Oh! China
El lado canalla de la China

Posts Tagged ‘masaje’

21
Apr

LA CHICA DE LUOYANG

Posted in Gentes, Lugares  by Josema

Luoyang es una pintoresca ciudad de la provincia de Henan, famosa al parecer entre los chinos y algunos turistas avezados por diversas cosas:  Unas hermosas cuevas esculpidas con unos budas grandotes y pretendidamente antiguos, un excitante museo de tumbas antiguas, delicias gastronómicas de exóticos nombres y sabores, y sobre todo peonias, montones de peonias, que debe ser como la flor nacional de China o algo así.  Cerca de Luoyang está también el famoso monasterio Shaolin, cuna del kung-fu chino, donde el protagonista de la famosa serie homónima de TV malgastaba su tierna infancia intentando ser uno con la naturaleza y recibiendo leches a mansalva de un maestro ciego que despectivamente le llamaba “pequeño saltamontes”.  Si no sabe de qué coño estoy hablando no se preocupe, son cosas de épocas remotas, de las que sólo los más viejos del lugar nos acordamos y sin las que puede usted vivir perfectamente.

De todas estas cosas me he ido enterando con el devenir del tiempo;  cuando yo visitaba Luoyang, para mí no era otra cosa que un agujero infecto “in the middle of nowhere”, como dicen los yanquis, sin aeropuerto y jodidamente difícil de acceder -vaya noches en literas de tren durísimas, causantes sin duda de mis múltiples afecciones de espalda- y sin nada remotamente digno de llamarse “bar”, al menos según los estándares a los que estaba yo acostumbrado por aquel entonces.  Visité la ciudad no pocas veces, en un desesperado y a la postre vano intento de colocar una máquina carísima a ignorantes aldeanos cuya única preocupación era la tajada que podían sacar de la operación en forma de “under-the-table money”.  La misma mierda de siempre, vamos.

Con semejantes antecedentes no es de extrañar que cuando aquella noche llegamos al rancio hotel de Luoyang que mi ingeniero jefe había elegido para nosotros, tras una maratónica pero infructuosa sesión de negociaciones con nuestras víctimas potenciales, no tenía yo el cuerpo para muchas alegrías.  Por no faltar a la costumbre, sin embargo, y más que nada por mantener el entrenamiento -semilla de todo éxito, se lo digo yo-, ordené a mi acompañante nativo que buscara en la vecindad algo parecido a un bar para tomar un trago y ahogar las penas en té con hielo.  Tras un somero estudio de mercado por los alrededores, cinco minutos más tarde me informó alegremente de que según sus confidentes, el bar más prometedor estaba precisamente en nuestro hotel, así que con alguna prevención y desde luego sin ninguna esperanza de encontrar algo demasiado decente, para allá que nos fuimos.

Chica de LuoyangCuando entramos al supuesto bar, casi me como al chino con patatas.  Aquello era el cuchitril más asqueroso e inmundo que he visto jamás -y mira que he visto unos pocos-, un tabuco miserable y sin ventanas, con una iluminación propia de una sala de reuniones de la ONCE, unos muebles por los que había pasado el culo de al menos siete generaciones de chinos, y una moqueta llena de manchas indescriptibles que animaba más a vomitar sobre ella que a pisarla.  Para terminar de arreglar la escena, el presunto establecimiento hostelero estaba completamente vacío, con la excepción de dos lacónicas muchachas que debían hacer el papel de camareras, y que enfrascadas en su propia conversación como estaban, no mostraron el menor entusiasmo al vernos entrar.  Mi estimado chino, que para algunas cosas resultaba ser bastante listo, decidió rebajar las probabilidades de ser asesinado que iba adquiriendo por momentos, y rápidamente se apresuró a pedir unas cervezas al mismo tiempo que solicitaba a las chicas, más imperiosa que amablemente, que hicieran el favor de sentarse a nuestra mesa.

