Oh! China
El lado canalla de la China

Posts Tagged ‘mujeres’

27
Jan

DESDE SANTURCE A BILBAO

Posted in Tatuajes  by Josema

… vengo por toda la orilla
con la falda remangada
luciendo la pantorrilla…

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15
Jan

JAPONESAS

Posted in Gentes  by Josema

Hoy, avergonzado y abochornado, he caído en la cuenta de que nunca les cuento nada de mi experiencia educativa como estudiante de chino.  El hecho de que no haya nada (interesante) que contar no es excusa para no escribir siquiera unas líneas… pero jopé, es que de verdad no pasa nada digno de mención, estudiar chino es una de las experiencias más aburridas de mi existencia, se lo digo en serio… ahora entiendo porque es tan difícil aprender este condenado idioma:  es que NO QUIEREN que lo aprendamos, de otra forma no entiendo como la enseñanza de un idioma puede convertirse en algo tan pavorosamente soso e inconsistente.

Lo único que alegra moderadamente mis días en esta prestigiosa institución educativa son las japonesas, de las cuales, gracias a Dios, parece haber un suministro inagotable (también hay japoneses, pero a esos que les den morcilla).  Remedando aquella canción de los 70 (o de los 60, ya no me acuerdo) diria que “las japonesas tienen algo especial, las japonesas son guerreras”.  Las hay de todos los tipos y tamaños:  altas, bajas, gordas, flacas, guapas, feas, rubias, morenas… pero todas, absolutamente todas, tienen un morbo especial, que no se (aún) en qué consiste, pero que a ojos de un depravado internacional como servidor, las convierte automáticamente en oscuros objetos de deseo.  Serán esos atavíos y abalorios que se colocan de forma aparentemente aleatoria, y que a cualquier otra menos a ellas haría parecer ridícula… esos taconazos que las hacen crecer medio metro y andar de forma especial (extravagante, en cualquier otra, menos en ellas), esas minifaldas vertiginosas que ponen los pelos –y otras cosas- de punta, esas caras inexpresivas, y por tanto extremadamente eróticas, bajo flequillos hasta las pestañas y moños churriguerescos… ahora bien, mis favoritas, con diez cuerpos de ventaja sobre la segunda clasificada, son las que van vestidas de colegiala, minifalda a cuadros y coletas incluidas, cosa que yo creía exclusiva de las películas porno japonesas, pero que cuando te las encuentras viniendo de cara por un pasillo desierto te hacen buscar de forma inconsciente la pastilla para ponértela debajo de la lengua.  Creo que ahora entiendo mejor a los licenciosos ejecutivos japoneses, cuya receta para combatir el estrés laboral consiste en azotar enérgicamente tiernos culitos de colegialas japonesas, mientras ellas emiten deliciosos grititos con erótico entusiasmo… ya solo me faltan los doce mil millones de yenes que creo hacen falta para convertir esas fantasías en realidad.  Animo, Josema!

Afortunadamente para mi estabilidad financiera y emocional, las japonesas parecen pasar olímpicamente de un servidor.  Al principio, lo reconozco, es un sentimiento un poco extraño eso de que te miren como si fueras transparente o directamente inexistente, pero me imagino que para una chiquilla japonesa de buena familia, castigada a estudiar chino un semestre en Shanghai por haber sacado malas notas en el cole, eso de intercambiar siquiera media palabra con un extranjero feo, bajito y barrigón, que las dobla fácilmente en edad, no entra dentro de sus planes a corto plazo.  En mi clase hay varias japonesas, y todas ellas inabordables por distintas razones.  La más simpática, que al menos intercambia de vez en cuando un “buenos días”, haría las delicias de un ortodoncista en prácticas, amén de que tiene los pies cruzados uno mirando a Roma y otro a Tokio.  La que en principio tenía más potencial, no muy guapa pero algo más madurita y picarona que las colegialas, se ha decantado sin ambages por un ejecutivo de medio pelo del banco de Yokohama exiliado a China por sus jefes, probablemente por golfo.  Y la única que vale la pena, una chavalita monísima que parece sacada de los fotogramas de “Yukiko y el equipo de Sumo”, fue rápidamente monopolizada por un agresivo mozalbete (japonés también, esta gente practica la endogamia de forma superlativa) que talmente parece un joven becario “yakuza” que deja la Suzuki Katana (o lo que se lleve ahora) directamente en la puerta del aula.  Llegan todas los días juntitos a clase a media mañana, con cara inocente de recién levantados de la cama, y unos coloretes –ella- más que sospechosos.  Mal rayo le parta –a él-.

