Oh! China
El lado canalla de la China

Posts Tagged ‘disco’

30
Apr

LOLITA

Posted in Gentes  by Josema

“Sólo una copa, y a casa” me prometí a mi mismo mientras entraba ayer noche al disco-bar de mi barrio, mortalmente cansado tras una maratoniana jornada visitando gilipollas potenciales clientes y chuparme trescientos kilómetros de coche.  Eran las diez de la noche, había cenado ya con la tropa antes de mandarlos a casa, y me apetecía relajarme un poco (cada uno se relaja como quiere, digo yo).  Mí mismo y yo entramos en el bar, me senté en la barra, al mirar a mi derecha me encontré de sopetón a Xue, mirándome boquiabierta, y allí se jodió todo.

Xue es algo así como mi Lolita particular -es que uno no se priva de nada, ya ven- con la diferencia de que no es la hija de mi casera a la que trato de seducir, sino una simpática chavalita asidua a este bar y con más peligro que un “nublao”.  La niña tendrá apenas veinte años, si es que los tiene, una apariencia angelical, unos ojazos tremendos que miran al mundo con sorpresa y unos morritos que están diciendo cómeme.  Entre sus habilidades -que yo conozca- figuran el jugar bastante mal al mentiroso y el beber como un sargento de cosacos en noche de juerga, generosamente ayudada por la Visa de su querido padre.  Tiene sin embargo y para su juventud un saque tremendo, con el cual reconozco sin rubor que una noche fue capaz de tumbar a tragos a un reconocido borracho como el que suscribe (eh, pero ya venía servido de antes).  La conocí en mi época de soltero en este pueblecillo, cuando amenizaba mis solitarias noches en este garito libando ingentes cantidades de cerveza y procurando que no me dejaran ciego los láseres verdes estilo años setenta, mientras pegaba la hebra con las camareras y ocasionales go-gós -siempre escasas de ropa- que de vez en cuando tenía a bien contratar el generoso dueño del local para entretener a la muchedumbre.  Ella siempre venía sola y salía de igual manera, a pesar de que conocía a la mayoría de los parroquianos y departía alegremente con unos y otros, repartiendo brindis y sonrisas.  Más que por aburrimiento que por otra cosa, comencé a jugar a los dados con ella, y mi dieta líquida cambió drásticamente del zumo de cebada al Chivas con té verde.  Donde fueres, haz lo que vieres, que decía mi abuela.

LolitaAunque no se lo crean, nunca albergué intenciones libidinosas respecto a Xue, en primer lugar porque literalmente podría ser mi hija y uno hace ya tiempo que cerró la guardería, y luego porque esto es un pueblo asqueroso donde todo, absolutamente todo lo que hagas, por nimio que sea, a los cinco minutos ha salido en el telediario local, y no está el horno para maledicencias.  Así que de tal modo y manera fuimos desarrollando una casta relación, basada en el alcohol, los dados y poco más, ya que en el bar la música está siempre a niveles atronadores y la niña no hablaba más que chino de carreras.  Un servidor, que a estas alturas de mili está ya medio sordo y de chino anda raspandillo, cada vez que la criatura me hablaba a grito pelado me limitaba a sonreír y murmurar una respuesta afirmativa o negativa, según le viera la intención en el rabillo del ojo.  No se crean, es sorprendente el porcentaje de aciertos que puede uno llegar a obtener con la práctica.

