YA NO MOLAN LOS LAOWAIS
Como decía mi estimada abuela, que de estas cosas sabía un poco, “el que a tierra extraña fue a enamorar, o fue engañado, o fue a engañar”. Hombre, es difícil creer que usted se viniera hasta China sólo para enamorar bellas señoritas de ojos rasgados -habría que ser un depravado de marca mayor, o bien idiota perdido- pero no me negará que una vez en estas hospitalarias tierras no se sintió usted sorprendido por la extraña devoción de buena parte del género femenino hacia los extranjeros varones, que normalmente reviste vocación de acoso y derribo -es decir, el noble y viejo objetivo de obtener contrato vitalicio de convivencia-.
La razón digo yo que habrá que buscarla en la obsesión de estas buenas gentes por la seguridad económica, laboriosamente obtenida través del ahorro. La misma abuela de antes solía también decir que en esta vida sólo tienes dos oportunidades de hacerte rico sin esfuerzo, una cuando naces y la otra cuando te casas. No sé qué diría la buena mujer de conocer que su nieto favorito ha desperdiciado alegremente las dos, mejor dicho las tres -lo siento, abuela-. El caso es que para los chinos que se encuentran en la misma situación de un servidor, o sea, sin un duro, la única vía factible de asegurar el futuro (sin ir a la cárcel) es a través de muchos años de constante y minucioso ahorro, a niveles que para nosotros son desconocidos. Tenga usted en cuenta que el Estado chino provee a sus abnegados contribuyentes con más bien pocos beneficios -educación, paro, jubilación… va usted dado si espera que el Estado le saque las castañas del fuego- por no hablar de la sanidad, donde una enfermedad grave de un miembro de la estirpe puede llevar tranquilamente a la ruina a todo el clan, incluyendo familias colaterales. El mercado hipotecario está asimismo poco desarrollado, así como el de los préstamos bancarios, por lo que es normal que las casas y los coches se compren a tocateja… en fin, un cuadro muy prometedor, en el que tanto “cash” tienes, tanto vales.
Esta obsesión por la seguridad económica a ultranza alcanza rasgos patológicos en las mujeres chinas, las cuales al buscar novio potencial, en la práctica se fijan única y exclusivamente en el poderío económico del fulano y su capacidad de dar cobijo estable y seguro a toda la prole. Así que en China, si es usted un currito básico, con un trabajo de medio o bajo pelo, su familia tampoco es rica, y no puede usted obsequiar a su futura señora cuando menos con un piso reluciente y nuevecito, olvídese de disfrutar las mieles del matrimonio, amigo mío -a no ser que sea usted un experto embaucador de crédulas damiselas, que también los hay, y de menudo calibre-.
En medio de este panorama, destaca como faro guía un hecho científico incuestionable: Los extranjeros son ricos, pero ricos de verdad, oiga. Hombre, no todos, si es usted natural de Burkina Faso y no es el hijo del presidente, la verdad lo tiene usted jodido para comerse un rosco en China. Pero un Europeo, pongo por caso, por muy feo que sea tradicionalmente ha sido una pieza de caza altamente codiciada por las féminas de este país, especialmente las que creen que balbucean algo de inglés, circunstancia aprovechada por no pocos desalmados para llevarse al huerto a la mayor cantidad posible de incautas señoritas, deslumbradas por la supuesta riqueza intrínseca del laowai de turno. Así que efectivamente, muchos que vienen a trabajar pero no tienen un duro terminan desempeñando el papel de engañadores del refrán, mientras que otros, más pardillos pero igualmente sin un duro, somos los engañados. La vida es dura.
Pero ay, amigo… por obra y gracia de la rampante crisis económica que nos corroe, las mujeres chinas están dejando de ver a los extranjeros como el tradicional mirlo blanco, paradigma de la seguridad económica, y están volviendo cada vez en mayor medida su fría espalda a esos perdedores provenientes de economías en franca descomposición, antaño tan arrogantes, y hoy en día camino de verse pronto en la puerta de cualquier estación de metro con el típico cartel de “dame argo” -en chino, claro-. Y no es que lo diga yo, sino nada menos que el Shanghai Daily en un artículo de hace unos días apoyado por estremecedoras encuestas, como esa que dice que el porcentaje de mujeres deseosas de casarse con un forastero ha bajado desde el 42,5 por ciento -joder, ¿de verdad había tantas? mecaguenlaleye, si lo llego a saber- hasta un magro 16,8 por ciento. A ello se une el que siempre nos han considerado manirrotos y derrochadores -lo que pasa que nos perdonaban por ser tan ricos-, percepción a la que confieso ruborizado un servidor ha contribuido en singular medida. Así que verdes las han segao, amigo mío, y si es usted de los que practican el conocido deporte de “vamos a la cama, que hay que descansar”, sepa que sus posibilidades de pillar cacho, antaño tan elevadas, han bajado drásticamente hasta uno de cada seis intentos. ¿O de verdad se creía usted que ligaba por ser tan guapo? Hombre, no me fastidie.