“From lost to the river”, pensé, ya sin fuerzas ni para enfadarme, y mientras mi acompañante se enfrascaba con las mozuelas en una conversación aparentemente insulsa, me dediqué a trasegar cervezas esperando que actuaran al menos como anestésico y me permitieran dormir plácidamente aquella noche, olvidándome de tanto infortunio acumulado.  Sin embargo y como suele decir mi hijo el mayor, que a pesar de su tierna juventud lleva camino de convertirse en un acreditado filósofo, “no hay mujeres feas, sino copas de menos”, y bien cierto resultó ser en esta ocasión, ya que aunque una de las rústicas mozuelas exhibía una fealdad más que notable incluso para un pueblo, la otra, a medida que iban cayendo cervezas, iba adquiriendo a mis ojos tintes incluso de potencial belleza -hay que ver lo que hace la desesperación-.  Ella a su vez también se iba animando, probablemente fruto de la curiosidad -ver un laowai por aquellos pagos debía ser algo así como encontrarte un oso panda en tu cuarto de baño al levantarte por la mañana-, y empezó a preguntarle a mi chino cosas sobre mí, si estaba soltero, si tenía mucho dinero, en fin, la inocente curiosidad de siempre.  Era una morenita de pelo y ojos más negros de lo habitual, con cara poco achinada, bastante joven y de altura y peso perfectos, y llevaba un vestido azul de punto hasta por encima de la rodilla que se le ajustaba al cuerpo de manera asaz sugerente y por momentos hasta provocativa.  Estropeaba todo con unas botas altas de color negro, piel falsa y horrible hechura, pero en fin, como diría el otro, nadie es perfecto.  Así transcurría plácidamente la velada, hasta que en un momento dado, fruto natural de la ingestión de innumerables cervezas, manifesté mi intención de ir al baño a resolver necesidades naturales.

La morenita se levantó como impulsada por un resorte y dijo que ya me acompañaba ella, que el servicio de caballeros estaba en el tercer piso.  Un poco divertido por la situación, le dejé que me acompañara para no perderme, y entonces, para mi sorpresa y estupor, en los diez segundos que duraba el viaje me miró a los ojos, se pegó a mí y me administró el repaso más a fondo y más excitante que me han dado en mi vida, al menos dentro de un ascensor.  Llegados al baño conseguí a duras penas realizar mis necesidades fisiológicas -se pueden imaginar el porqué- y cuando salí me estaba esperando en la puerta, donde sin ambages ni rodeos me propuso subir conmigo a mi habitación para darme un masaje.  “¿Sólo un masaje?” pregunté estúpidamente, más que nada por recuperar la iniciativa, a lo que con la típica mirada de no-seas-tonto respondió “meikalov, vely guda”, lo que traducido al castellano significa lo que ustedes ya saben.  Adiviné, sin duda correctamente, que mi ingeniero jefe haría de todo menos echarme de menos, así que directamente nos fuimos a mi habitación, no sin disfrutar de otra libidinosa sesión de exploración -esta vez mutua- durante el viaje de subida, un poco más largo que el anterior.

La morenita, de cuyo nombre no quiero acordarme -ni aunque quisiera, no tenía nombre de guerra en inglés y yo para los nombres chinos soy fatal- resultó ser un diamante en bruto.  Llevaba eso sí unas bragas como para fusilarla al amanecer de horteras que eran, con un águila o algo similar bordado en duro sobre el encaje, lo que debía resultar incomodísimo pero para ella sin duda constituía el colmo del erotismo.  Por lo menos eran negras, mi color favorito, así que no me resultó demasiado difícil el perdonárselo.  Recuerdo que la chavala desconocía en absoluto el noble arte de la depilación corporal y tenía un poco más de vello que la mayoría de las chinas, de color más oscuro o casi negro, por lo que resultó una refrescante variación sobre la monotonía habitual.  Era en fin alegre, entusiasta y dicharachera, por lo que consiguió sin dificultad que un servidor remontara su tenebrosa actitud de unos momentos antes, y que pasáramos un buen rato juntos.  Me dejó tirado como una colilla a las dos horas de comenzar la faena, con la excusa de que su jefe no le permitía estar más rato en las habitaciones.  Aunque aún me quedaba algo de miel en los labios, estaba mortalmente cansado después de tan miserable día, así que no insistí mucho para que se quedara.  Como consuelo, me dejó su número de teléfono, que deseché más tarde como habitualmente suelo hacer, y la vaga promesa de visitarme en Shanghai algún día.  Andando el tiempo la recordé más de lo que yo quisiera reconocer, y tal vez me arrepentí de no haber guardado aquel número.  Pero en fin, así es la vida.