Poco a poco, sin embargo, la relación fue evolucionando y comenzamos a mandarnos mensajes para ver si íbamos al bar esa noche y coincidir.  Reconozco que las noches que habíamos quedado me invadía un sentimiento anticipado de cierta excitación, a pesar como digo de que nuestra relación era lo más parecido a la del arcángel San Gabriel y la virgen María (en versión alcohólica), pero en fin, se ve que el programa cerebral del ser humano no evoluciona lo más mínimo, y una hembra es una hembra aquí y en Sebastopol, independientemente de su edad y condición.  Recuerdo que incluso un día Xue me invitó a cenar y aprovechó para contarme su vida, de la que pude medio entender que era hija de un potentado magnate de una empresa bastante conocida en China, que su padre la había poco menos que repudiado por ser chica y no el varón que él deseaba y esperaba, que su madre había fallecido cuando ella era aún pequeña, y que ahora vivía con su hermana mayor apartada en este villorrio, haciendo como que trabajaba y viviendo en realidad de las generosas cantidades que su lejano padre depositaba mensualmente en su cuenta corriente.  Curiosamente, no me preguntó casi nada de mi vida privada, y yo tampoco soy de los que van por ahí pregonando sus andanzas, así que lo dejé correr y no le di más importancia.  También, muchos días ya no nos despedíamos a la puerta de la disco al filo de la medianoche, que es cuando cierran, sino que íbamos a alguno de esos locales indescriptibles que no chapan en toda la noche y que aunque les parezca mentira existen en este pueblo.  Allí alargábamos la velada fácilmente un par de horas más, siempre con terrible quebranto de mi salud y mi rendimiento al día siguiente, pero qué coño, ya dormiré cuando esté muerto.  Invariablemente sin embargo, ella se iba a su casa y yo a la mía en taxis diferentes, manteniendo la relación en unos límites pudorosos pero confortables, al menos para mí.  Hasta que una noche, en una de esas y por sorpresa, me dijo que quería ver mi apartamento.

Sin pensármelo mucho, desconecté el canal de radio con mi ángel de la guarda y le dije que sí.  En el taxi apenas hablamos, y por supuesto para nada nos tocamos, como si fuéramos dos adolescentes primerizos (de los de antes, evidentemente).  Yo la verdad estaba encantado con la situación, ya que por si ustedes no lo han notado soy uno de los bichos más curiosos y traviesos de la creación, y me moría de ganas por saber en qué acabaría el asunto.  Subimos jadeando los cinco pisos sin ascensor -delicias de la vida rural- y mi coqueto apartamento de soltero temporal nos recibió fresquito y confortable, gracias a mi sabia previsión de dejar el aire acondicionado encendido cuando me voy de copas en mitad de Julio.  Antes de que pudiera ofrecerle nada de beber se dedicó a revisar la casa como toda hembra que se precie.  Entró sin cortarse en la cocina, el baño, el despacho, mi habitación -la tensión crecía por momentos-…y entonces vio la foto de mi hijo el pequeño en la mesilla y se quedó de muestra.  “¿Tienes hijos?” “Ya ves” “¿O sea que… estás casado?”. “Tú qué crees”, contesté un poco irónicamente, más que nada para abreviar una larga historia.  La tensión se desmoronó al instante y estalló en mil dolorosos pedazos, como un jarrón de la dinastía Ming al romperse contra el suelo.  Se quedó frente a mí inmóvil y con la cabeza baja, los brazos caídos sin fuerza, como una triste muñeca rota olvidada por su dueño.  Le levanté la barbilla suavemente y rocé sus labios con los míos, apenas nada, una leve caricia.  Estaba temblando y murmurando palabras ininteligibles en chino.  Por fin, se dio media vuelta y se fue, declinando con una doliente sonrisa mi ofrecimiento de acompañarla a su casa.