Pero en fin, no nos obsesionemos con las japonesas, caramba.  ¿O es que va a resultar ahora que nos hemos equivocado –otra vez- de país?  Que no, que no, que aún queda mucha vida en China, lo de las japonesas es todo fachada y sofisticación pretenciosa, hombre… Y si no ya verán, el mes que viene cambio de curso y seguro que me vuelve a tocar otra recua de japonesas pedorras… ya les contaré, ya.

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1
Jan

… ¡Y FELIZ AÑO NUEVO!

Posted in Costumbres  by Josema

Ayer, adelantándome a la costumbre local (estas buenas gentes se felicitan más bien el día de Año Nuevo) envíe el típico SMS conmemorativo a siete de mis amigas más selectas –a los amigos, que les den morcilla, of course-.  Todas, menos una que es mongola (con perdón) y debe estar pasando las Navidades retozando por las verdes praderas de su pueblo, respondieron al instante, lo que trajo lágrimas de emoción a mis viejos ojos.  Caramba –pensé-, a pesar de mi reciente y dolorosa inactividad, debo conservar aún el viejo y legendario gancho que tan buenos ratos me ha proporcionado en el pasado…

Un somero análisis a posteriori, sin embargo, tuvo la virtud de volver a colocar algunas cosas en su lugar.  De las siete, cuatro han pasado por el catre, una gratis (aunque ya saben lo que opino yo de los polvos, que nunca son gratis, aunque a veces hay suerte y sólo cuestan dinero) y las otras tres previo paso por taquilla.  Así que es normal que, cuando menos por interés puramente mercenario, respondan a una felicitación de este tipo con inusitado entusiasmo.

Pero bueno, si las matemáticas no me fallan, quedan tres individuas con las que no he tenido aún ocasión de probar la miel de sus labios (en todas sus acepciones), y que constituyen, cada una de por sí, un poderoso desafío.  Dos de ellas están casadas y la otra pudiera ser mi hija (pequeña), lo que añade las suficientes dosis de morbo y aventura al asunto.  Me parece que ya tengo propósitos para el Año Nuevo.

P. D.:  Hablando de sexo remunerado, como diría mi abuelo… “querer follar sin pagar es cosa de pobres”.  Qué gran abuelo tengo.

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19
Dec

WANG YUE

Posted in Gentes  by Josema

-  Yo no te gusto.
-  No digas cosas raras.  ¿Por qué no me ibas a gustar?
-  Porque no me miras.
-  Es que tengo conjuntivitis y me duelen los ojos, joder.
-  Ya.

Wang Yue a veces es tierna como un peluche, como en la ocasión en que estábamos cenando y me salió con esas.  Y no andaba desencaminada del todo, no.  Hay que ver, el instinto.

Wang Yue es una muchachita cuasi-campesina de la muy noble y muy leal provincia de Sichuan.  Ella dice que es del mismo Chengdu, pero eso es como cuando los del norte decimos con orgullo que somos de Bilbao, hasta que al ser presionados un poco más terminamos por reconocer que “hombre, no del mismo Bilbao…”.  Así que Wang Yue a los efectos viene a ser como de “serca” de Chengdu, lo cual la convierte en aún mas entrañable.

Wang YueWang Yue es una demostración andante de la posición social de la mujer en China, de la cual nos olvidamos con frecuencia los laowais procedentes de países supuestamente civilizados, deslumbrados por los bellezones y ejecutivas agresivas que desfilan por Huaihai Lu.  En nuestros países de origen impera desde hace tiempo una simpática política de igualdad de sexos que hace que las mujeres a efectos prácticos tengan muchos más derechos que los hombres.  Aquí no.  Wang Yue en su pueblo tenía 24 años y novio para casarse, hasta que el buen muchacho –probablemente persuadido por los campechanos encantos de alguna otra lugareña- decidió dejar la boda para mejor ocasión y de paso dejarla tirada como a una colilla.  Esto automáticamente convirtió a Wang Yue en un producto de desecho a efectos matrimoniales, lo que previene al resto de posibles candidatos de toda la comarca de ni siquiera osar mirarla.  Con esa edad, soltera y repudiada, su único recurso, como el de cientos de miles –por no decir millones- de muchachitas de la China rural, es el de buscar cobijo en la gran ciudad, donde nadie te conoce.  Allí,  con algo de suerte –en realidad con infinita suerte-  tratan de encontrar otro novio, seguramente mucho mayor que ellas, porfiando hasta conseguir que las lleven al altar, obviando los a menudo turbios motivos que guían a los hombres en estos casos.  ¿Trabajar y poder llevar una vida autónoma, moderadamente confortable?  No me hagan reír.

