LA CHICA DE LUOYANG
Luoyang es una pintoresca ciudad de la provincia de Henan, famosa al parecer entre los chinos y algunos turistas avezados por diversas cosas: Unas hermosas cuevas esculpidas con unos budas grandotes y pretendidamente antiguos, un excitante museo de tumbas antiguas, delicias gastronómicas de exóticos nombres y sabores, y sobre todo peonias, montones de peonias, que debe ser como la flor nacional de China o algo así. Cerca de Luoyang está también el famoso monasterio Shaolin, cuna del kung-fu chino, donde el protagonista de la famosa serie homónima de TV malgastaba su tierna infancia intentando ser uno con la naturaleza y recibiendo leches a mansalva de un maestro ciego que despectivamente le llamaba “pequeño saltamontes”. Si no sabe de qué coño estoy hablando no se preocupe, son cosas de épocas remotas, de las que sólo los más viejos del lugar nos acordamos y sin las que puede usted vivir perfectamente.
De todas estas cosas me he ido enterando con el devenir del tiempo; cuando yo visitaba Luoyang, para mí no era otra cosa que un agujero infecto “in the middle of nowhere”, como dicen los yanquis, sin aeropuerto y jodidamente difícil de acceder -vaya noches en literas de tren durísimas, causantes sin duda de mis múltiples afecciones de espalda- y sin nada remotamente digno de llamarse “bar”, al menos según los estándares a los que estaba yo acostumbrado por aquel entonces. Visité la ciudad no pocas veces, en un desesperado y a la postre vano intento de colocar una máquina carísima a ignorantes aldeanos cuya única preocupación era la tajada que podían sacar de la operación en forma de “under-the-table money”. La misma mierda de siempre, vamos.
Con semejantes antecedentes no es de extrañar que cuando aquella noche llegamos al rancio hotel de Luoyang que mi ingeniero jefe había elegido para nosotros, tras una maratónica pero infructuosa sesión de negociaciones con nuestras víctimas potenciales, no tenía yo el cuerpo para muchas alegrías. Por no faltar a la costumbre, sin embargo, y más que nada por mantener el entrenamiento -semilla de todo éxito, se lo digo yo-, ordené a mi acompañante nativo que buscara en la vecindad algo parecido a un bar para tomar un trago y ahogar las penas en té con hielo. Tras un somero estudio de mercado por los alrededores, cinco minutos más tarde me informó alegremente de que según sus confidentes, el bar más prometedor estaba precisamente en nuestro hotel, así que con alguna prevención y desde luego sin ninguna esperanza de encontrar algo demasiado decente, para allá que nos fuimos.
Cuando entramos al supuesto bar, casi me como al chino con patatas. Aquello era el cuchitril más asqueroso e inmundo que he visto jamás -y mira que he visto unos pocos-, un tabuco miserable y sin ventanas, con una iluminación propia de una sala de reuniones de la ONCE, unos muebles por los que había pasado el culo de al menos siete generaciones de chinos, y una moqueta llena de manchas indescriptibles que animaba más a vomitar sobre ella que a pisarla. Para terminar de arreglar la escena, el presunto establecimiento hostelero estaba completamente vacío, con la excepción de dos lacónicas muchachas que debían hacer el papel de camareras, y que enfrascadas en su propia conversación como estaban, no mostraron el menor entusiasmo al vernos entrar. Mi estimado chino, que para algunas cosas resultaba ser bastante listo, decidió rebajar las probabilidades de ser asesinado que iba adquiriendo por momentos, y rápidamente se apresuró a pedir unas cervezas al mismo tiempo que solicitaba a las chicas, más imperiosa que amablemente, que hicieran el favor de sentarse a nuestra mesa.