Ayer hacía más de seis meses que no estábamos juntos, desde la noche de autos.  Durante este tiempo me ha estado mandando mensajes con cierta asiduidad para que nos veamos, ofrecimiento que yo he declinado siempre amablemente, ya que mi señora reside actualmente en la localidad y uno tiene bastante aprecio hacia su propia integridad física.  Tampoco suelo ir de bares por aquí, lo de ayer fue una excepción, así que no habíamos vuelto a coincidir.  Y bueno, estaba claro que los dos estábamos revoltosos esa noche, así que una vez recobrados de la sorpresa y encantados de volver a vernos, nos trincamos la botella de Chivas reglamentaria, jugamos a los dados y todo parecía haber vuelto a la normalidad de los viejos tiempos.  Poco a poco sin embargo comencé a notar que algo no iba bien.  Xue se arrimaba a mí mucho más de lo normal en ella, me tocaba, me abrazaba, me cogía de la mano, me presentaba a todo el mundo… y era evidente que se estaba cogiendo una moña tremenda, como yo nunca le había visto.  Nos quedamos los últimos, mi corbata, de la que me había desprendido para estar más cómodo y dado a alguien, no aparecía por ningún lado, Xue estaba montando una bronca descomunal a los camareros… en fin, un poco harto pero pertrechado de paciencia oriental pude por fin a duras penas arrastrarla hasta el coche, con la idea de llevarla a su casa y entregar los despojos a su santa hermana.  Una vez sin embargo dentro del vehículo, y antes incluso de que pudiera arrancar, Xue se puso a llorar como una magdalena, maldiciendo de forma inconexa la hora en que me había conocido, la circunstancia de que yo fuera extranjero en un pueblo como éste y el hecho científico de que nos lleváramos casi treinta años de diferencia.  Estaba guapísima, arrebatadora con las lágrimas corriéndole por las mejillas, el rímel corrido pero hasta con estilo, los labios hinchados por el llanto y la congoja.  La abracé y coloqué su cabeza sobre mi hombro, más que molesto tremendamente excitado ante la situación… y entonces me encontré en el espejo retrovisor con la mirada de mi ángel de la guarda, indolentemente recostado en el asiento trasero, con cara de aburrimiento y gesto de indudable reprobación.  “Joder Josema, cómo las eliges”, me dijo sin palabras.  Con un suspiro de desánimo, volví a colocar a Xue en su asiento, arranqué el coche y la llevé a su casa.

Tags: , , , ,

20
Mar

CHICAS DE DISCOTECA

Posted in Costumbres  by Josema

[PSGallery=3x1jmf3jb3]

Cuando yo era un chaval, de cuando en cuando aparecían por los futbolines de mi barrio tipos duros, de esos que tenían botella propia en la discoteca.  Tener botella propia, distinguible de las demás mediante una etiqueta con tu augusto nombre, era la hostia, y el ser invitado por uno de esos tipos a beber de “su botella” era el máximo honor con que los aspirantes a macarrilla podíamos soñar.  Era una prueba de amistad y confianza increíble, que unía casi casi como un juramento de sangre y que te colocaba en deuda automática con tan poderoso fulano.  En aquella época, en las discotecas de barrio no había habitaciones privadas, pero cada uno de aquellos tipos duros tenía una mesa extraoficialmente reservada, en la que nadie se atrevía a sentarse, no al menos mientras anduviera por el local el poderoso capo con su amenazante banda de gorilas escuálidos, melenudos y con pantalones de campana.  Por supuesto, semejante despliegue de poder no estaría completo sin las correspondientes groupies, alegres muchachuelas que con su desenfadado estilo daban color y calor a tan pintoresco séquito.  El jefe, huelga decirlo, disponía de indisputable derecho de pernada sobre el grupo de fieles seguidoras y cambiaba de favorita con democrática frecuencia, o al menos así nos lo imaginábamos los chavales que boquiabiertos y muertos de envidia observábamos las idas y venidas de tan poderosos personajes.

Visitar una discoteca china de barrio o de pueblo es como viajar en el tiempo treinta o cuarenta años atrás.  Aunque tener botella propia y trincársela en la barra -solo o en candorosa compañía, usted elige- no es ningún arco de iglesia, y cualquier pringaíllo como un servidor puede aspirar a semejante lujo para el ego, sentarse en una mesa decente es ya económicamente más oneroso, ya que normalmente exigen una consumición mínima que puede alcanzar fácilmente los 500 renminbises.  Y bueno, permitirse el lujo de ocupar un reservado es ya sólo para grandes laobanes con enorme poder adquisitivo, del cual les encanta hacer ostentación ante sus amigotes, advenedizos, gorrones y mirones en general.