A la mañana siguiente, según iba ya por el pasillo para hacer el check-out, se abrió la puerta de la habitación de mi ingeniero jefe y por ella asomó la otra chica que estaba con nosotros en el bar.  Tuve que aguantarme una carcajada mientras la chica se ponía colorada y corría escaleras abajo, a la vez que este humilde mortal reconocía una vez más que jugar en campo propio tiene sin duda sus ventajas.  Al menos el caballero había disfrutado durante toda una noche de los favores de la damisela, mientras yo me tuve que conformar con un par de horas… pero qué caramba, la mía era más guapa.  Con diferencia.

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7
Mar

ENCIMA DE PUTA…

Posted in General  by Josema

… a pagar la cama, que decimos en España cuando queremos definir una situación en la que los derechos de alguien se ven medianamente conculcados, o alguien abusa de una situación en perjuicio de otro.  Aquí en China es peor:  Encima de puta van y te matan, como comentan en un excelente artículo en el blog de Crossroads, con motivo del próximo Día de la Mujer, este Domingo que viene.

El tenebroso mundo de la prostitución en China es un tema que siempre me ha fascinado, desde que llegué a estas tierras hará ya más de cinco años.  No sólo porque soy un degenerado, como diría mi ex con indudable puntería, sino por esta curiosidad innata que viaja conmigo y mi incurable afición a las incongruencias, cuanto más exageradas mejor.

Mire usted, aquí todo el mundo sabe que hay putas hasta en la sopa, y sin embargo son ilegales.  Las denominan con el eufemístico nombre de XiaoJie (señorita), cosa que sin duda es cierta, al menos “de compañía”, pero no deja de ser una manera de maquillar el asunto.  Creo que ya he mencionado alguna vez que el concepto de diversión en China, y en Asia en general, es bastante distinto al que tenemos nosotros.  Aquí, además de comer y beber, el resto de placeres de la carne son preponderantes, y de ahí la proliferación, de saunas, baños, masajes y demás establecimientos, que son perfectamente legales y cumplen la función para la que están, pero además proporcionan, casi todos -hasta en los dedicados a masajes de pies-, ciertos servicios “complementarios”.  Todo el mundo lo sabe, todo el mundo lo acepta.

trabajadoras del amorSi va usted a un hotel de los denominados “chinos” le sorprenderá (la primera vez, claro) encontrar en el baño un auténtico surtido de productos orientados al sexo puro y duro:  preservativos (los hay hasta de castigo), toallitas, desinfectantes, afrodisíacos y demás parafernalia, hasta bragas de recambio.  Usted pensará “qué detalle, por si vengo con mi novia o mi señora” (o la querida, ya puestos).  Bueno, pues no.  El despliegue de artículos erótico-sanitarios está mayormente para que los use usted con las señoritas que dan masajes en las habitaciones, que fijo que las hay en todos los hoteles, y son maestras en utilizarlos todos y cada uno de ellos -por supuesto, no son gratis-.  Todo el mundo lo sabe, todo el mundo lo acepta.  Pero la prostitución está prohibida.