Lo que pasa es que Wang Yue, a pesar de las bofetadas de la vida, aún conserva una vena romántica, y se empeña –como alguno que yo me sé- en buscar el amor verdadero en sitios un poco peculiares.  El Manhattan y garitos de similar pelaje están bien para desarrollar diversas y placenteras actividades, pero entre ellas por desgracia no se encuentra el encontrar al hombre o mujer de tu vida.  Allí me la encontré una noche que andaba un poco tenebroso, y allí me convertí, aun sin saberlo, en su tierno objeto de deseo.  Este tipo de muchachas, a las que –de forma acertada o no- guía un interés mucho mayor que el meramente pecuniario, son sin duda las mejores compañeras de “actividades”, así que esa noche y un par de ellas posteriores fueron una refrescante experiencia de ternura, pasión y entusiasmo.  Pero un servidor, a pesar de ejercer de crápula en funciones, conserva un pedazo de corazoncito que ni el alcohol adulterado logra destruir, así que una noche que Wang Yue me sometió a un interrogatorio de tercer grado, encaminado sin duda a evaluar mi candidatura como posible compañero de fatigas, le conté sin mas preámbulos la verdad de mi estatus erótico-familiar.  Pocas veces en mi vida he visto una transformación más profunda y a la vez más dolorosa que la que sufrió su rostro en aquel momento.  “¿Tienes… cuatro hijos?” preguntó con voz derrotada, mientras sus esperanzas se iban haciendo añicos contra el sucio suelo de aquel restaurante sichuanés de medio pelo.  “Y alguno más que no conozco, con toda probabilidad” bromeé, con torpe ánimo de quitarle hierro al asunto.  Pero ya era inútil.  A partir de aquella noche Wang Yue no se me volvió a acercar, y las veces que mis maltrechos huesos recalaban en el Manhattan me miraba de lejos con una mezcla de pena y decepción en su mirada.  No me rechazó sin embargo en el par de ocasiones que reclamé sus servicios con posterioridad, en un vano intento de recuperar aquella pasión y el frenesí de antaño, e incluso se portó con encomiable simpatía y donosura.  Pero ciertas cosas que se van por el sumidero de la vida son imposibles de recuperar, por más que nos empeñemos.

Así es que en la penúltima ocasión que decidí ser malo, más que nada por no perder la costumbre –dicen los médicos que somos lo que comemos, y yo digo que somos lo que entrenamos- y entre otras cosas porque llevaba ya una semana mirándole el culo a la criada con animo libidinoso, tiré de agenda y llamé a Wang Yue.  No es que ya no me atraiga salir de caza, pero repito, era entrenamiento, no competición, así que la llamé a ella como antídoto contra posibles sorpresas, siempre desagradables cuando uno está en baja forma.  Accedió sin hacerse de rogar, pero con nuestros antecedentes penales, poco es de extrañar que la muchacha no estuviera especialmente receptiva, y tuviera lugar la conversación que relataba al principio.  Me comentó que su ex-novio le había escrito para decirle que se había casado.  “El muy capullo”, añadió con desprecio mientras escupía en el plato los huesos del sapo picante que nos estábamos merendando.  Más tarde, y ya en la fase del cuerpo a cuerpo, me sorprendió su insistencia inquebrantable en el uso del preservativo a ultranza, incluso para maniobras buco-manipulatorias, cuando antes se mostraba mucho más liberal en el tema (no es que uno sea un insensato -que lo soy, qué caramba-, es que a veces a uno le gusta caminar por el filo de la navaja, ya me entienden).  Se había también depilado –afeitado, sería más exacto decir- sus partes pudendas, allí donde antes lucía una sedosa y excitante mata de pelo.  Y por último, me despertó a las cuatro de la madrugada, para decirme que no podía dormir y se quería ir.  Aquello terminó de convencerme de que mi dulce y entrañable campesina de antaño había sido sustituida por la endurecida profesional de hoy –ya saben, las putas de verdad duermen de día.  Las que lo hacen de noche, y como troncos, son las freelancer amateur, Dios las bendiga-.  La acompañé a la puerta, con un poco de pena.  Ella ni se volvió para despedirse.

-  No puedo abrir un ojo, me pica horrores –me llegó su SMS a la mañana siguiente-.
-  Te habré contagiado la conjuntivitis, vete a la farmacia y que te den unas gotas.
-  He tenido que ir al hospital, me dolía mucho y no podía ver
–me escribió unas horas mas tarde-.  Era la lentilla, que se me metió ayer mientras dormía contigo.  Ya está arreglado, gracias por preocuparte tanto.
-  De nada corazón, ya estaremos.

Que romántico.

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21
Jul

PLACER PROHIBIDO

Posted in Tatuajes  by Josema

forbidden

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