La diferencia entre aquellos macarras de mi barrio y estos laobanes de pueblo estriba sin embargo en que estos últimos no entran jamás con mujeres en la discoteca, sino que seleccionan el material entre la numerosa plantilla de chicas de alterne de que dispone cualquier establecimiento hostelero que se precie.  Deduzco por tanto que el papel de tales chicas en la función es más que nada el servir de elemento jovial y decorativo antes que saciar los bajos instintos carnales del padrino y sus amigotes, más que nada porque no creo que a ninguno de estos siniestros personajes les guste compartir pilón con el gerifalte de al lado, ya me entienden.  Las chavalas suelen ser chicas alegres, vestidas con pintas que pretenden ser excitantes y provocativas pero más que nada dan grima, y que van pululando de reservado en reservado libando alcohol como laboriosas abejitas hasta que se asientan en alguno por un par de horas.  No es extraño verlas, avanzada ya la noche, durmiendo en la barra o derrumbadas en algún sofá con un colocón que tira de espaldas -siempre de alcohol, empolvarse la nariz es cosa desconocida por estos pagos-.  Casi ninguna de las chicas es nativa de la localidad, y además soportan una alta tasa de rotación, no sea que se aficionen a algún fulano o viceversa y su tasa de productividad descienda dramáticamente.  Evidentemente, a los grandes laobanes también les gusta la novedad y ver carne fresca con frecuencia, así que mantener las mismas chicas más de un par de meses está fuera de la cuestión.

Sorpresa en el reservadoServidor, que no es ningún potentado personaje ni mucho menos -y además no me gusta divertirme de esa manera-, cuando va solo a la disco suele ver los toros desde la barrera, es decir, amarrado a cualquier duro banco de los que rodean la barra.  En contadas ocasiones he conseguido enlazar una conversación inteligible con alguna de las chicas, que me cuentan que bueno, no es que les entusiasme esta vida pero es lo que hay, allá en el pueblo es mucho peor, y además los fulanos estos son pesaos pero generosos si les bailas bien el agua.  La conversación no suele durar mucho, ya que más bien temprano que tarde reciben un sutil toque del camarero o encargado de turno, y vuelven a recorrer el local con cara de hastío y sonrisa falsa.  Yo me suelo quedar solo rumiando mi té con hielo, pensando en lo mucho que cambia la vida y dónde se habrán quedado aquellas mis ilusiones juveniles de llegar a ser un reconocido y admirado macarra de discoteca.  Aunque la verdad, para ser cómo estos prefiero quedarme donde estoy… y además, puestos a encontrar cosas en los sofás de un reservado, antes que tías roncando prefiero mil veces otro tipo de sorpresas.

Tags: , ,

12
Mar

BABYFACE

Posted in Lugares  by Josema

Recuerdo un Domingo por la noche que hice una escapadita a Shanghai.  Una cosa inocente, nada premeditada, tenía que recoger a un cliente el Lunes temprano y decidí que lo mejor era hacer noche en la gran ciudad y evitarme el madrugón.  Lo malo es que me cogió por banda Wang Yue (miento como un bellaco, la llamé yo) y luego pasa lo que pasa.

Fuimos primero a cenar a un Yunnanés (¿se dirá así?), donde mi ángel de la guarda debió decidir que la cosa estaba muy aburrida y quiso darle algo de emoción.  Así que en mitad de la cena se abrió la puerta del local y entró nada menos que un equipo de televisión, entre cuyos componentes pude reconocer sin dificultad a un conocido presentador de una cadena de Shanghai que se dedica a hacer un programa de visitas a restaurantes, para hablar mayormente de sus excelencias.  El dueño del establecimiento se disculpó mesa a mesa por las molestias, y hasta nos invitaron a un plato típico con expresa recomendación de que sonriéramos mucho.  Todo muy amable y muy simpático, hasta que el fulano de la cámara y el presentador empezaron a evolucionar entre las mesas y entonces recordé con un escalofrío que el programa consiste principalmente en hacer cortas entrevistas a los comensales preguntándoles cómo está la comida, qué les gusta más, lo de siempre.  Aposté en mi fuero interno a que sabía a qué mesa se dirigirían sin vacilación, y efectivamente me gané a mí mismo sin dificultad.