De ahí para abajo en la cadena de “ilegalidad” están los karaokes o KTV,s donde no es normal, al menos que yo sepa, pegarse un revolcón, pero siempre es posible negociar,con las mozuelas que amablemente le acompañarán a hacer como que sabe cantar, una ampliación de servicios en su casa u hotel.  Lo normal además es negociar primero con la “mamasan” o “papasan” de turno, que le cobrará un tarifa por llevarse a la niña antes del cierre (quebranto de la producción, que le llaman) y además se lleva un porcentaje de lo que usted le pague a la señorita, si es que la susodicha quiere seguir trabajando en tan honorable establecimiento.

Seguiremos con las famosas “peluquerías” callejeras con luces violeta en la puerta y un plantel de simpáticas señoritas en minifalda y maquillaje provocador, donde le harán a usted de todo menos cortarle el pelo, pasaremos por los bares de copas donde alegres señoritas ayudarán entusiastamente a que su gorda cartera de laowai adelgace un poco, a base de beber gin-tonics de gaseosa, y terminaremos en un bar normal cualquiera lleno de “freelancers”.  Ah, y al salir del bar aún nos encontraremos a unas cuantas señoritas haciendo la calle, en el escalón más bajo de la cadena alimentaria.  Pero el comercio carnal está prohibido, no se les olvide.

Bueno, pues a las putas en China las matan, las matan como conejos.  Es una cosa que uno sospecha por pura lógica, pero verlo escrito así, en ese artículo que les digo, escrito por un sociólogo que pasó doce años como policía, siempre sobrecoge un poco.  Decir que de cada 100 víctimas de asesinatos en Beijing, 40 son “trabajadoras del amor” se dice fácil, pero acojona al que lo escucha, sobre todo si te imaginas no sólo los asesinatos consumados, sino las palizas, robos, amenazas y abusos de todo tipo que irán sin duda asociados a tales latrocinios.  ¿Los agresores? La mayoría de las veces clientes, y el motivo más frecuente, por dinero.  Las putas no llaman al 110, las putas no se pueden defender.  Muchas veces trabajan bajo nombre ficticio o directamente sin papeles, por lo que una señorita que aparece boca abajo en el Yangtze no ocupa titulares de prensa.  Y a los dueños de los locales donde trabajan no se les ocurre llamar a la policía, ya que se exponen a severas multas e incluso la cárcel.  La sociedad las necesita, la sociedad las usa, la sociedad las desprecia.

y aun dicen quelas putas son carasHay alguna luz al final del túnel, y parece ser que al menos las autoridades se están concienciando más con el problema y han dado el primer paso, que es reconocerlo y no castigar sistemáticamente al más débil, que son las señoritas.  Está claro que por mucho que se persiga la prostitución, ésta continuará existiendo, a menos que conviertan China en un estado policial -y aún así, la policía también tiene necesidades fisiológicas-.  Yo pienso humildemente que la solución pasa por regular el tráfico de carne, como están haciendo (o intentando al menos), en muchos países, pero líbreme Dios de ponerme aquí a pontificar ni mucho menos dar recetas a problemas sociales tan complejos.  Seguiré viendo la vida pasar a mi lado, y seguiré pensando en Xiao Hong, aquella bar-girl que conocí hace muchos, muchos años, que me dijo que había pasado un año en “reeducación” y yo no entendí muy bien a qué se refería.  Y aún dicen que las putas son caras.

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12
Dec

POLICIAS DE PEGA

Posted in General  by Josema

Salon de MasajesA dónde iremos a parar… en este santo país ya no se conforman con falsificar todo tipo de artículos, desde ropa hasta relojes pasando por bolígrafos y bolsos, sino que ya incluso falsifican… ¡policías!

