DOS DIAS, TRES NOCHES
Fui a Pekín esta vez como quien va a visitar a una antigua novia a la que no ha visto en un par de años, recordando los buenos tiempos y los malos momentos que uno pasó con ella, expectante y excitado ante la nueva apariencia que ella tendrá, habrá cambiado mucho, llevará aún el pelo recogido. Pekín me recibió esplendorosa, primaveral, más bella y limpia que nunca, animada y bulliciosa como no la recordaba. Los días los tenía ocupados en otros menesteres, pero las noches… tres noches pueden dar mucho de sí, si uno pone las ganas y dispone de la energía (y el dinero) necesarios para exprimirlas hasta la última gota de aventura, excitación y placer.
La primera noche me dirigí al “Pig & Whistle”, el celebérrimo bar del hotel Lido, escenario anterior de buena parte de mis innumerables trapisondas por estas tierras. Para mi estupor, ahora resulta llamarse “Pig & Thistle”, o sea que una de dos… o le han cambiado el nombre a traición, o este estúpido mortal llevaba cinco años llamando a la criatura por erróneo apelativo, fruto sin duda del alcohol y otros excesos que no vienen a cuento. El caso es que, como viene siendo últimamente habitual en mi vida, antes incluso de entrar al antro-bar asomó por la puerta una mozuela alta y esbelta, de facciones correctas aunque sin llegar a ser portada de revista, ataviada con sus mejores galas de zorrón profesional. Esta vez iba en modalidad “deportiva elegancia”, con un pantalón de chándal de vestir color rosa, de esos con cordones en la cintura y pata ligeramente acampanada, ajustados lo necesario por arriba, cintura baja, sugerentes en anverso y reverso, chaqueta a juego (sorprende que una tía toda de rosa tenga buena pinta) y tacones altos, lo que la convertía en blanco ineludible de todas las miradas. No la reconocí al principio, pero ella me miró, sonrió, y pronunció mi frase recurrente favorita: “Hi Josema, long time no see you“. La señora Li Mali, vieja conocida donde las haya (mía y de medio Pekín, evidentemente), poseedora de un tatuaje en forma de rosa que creo ya les comenté un día, me cogió del brazo y me introdujo prisionero sin remisión alguna en el local. Estaba guapa, más de lo que yo la recordaba, llevaba el pelo bien cortado y con recogido amplio -mi gran debilidad- y aunque me dio un poco de pena renunciar al resto de sorpresas que la noche podía tener deparadas para mí, Li Mali era una apuesta segura, buena compañía en toda circunstancia y estaba contenta de verme. Poco más se puede pedir la primera noche de retorno a las raíces, así que sonreí relajadamente y me dejé llevar. El resto, se lo contaré en una próxima entrada dedicada en exclusiva a la susodicha, que sin duda se lo merece.
La segunda noche intenté explorar el resto de los viejos lugares de antaño, de los que me habían llegado inquietantes noticias durante todo este tiempo, marcado por el infausto año olímpico. Efectivamente, han cambiado bastante y se les nota heridos de muerte con respecto a los viejos tiempos… puede que sea fruto de una feroz persecución policial (Hollywood), de un prolongado cierre y una más que desafortunada remodelación (Maggie’s) o simplemente de que era lunes (Suzie Wong, Hard Rock Café). Puede también que se deba únicamente a la inexorable evolución natural y sea hora de dejarse de nostalgias y buscar otros caladeros, el caso es que la noche se puso cuesta arriba y sólo un gran profesional como un servidor es capaz de levantarla sin desánimo y sacar partido incluso de la adversidad. Era de Mongolia y se llamaba Solongo, nombre horrendo donde los haya y capaz de espantar al más pintado, hasta que una amable y espontánea traductora natural de Kazajstán (o como se escriba) me dijo que traducido al cristiano la muchacha se llamaba “arco iris”. Ante tan irresistible propuesta no me fue difícil dar la noche por zanjada, pelearme con la seguridad del hotel -que se resistían a creer que la chica sólo venía a ver unos catálogos- y aguantar el insomnio de la niña (cómo me jode que sólo puedan dormir de día, por Dios) hasta que a las cinco de la mañana la mandé para su humilde morada y pude por fin disfrutar de unas horas de plácido reposo. Ah, por cierto, recorrer el arco iris de arriba abajo tampoco tiene mucho de especial, no sé, será que me perdí algo.
La última noche, reuniendo el resto de las pocas energías que me quedaban, conseguí arrastrarme de nuevo hasta el “P&T”, que a esas alturas de semana se había convertido en la única alternativa viable para hacer un poco el golfo, y además tenía un buen presentimiento, que no me falló (es lo que tiene disponer de un ángel de la guarda de última generación). Tras una hora de insulsa charla con las parroquianas -y parroquianos, hay que ver cómo se enrollan los forasteros cuando están fuera de las faldas de la madre patria- y de declinar amablemente las atenciones de Li Mali (que no se molestó en absoluto, ya sabe que no soy de repetición a corto plazo) apareció por fin Aruna, y mi vida cambió por completo, como dicen en las telenovelas. Aruna posee la serena belleza de las estepas de Mongolia, tiene la edad perfecta para una mujer (28 años), todas las tallas adecuadas, a lo alto y a lo ancho, y un tacto increíblemente suave y levemente neumático, como a mí me gusta. Tiene también unos ojos negros como la noche pero aún capaces de mirarte con sorpresa e incluso con inocencia a veces, y una sonrisa franca, sincera y abierta, enmarcada por unos labios prometedores de los más oscuros placeres, capaces de satisfacer los más turbios deseos. Fui con ella a “Chocolate”, el nuevo club de ambiente ruso-bizantino que está de moda en la noche Pekinesa. Allí bebimos, hablamos, bailamos, nos miramos, nos tocamos y dejamos en fin la noche vista para sentencia. Aruna y yo fuimos felices esa noche. Felicidad efímera, felicidad prestada, felicidad comprada… lo que quieran, pero felicidad al fin y al cabo. Eso es lo que nos queda.
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