Conseguí interceptar la trayectoria de la cámara a un par de metros de nuestra mesa, lugar donde bajo la atenta y sorprendida mirada del resto de la concurrencia traté de explicarle al conocido presentador que quizá no fuera una buena idea incluirnos a la señorita y a mí en el mismo plano de cámara.  El depravado fulano decidió hacerme sufrir un poco e hizo como que no entendía, mientras me miraba de arriba abajo intentando reconocer a una estrella de la pantalla o un conocido personaje público en busca de intimidad.  Por fin, tras obligarme a utilizar una cierta brusquedad, cambió de objetivo y se dirigió hacia otras víctimas, no sin antes echarme una mirada de desprecio que haría sonrojar al mismísimo Marco Polo.  Humillado y abochornado volví a la mesa, donde Wang Yue sonreía entre asombrada y divertida.  En una esquina alejada, mi ángel de la guarda se retorcía de risa sin disimulo alguno.

babyface-shanghaiAl final conseguimos terminar la cena sin más sobresaltos, momento en el que la pizpireta señorita anunció sin paliativos que quería ir a bailar a Babyface, mientras me observaba inquisitiva como preguntando “¿será tal vez demasiada tralla para usted, venerable anciano?”.  Sucede sin embargo que a un servidor le chiflan los desafíos y además, modestia aparte, aún recuerdo cómo se mueve el esqueleto con cierto estilo, así que pueden ustedes adivinar fácilmente dónde estábamos media hora más tarde.

Babyface es una cadena de clubs con seis locales en toda China -un servidor es socio fundador del de Beijing, ah qué recuerdos- con un formato que después han tratado de copiar innumerables bares y discotecas del país:  barra cuadrada con algunos bancos, mesas y sofás alrededor, un segundo piso con reservados donde los grandes laobanes impresionan a sus amigos y a unas cuantas señoritas de alquiler con su poderío económico, y ruido, sobre todo mucho ruido.  En honor de Babyface hay que decir que el servicio es bueno, la música, alta pero no ensordecedora, es excelente, y es uno de los sitios donde mejor preparan mi bebida favorita, el long island ice tea que algún día me llevará a la tumba.  Al contrario que sus imitadores, esta gente tiene dos dedos de frente y no llenan la pretendida pista de baile con un montón de mesas para recolectar más dinero, sino que dejan el sitio suficiente para que el personal practique libremente sus expresiones corporales -llamarle a eso bailar sería excesivamente generoso-.  Así que en tan grato ambiente bebimos, reímos, sudamos un poco y en mi caso hasta conseguí olvidarme de que al día siguiente era Lunes.  Aunque había oído rumores pero sin poder comprobarlos (en esta sucursal no había estado aún), me sorprendió un poco ver un par de caras conocidas con pinturas de guerra, ya me entienden, cosa que mi acompañante me confirmó sin dificultad e incluso me señaló a otra media docena de señoritas que a primera vista pasaban desapercibidas, pero que sin duda también estaban “trabajando”.  Qué cosas tiene Shanghai.

A media noche la concurrencia era desorbitada para ser un Domingo, casi toda compuesta de nativos, gente joven en su mayoría (me encanta subir la media, ya ven), niños y niñas pijos con ropa cara y escaso aguante del alcohol, hecho científico que sin embargo se empeñan en desafiar con contumaz insistencia.  También había, y eso me ha llamado siempre mucho la atención en China, el porcentaje habitual de mujeres solas, en sus veinte o treinta años, positivamente no del gremio, bien vestidas y negociando su whisky con té verde sin ninguna ayuda, sin sonreír y sin hablar con nadie.  Una vez conocí e incluso llegué a intimar un poco con una de este estilo, pero era en una ciudad más pequeña y no creo que fuera muy representativa de la especie, por lo que el desafío de conseguir una para “la cole” aún sigue pendiente.  Lo malo es que yo casi nunca voy solo a estos sitios, caramba.

jacuzziCuando ya me empezaron a doler los pies y me había trasegado una cantidad más que prudente de mis tés con hielo, informé a Wang Yue de que la agencia de viajes donde normalmente reservo me había hecho una pirula, y para compensar se habían visto obligados a darme una maravillosa suite con un jacuzzi de lujo, que me daba pereza estrenar solo.  Me miró como diciendo “tú eres idiota o qué, nos ha jodido que voy contigo”, así que sin más dilación dejamos a la sudorosa turbamulta y nos retiramos a nuestros aposentos.  Jacuzzis aparte, aquella noche lo pasamos bien.