La cosa va como sigue:  Sale usted de un local de masajes después de que haber pasado un relajante rato -lo que haya usted hecho en realidad es cosa suya- cuando se le acercan varios fulanos con aspecto patibulario, que le enseñan una placa de policía y le acusan directamente de haber mantenido sexo explícito con alguna de las señoritas del local.  Dado que la prostitución es un delito serio en China, tanto para “proveedoras” como para clientes, los supuestos policías de paisano le amenazan con llevarle a comisaría y empezar los trámites… a menos que usted se avenga a pagar una cuantiosa multa en el momento y lugar de los hechos.

No se engañe, es cierto que la prostitución es ilegal en este país.  Una cosa es que las costumbres sean las que son y que la autoridad competente haga la vista gorda con tranquilizadora frecuencia, y otra muy distinta es que le cojan a usted con las manos en la masa, con premeditación y alevosía.  En este caso, amigo mío, está usted bien jodido, como se encargarán de recordarle desde el Consulado.

Así que si cuatro individuos con aspecto de balas perdidas de la brigada anti-vicio empiezan a presionarle, las posibilidades son cien a uno de que usted eche mano a la cartera y afloje la panoja, y ellos lo saben.  Especialmente cuando hay asimismo un noventa por ciento de probabilidad de que usted haya gozado realmente de los favores de alguna bella señorita disfrazada de masajista, sea en modalidad “parcial” o “full service”.

Lo gracioso del caso es que si usted no pasa por el aro y llama a la policía de verdad, a lo mejor se ahorra un dinerillo, pero su situación tampoco es que vaya a mejorar mucho, especialmente si se encuentra en una zona “conflictiva”.  Así que ya sabe… cuidadín con los sitios a los que vamos, ojo a la gente que se nos acerca, y en cuestión de estos temas, antes de montar un pollo con nadie -timadores, mamasanes o señoritas- piénselo dos veces antes de llamar a la pasma de verdad.

Masajista profesionalY bueno, si finalmente decide usted tragar sapos y culebras, y pagar por sus pecados a vulgares timadores -evitando de paso que lo deporten, lo cual siempre es un consuelo- recuerde al menos que estamos en China, paraíso del regateo a ultranza.  Si mantiene usted la presencia de ánimo y juega bien sus cartas, esté seguro de que los falsos maderos le harán una sustanciosa rebaja.  Entre delincuentes siempre hay un respeto… digo yo.

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10
Dec

TOMADURAS DE PELO

Posted in Costumbres  by Josema

Ayer no me quedó más remedio que ir a la peluquería, ya que mis pintas recientes se asemejaban más a las de Robinson Crusoe que a las que debe llevar un laowai civilizado que se respete y quiera dar ejemplo a estas bestias.  Mira que me resisto hasta el último momento, pero es que ya hasta cuando la señora de la limpieza se aparta a tu paso, asustada por tus greñas, es que ha llegado la hora de pasar por el sillón del peluquero.

El problema es que desde que llevo en China, y va una temporada larga ya, aún no he descubierto a un solo chino que tenga la más mínima idea de cortar el pelo.  La primera vez que intenté tan arriesgada experiencia, estaba pensando en mis cosas antes de empezar la faena, cuando de repente levanté la vista al espejo y sorprendí al peluquero con la maquinilla de podar eléctrica en la mano y una sonrisa demencial en su cara.  Otras veces le toca a usted un operario timorato, que alarmado por sus detalladas instrucciones le va cortando a tijera ceremoniosamente, despacito despacito, como si temiera cortarle una oreja o algo, y alargando de paso la tortura un par de horas.  Otras veces se van pasando la pelota entre ellos hasta que le llega al “divino” de la peluquería, que una vez vio en la tele un vídeo de París.  O le dejan el muerto al más nuevo, que invariablemente suele ser el más inútil pero el más osado.  En todos los casos el resultado es el mismo, es decir, un auténtico desastre.  Da igual que pague usted veinte que doscientos renminbises, que cuando salga de la pelu parecerá que le ha cortado el pelo un enemigo con una guadaña.

