FIESTAS DE PUEBLO
Vive Dios que esto no es un pueblo serio. Ahora que se suceden las cenas oficiales de año Nuevo -con la correspondiente antelación, para que la peña se pueda ir luego a su pueblo- me viene a la cabeza la fiesta que celebraron estas gentes hará cosa de tres meses en honor de… la sandía. Hombre, no me jodas. Una cosa es que esto sea gloriosa tierra de sandías y otra que con tan fausto motivo las fuerzas políticas locales inviten a los representantes de la pujante inversión extranjera a una cena de gala. Un poco patético pero en fin, donde fueres…
Cuando le dije a la parienta que teníamos que ir de fiesta oficial al principio torció el morro, pero luego pensó que era una buena oportunidad para ir otra vez de shopping, y se lo tomó con más filosofía. La muy jodía, que a pesar de dos churumbeles aun está como para mojar pan -es lo que tienen las chinas- eligió sibilinamente un top negro de cuello de cisne y sin mangas, completado con una falda de tubo también negra por encima de las rodillas y zapatos de tacón de aguja. Yo hubiera preferido un qipao, que es así como más tradicional, pero bueno. El resultado final, unido al hecho de que la señora mide 1,75 en bolas, y un servidor es más bien retaco, fue que parecíamos Blancanieves y el enanito gruñón, pero como aquí no me conoce nadie, más bien me importó tres cataplines.
El brillante acto social era un puro y genuino coñazo, con discursos maravillosos y esas cosas, pero afortunadamente corría el alcohol y los “ganbeis” con liberalidad. A mitad de la cena la autoridad competente -el vicealcalde o no sé quien coño era- se pasó con su séquito por las mesas brindando con el personal, en lo que debe ser una costumbre bastante arraigada por estos lares. En estas ocasiones, los caballeros se ponen cortésmente de de pie y se presentan a sí mismos.
- - Josema, de la conocida empresa española “Megabullshit Corporation”.
El tío me dio la mano sin ningún entusiasmo, miró distraídamente a mi vera… y se quedó de muestra mirando a la parienta. “¿Y esto?” le vi grabado en la frente.
- - “Esto” es mi señora, le dije a modo de presentación.
- - Muy… guapa -acertó a balbucear el fulano, mientras le calculaba mentalmente la talla de sujetador-.
- - Ya lo sé, capullo -en español, por si acaso-.
Por desgracia, el resto de la velada no fue mucho más animado. Mi mujer estaba charlando con su vecino, que babeaba sobre su plato, mientras yo estrechaba lazos de amistad con un par de pelanduscas sin pareja que inexplicablemente habían caído en nuestra mesa, cuando nos levantaron a toda prisa para meternos en unos autobuses y llevarnos a ver los fuegos artificiales. Que entrañable. Y qué oportuno, joder. Me queda de recuerdo al menos -aparte de dos cajas de sandias- la tarjeta de una de las pelanduscas, así que en la próxima etapa de soltero me haré la ilusión de que la llamo para ver si cae algo.
Ya puestos, también me queda el efímero consuelo de haber sido por un rato la envidia de un par de gerifaltes o tres, en su propio terreno, con sus propias reglas, y usando material local. Que se jodan.