Tags: , , , ,

11
Jan

LA DIVERSION EN PROVINCIAS

Posted in Lugares  by Josema

Al final, como era previsible desde el principio, lo que empezó como una semana dura y larga ha resultado ser una semana olímpica.  Aprovechando que no estaba el amo, ha sido una orgía de internet, periódicos y juegos chorras.  No sin cierta perplejidad, he descubierto que mis chinitos (diminutivo cariñoso) trabajan igual estés encima de ellos que si no, al menos a corto plazo.  Lo único que he detectado esta semana han sido colapsos con cierta frecuencia en el acceso a internet de la empresa, así que probablemente tengamos que ampliar el ancho de banda.  Me siento un poco mal por haber dado tan mal ejemplo durante toda una semana, pero qué coño, la vida en China es dura, y más en provincias, así que de vez en cuando se merece uno un descanso mental.

BarGirls de puebloHablando de provincias, una de las cosas que peor llevo de vivir alejado del mundanal ruido es cuando llega el fin de semana y uno trata de encontrar un poco de diversión local sin tener que desplazarse a la gran urbe, lo que no tiene mérito.  En un villorrio como éste, con un escaso medio millón de habitantes, la elección se reduce a los consabidos karaokes, los bares de chicas y las discotecas, todo al estilo chino.  También, aprovechando la numerosa colonia japonesa, existen clubes de estilo nipón, siempre con la puerta cerrada para darles un aire de misterio, pero que no son sino vulgares bares de alterne disfrazados, donde los japoneses se cuecen como piojos mientras le cuentan sus añoranzas a una humilde mozuela de Anhui que sonríe como si lo entendiera todo.

No se ponga contento prematuramente, los bares de chicas de por aquí no son lo que estamos acostumbrados en mega-urbes como Shanghai o Beijing.  Aquí no existen sucedáneos del Manhattan, el Suzie Wong o el añorado Maggie’s; la cosa es mucho más prosaica.  Usted se sienta en medio de un decorado tipo “fiebre del sábado noche”, y junto con las bebidas el camarero le ofrece la compañía de una o varias señoritas, según necesidades.  Si usted acepta, se le sienta al lado una rústica mozuela más bien feílla (belleza rural, digamos piadosamente) con un vestido del siglo diecinueve, que sonríe como una torda y cuyo don de lenguas se limita a su dialecto local y un poco de mandarín.  A partir de ahí, usted mismo (mojar, ni lo sueñe).

Las discotecas y disco-bares no se crea que ofrecen mayores posibilidades.  Normalmente son sitios diseñados por y para la población local, en los que conseguir divertirse, para los que somos foráneos, constituye una proeza al alcance sólo de unos pocos privilegiados -entre los cuales, confieso sin modestia, tengo el honor de contarme.  ¿El secreto? Innumerables horas de barra y observación del enemigo, hasta que uno consigue mimetizarse con la población local y le aceptan sin ambages, le invitan a horribles tragos de coñac con té verde e incluso aceptan graciosamente que les ganes a los cubilotes.  La recompensa merece la pena:  Las bellezas locales se dejan cortejar por el diablo extranjero, aun arrostrando las miradas asesinas de la concurrencia masculina, y con un poco de suerte incluso puede usted ser testigo de alguna de esas noches especiales, en las que las gogós se desmelenan de verdad y ofrecen lo mejor de su repertorio entre los rugidos libidinosos de la concurrencia.  Ah, qué recuerdos.[PSGallery=1pn0hrjpfq]

Otro día les contaré mis andanzas en los bares y discotecas de este pueblo, si no esta entrada se nos va a hacer eterna.  Por hoy me voy a meter en capilla, que mañana es lunes y la semana que viene pinta seria.  Que ustedes lo lleven bien.

Tags: , ,