El único rato bueno se pasa cuando tiene usted suerte y para los preliminares le toca una amable señorita, que tras colocarle cariñosamente en decúbito supino, le lava la cabeza demorándose lo suficiente como para que le empiece a entrar un cierto gustirrinín.  Incluso puede que llegue a darle un suave y sugerente masajito en la cabeza -la que está sobre los hombros.  No, no hay “happy ending”.

Ayer por si acaso fui a la mejor peluquería del pueblo -al menos por la pinta- pero ni por esas.  Me salió a recibir nada menos que el dueño del negocio, que o bien quería quedar bien ante sus empleados o tendría miedo que lo demandara por daños y perjuicios si me dejaba en otras manos.  A mitad de la faena ya me estaba intentando vender la típica tarjeta VIP, que a pesar de proporcionar un enorme descuento del veinte por ciento y valer para trescientos cortes, cuesta un pico.  Cuando le dije que a tenor de lo que estaba viendo en el espejo ni mamao volvía yo a su establecimiento volvió a la carga, ofreciéndome esta vez una tarjeta vitalicia.  Con tantas distracciones, se puede usted imaginar que el resultado fue el de siempre o peor.  Así que durante un mes me toca peinarme sin mirar al espejo, para no cabrearme.

Las mujeres, sin embargo, parecen encantadas con los peluqueros que tienen.  Dan la misma guerra que las españolas antes, durante y después de ir a la pelu.  Pagan cantidades astronómicas sin pestañear, lo que no les priva a veces de llorar amargamente delante del espejo… pero siempre vuelven.  Usted sin embargo, si no es mujer, mejor que antes de pasarse por China, especialmente si es para una temporada medio larga, venga bien pelao, o aprenda a cortarse usted mismo el pelo.  Peor que éstos no lo va a hacer, se lo digo yo.

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5
Dec

EL NOBLE ARTE DEL “DA FEIJI”

Posted in Costumbres  by Josema

“Da FeiJi:  Chinese slang for a handjob applied to a male, not necessarily by himself”

(Urban Dictionary)

Me comenta un compañero de fatigas que ayer fue al gimnasio cerca de su casa, a nadar un rato.  Son unas instalaciones bastante nuevas que ofrecen, además de los tradicionales aparatos para hacer un rato el chorra y sudar todo lo que pueda -acallar la conciencia, mayormente- modernas instalaciones como piscina climatizada, sauna… y masajes.

Después de nadar los habituales quinientos largos, el buen hombre decidió relajarse un rato.  Preguntado por el tipo de masaje que deseaba, eligió de la hoja de servicios uno que le pareció de precio razonable.  Le introdujeron en una habitación individual donde le sorprendió un poco encontrarse una cama en lugar de la tradicional camilla, pero no le dio más importancia.  Ya observó desde el principio que la señorita que le tocó en suerte no dominaba mucho el arte del masaje, pero acostumbrado como está a los estándares de estas tierras, tampoco dijo nada.

Empezó a alarmarse un poco cuando la señorita le despojó del pantalón del pijama para masajearle alegremente las posaderas, pero cuando ya le dio la vuelta para ponerle panza arriba y le echó mano al manubrio, mi amigo decidió intervenir en la cuestión.

  • - Pero niña, ¿qué haces?
  • - Da feiji… ¿no querías?
  • - Coño, que mi mujer está aquí fuera, vendrá de un momento a otro.
  • - Mejor, así a la noche aguantas más con ella, que la primera vez los tíos no duráis nada…

Entrañables masajistas, las que pululan por estos lares.  La cosa, para los no versados en la materia, es bastante común en los países orientales, donde tienen un concepto bastante amplio de la diversión masculina.  A veces oirá referirse a esto como “happy ending massage”, pero me gusta más el vocablo chino, que por cierto significa algo así como “zumbarle al avión”.  ¿Qué tendrá que ver un avión con el zinganillo, me pregunto yo?  En fin, usted mismo, si decide apuntarse a la experiencia.  ¡Que lo disfrute!

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