille, y que salga el sol por Antequera. Total, es como jugar a la ruleta rusa en versión asiática: bastante emocionante, pero de resultados desastrosos si le sale mal -o si insiste usted mucho-.
La noche tenía todos los ingredientes para resultar perfecta. Buen estado físico general -descontando la cirrosis galopante-, adecuado estado anímico y económico, horario perfecto, sin nada que hacer hasta las doce del mediodía del día siguiente… así se las ponían a Felipe II, pensé mientras me empezaba a preocupar ante la evidente falta de quórum en Malone’s. Ya se había torcido la cosa un poco antes, con una inadecuada selección de hotel, forzada por la necesaria proximidad a la zona de actividad del día siguiente. Un hotel del alto Bund, espectacular en las vistas pero bastante decrépito y decadente, una suite amplia pero con un mobiliario anterior a la revolución cultural y -pecado mortal- una cama de escasa e insuficiente queen size en lugar del amplio espacio retozador, mínimo dos metros, al que está uno acostumbrado. Demasiado tarde ya para cambiar, y visto que la noche no iba a ser propicia para aventuras alocadas, intenté al menos planear una velada romántica con Wang Yue, tabla de salvación para estas ocasiones, pero su mensaje de respuesta fue descorazonador: Honey, I happy you in Shanghai, but I with period and we can’t make love. Maravilloso, saluda a “period” de mi parte, pensé. Dos minutos más tarde, mensaje de Roni (are you in Shanghai, darling?). Al menos es enternecedor ver cómo se esfuerzan en buscarte sustituta, mientras a la vez procuran que el negocio quede en casa (con comisión de por medio, seguramente).
El pistoletazo de partida me lo dio sin querer mi compañero accidental de barra, un sueco borracho y truculento -creador de “juegovideos”, en su horrendo español- que cuando intentó intimar conmigo me hizo comprender que estaba perdiendo el tiempo de manera miserable. De forma que con gesto trágico y alcohólica determinación dirigí mis pasos a donde siempre, en busca de desconocidas emociones que pudieran enderezar el rumbo de una noche tan prometedora en principio, pero deslizándose ahora inexorablemente por el abismo de la vulgaridad y el aburrimiento. Era un poco temprano para estar en el Manhattan y había poca gente. Sólo destacaban en una mesa apartada unos cuantos tipos con aspecto de ser del medio oriente, con pinta patibularia y un tanto amenazadora, que sin embargo estaban ejemplarmente bien gestionados por Sharon, esbelta pero endurecida criatura experta en este tipo de clientela. Me alegré por ella y al mismo tiempo, sin nada mejor que hacer y casi inocentemente, me quedé mirando a un ladyboy algo más de la cuenta -dos milisegundos-, lo que tuvo el fulminante efecto de tenerlo a mi lado al instante desplegando todos sus encantos, para pasmo y horror de las simpáticas vietnamitas que compartían accidentalmente mi mesa. Tras comprender que una vez más no estaba yo aún preparado para este tipo de experiencias, por suerte no me fue difícil quitármelo de encima, al fin y al cabo esta gente entiende rápido dónde son bienvenidos y dónde no. Después del susto, y ya un poco más calmado, me dediqué a esperar pacientemente que la noche siguiera su curso hasta que mi destino en forma de mujer hiciera finalmente su aparición, cosa que históricamente siempre ha sucedido más tarde o más temprano.
Lo que pasa es que esta vez fueron dos. Mira que me costó decidirme, porque además ya conocía a una de ellas y la vez anterior no me había parecido ninguna maravilla, pero la noche avanzaba y se iba haciendo tarde, del resto de parroquianas no me había llamado la atención ninguna, y junto con las dos ninfas y algunas de sus amigas que iban y venían, la verdad es que formábamos un grupeto de los más animados del lugar. Así es que a una hora prudencial (es un decir) me cogí a las dos y sin más preámbulos nos fuimos para el hotel, previa parada en el supermercado vecino para llevar a cabo el preceptivo aprovisionamiento -zumo, galletas, condones, esas tonterías-. Pero por desgracia y como era previsible, una vez en la habitación pasó lo que tenía que pasar. Hombre, yo reconozco que era tarde, habíamos bebido mucho y tal vez no era la mejor hora para espectáculos circenses, pero lo prometido es deuda y me molesta que la gente trate de escurrir el bulto. Se negaron, primero remolonamente y luego con determinación, a realizar ningún tipo de actividad lésbica entre ellas, y menos de alto calibre como era mi deseo, con lo que destrozaron sin remisión uno de mis caprichos de la noche. Avezado sin embargo en estos menesteres -a la fuerza ahorcan-, decliné el pelearme abiertamente con dos putas filipinas en un hotel chino a las cinco de la madrugada, actividad de riesgo que puede terminar con insospechadas y siempre desagradables consecuencias. Opté en cambio por los buenos modales, el diálogo y la negociación para atraerlas a mi terreno, cosa que indudablemente se me debe dar bien puesto que a los cinco minutos ya tenia un principio de acuerdo con las dos fieras, que ahora parecian más proclives a trabajar algo a cambio de los emolumentos previamente acordados. La que ya conocía de antes siguió tan vaga como siempre, pero al menos su compañera se mostró más agradable y cooperadora de lo que en principio cabría esperar, proporcionándome un rato de relax que incluso podría calificarse de aceptable. A la mañana siguiente se repitió la historia, con la única variante de que esta vez la anodina muchachuela, más descansada o tal vez avergonzada por su anterior falta de entusiasmo, tuvo a bien colaborar más activamente en el intercambio afectuoso entre su amiga y yo, amenizándonos incluso el clímax con unos gritos estentóreos que se tuvieron que oír en el hotel de enfrente y nos hicieron reír a los tres como posesos. Más tarde, cuando bajé a liquidar la cuenta, me pareció así como que el personal de servicio en el mostrador me dirigía miradas un tanto reprobadoras… pero qué coño, la vida es corta y que yo sepa sólo se vive una vez, ¿no les parece?