“From lost to the river”, pensé, ya sin fuerzas ni para enfadarme, y mientras mi acompañante se enfrascaba con las mozuelas en una conversación aparentemente insulsa, me dediqué a trasegar cervezas esperando que actuaran al menos como anestésico y me permitieran dormir plácidamente aquella noche, olvidándome de tanto infortunio acumulado. Sin embargo y como suele decir mi hijo el mayor, que a pesar de su tierna juventud lleva camino de convertirse en un acreditado filósofo, “no hay mujeres feas, sino copas de menos”, y bien cierto resultó ser en esta ocasión, ya que aunque una de las rústicas mozuelas exhibía una fealdad más que notable incluso para un pueblo, la otra, a medida que iban cayendo cervezas, iba adquiriendo a mis ojos tintes incluso de potencial belleza -hay que ver lo que hace la desesperación-. Ella a su vez también se iba animando, probablemente fruto de la curiosidad -ver un laowai por aquellos pagos debía ser algo así como encontrarte un oso panda en tu cuarto de baño al levantarte por la mañana-, y empezó a preguntarle a mi chino cosas sobre mí, si estaba soltero, si tenía mucho dinero, en fin, la inocente curiosidad de siempre. Era una morenita de pelo y ojos más negros de lo habitual, con cara poco achinada, bastante joven y de altura y peso perfectos, y llevaba un vestido azul de punto hasta por encima de la rodilla que se le ajustaba al cuerpo de manera asaz sugerente y por momentos hasta provocativa. Estropeaba todo con unas botas altas de color negro, piel falsa y horrible hechura, pero en fin, como diría el otro, nadie es perfecto. Así transcurría plácidamente la velada, hasta que en un momento dado, fruto natural de la ingestión de innumerables cervezas, manifesté mi intención de ir al baño a resolver necesidades naturales.
La morenita se levantó como impulsada por un resorte y dijo que ya me acompañaba ella, que el servicio de caballeros estaba en el tercer piso. Un poco divertido por la situación, le dejé que me acompañara para no perderme, y entonces, para mi sorpresa y estupor, en los diez segundos que duraba el viaje me miró a los ojos, se pegó a mí y me administró el repaso más a fondo y más excitante que me han dado en mi vida, al menos dentro de un ascensor. Llegados al baño conseguí a duras penas realizar mis necesidades fisiológicas -se pueden imaginar el porqué- y cuando salí me estaba esperando en la puerta, donde sin ambages ni rodeos me propuso subir conmigo a mi habitación para darme un masaje. “¿Sólo un masaje?” pregunté estúpidamente, más que nada por recuperar la iniciativa, a lo que con la típica mirada de no-seas-tonto respondió “meikalov, vely guda”, lo que traducido al castellano significa lo que ustedes ya saben. Adiviné, sin duda correctamente, que mi ingeniero jefe haría de todo menos echarme de menos, así que directamente nos fuimos a mi habitación, no sin disfrutar de otra libidinosa sesión de exploración -esta vez mutua- durante el viaje de subida, un poco más largo que el anterior.
La morenita, de cuyo nombre no quiero acordarme -ni aunque quisiera, no tenía nombre de guerra en inglés y yo para los nombres chinos soy fatal- resultó ser un diamante en bruto. Llevaba eso sí unas bragas como para fusilarla al amanecer de horteras que eran, con un águila o algo similar bordado en duro sobre el encaje, lo que debía resultar incomodísimo pero para ella sin duda constituía el colmo del erotismo. Por lo menos eran negras, mi color favorito, así que no me resultó demasiado difícil el perdonárselo. Recuerdo que la chavala desconocía en absoluto el noble arte de la depilación corporal y tenía un poco más de vello que la mayoría de las chinas, de color más oscuro o casi negro, por lo que resultó una refrescante variación sobre la monotonía habitual. Era en fin alegre, entusiasta y dicharachera, por lo que consiguió sin dificultad que un servidor remontara su tenebrosa actitud de unos momentos antes, y que pasáramos un buen rato juntos. Me dejó tirado como una colilla a las dos horas de comenzar la faena, con la excusa de que su jefe no le permitía estar más rato en las habitaciones. Aunque aún me quedaba algo de miel en los labios, estaba mortalmente cansado después de tan miserable día, así que no insistí mucho para que se quedara. Como consuelo, me dejó su número de teléfono, que deseché más tarde como habitualmente suelo hacer, y la vaga promesa de visitarme en Shanghai algún día. Andando el tiempo la recordé más de lo que yo quisiera reconocer, y tal vez me arrepentí de no haber guardado aquel número. Pero en fin, así es la vida.
A la mañana siguiente, según iba ya por el pasillo para hacer el check-out, se abrió la puerta de la habitación de mi ingeniero jefe y por ella asomó la otra chica que estaba con nosotros en el bar. Tuve que aguantarme una carcajada mientras la chica se ponía colorada y corría escaleras abajo, a la vez que este humilde mortal reconocía una vez más que jugar en campo propio tiene sin duda sus ventajas. Al menos el caballero había disfrutado durante toda una noche de los favores de la damisela, mientras yo me tuve que conformar con un par de horas… pero qué caramba, la mía era más guapa. Con diferencia.






