Oh! China
El lado canalla de la China

Posts Tagged ‘chinas’

27
Jan

DESDE SANTURCE A BILBAO

Posted in Tatuajes  by Josema

… vengo por toda la orilla
con la falda remangada
luciendo la pantorrilla…

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1
Jan

… ¡Y FELIZ AÑO NUEVO!

Posted in Costumbres  by Josema

Ayer, adelantándome a la costumbre local (estas buenas gentes se felicitan más bien el día de Año Nuevo) envíe el típico SMS conmemorativo a siete de mis amigas más selectas –a los amigos, que les den morcilla, of course-.  Todas, menos una que es mongola (con perdón) y debe estar pasando las Navidades retozando por las verdes praderas de su pueblo, respondieron al instante, lo que trajo lágrimas de emoción a mis viejos ojos.  Caramba –pensé-, a pesar de mi reciente y dolorosa inactividad, debo conservar aún el viejo y legendario gancho que tan buenos ratos me ha proporcionado en el pasado…

Un somero análisis a posteriori, sin embargo, tuvo la virtud de volver a colocar algunas cosas en su lugar.  De las siete, cuatro han pasado por el catre, una gratis (aunque ya saben lo que opino yo de los polvos, que nunca son gratis, aunque a veces hay suerte y sólo cuestan dinero) y las otras tres previo paso por taquilla.  Así que es normal que, cuando menos por interés puramente mercenario, respondan a una felicitación de este tipo con inusitado entusiasmo.

Pero bueno, si las matemáticas no me fallan, quedan tres individuas con las que no he tenido aún ocasión de probar la miel de sus labios (en todas sus acepciones), y que constituyen, cada una de por sí, un poderoso desafío.  Dos de ellas están casadas y la otra pudiera ser mi hija (pequeña), lo que añade las suficientes dosis de morbo y aventura al asunto.  Me parece que ya tengo propósitos para el Año Nuevo.

P. D.:  Hablando de sexo remunerado, como diría mi abuelo… “querer follar sin pagar es cosa de pobres”.  Qué gran abuelo tengo.

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19
Dec

WANG YUE

Posted in Gentes  by Josema

-  Yo no te gusto.
-  No digas cosas raras.  ¿Por qué no me ibas a gustar?
-  Porque no me miras.
-  Es que tengo conjuntivitis y me duelen los ojos, joder.
-  Ya.

Wang Yue a veces es tierna como un peluche, como en la ocasión en que estábamos cenando y me salió con esas.  Y no andaba desencaminada del todo, no.  Hay que ver, el instinto.

Wang Yue es una muchachita cuasi-campesina de la muy noble y muy leal provincia de Sichuan.  Ella dice que es del mismo Chengdu, pero eso es como cuando los del norte decimos con orgullo que somos de Bilbao, hasta que al ser presionados un poco más terminamos por reconocer que “hombre, no del mismo Bilbao…”.  Así que Wang Yue a los efectos viene a ser como de “serca” de Chengdu, lo cual la convierte en aún mas entrañable.

Wang YueWang Yue es una demostración andante de la posición social de la mujer en China, de la cual nos olvidamos con frecuencia los laowais procedentes de países supuestamente civilizados, deslumbrados por los bellezones y ejecutivas agresivas que desfilan por Huaihai Lu.  En nuestros países de origen impera desde hace tiempo una simpática política de igualdad de sexos que hace que las mujeres a efectos prácticos tengan muchos más derechos que los hombres.  Aquí no.  Wang Yue en su pueblo tenía 24 años y novio para casarse, hasta que el buen muchacho –probablemente persuadido por los campechanos encantos de alguna otra lugareña- decidió dejar la boda para mejor ocasión y de paso dejarla tirada como a una colilla.  Esto automáticamente convirtió a Wang Yue en un producto de desecho a efectos matrimoniales, lo que previene al resto de posibles candidatos de toda la comarca de ni siquiera osar mirarla.  Con esa edad, soltera y repudiada, su único recurso, como el de cientos de miles –por no decir millones- de muchachitas de la China rural, es el de buscar cobijo en la gran ciudad, donde nadie te conoce.  Allí,  con algo de suerte –en realidad con infinita suerte-  tratan de encontrar otro novio, seguramente mucho mayor que ellas, porfiando hasta conseguir que las lleven al altar, obviando los a menudo turbios motivos que guían a los hombres en estos casos.  ¿Trabajar y poder llevar una vida autónoma, moderadamente confortable?  No me hagan reír.

Lo que pasa es que Wang Yue, a pesar de las bofetadas de la vida, aún conserva una vena romántica, y se empeña –como alguno que yo me sé- en buscar el amor verdadero en sitios un poco peculiares.  El Manhattan y garitos de similar pelaje están bien para desarrollar diversas y placenteras actividades, pero entre ellas por desgracia no se encuentra el encontrar al hombre o mujer de tu vida.  Allí me la encontré una noche que andaba un poco tenebroso, y allí me convertí, aun sin saberlo, en su tierno objeto de deseo.  Este tipo de muchachas, a las que –de forma acertada o no- guía un interés mucho mayor que el meramente pecuniario, son sin duda las mejores compañeras de “actividades”, así que esa noche y un par de ellas posteriores fueron una refrescante experiencia de ternura, pasión y entusiasmo.  Pero un servidor, a pesar de ejercer de crápula en funciones, conserva un pedazo de corazoncito que ni el alcohol adulterado logra destruir, así que una noche que Wang Yue me sometió a un interrogatorio de tercer grado, encaminado sin duda a evaluar mi candidatura como posible compañero de fatigas, le conté sin mas preámbulos la verdad de mi estatus erótico-familiar.  Pocas veces en mi vida he visto una transformación más profunda y a la vez más dolorosa que la que sufrió su rostro en aquel momento.  “¿Tienes… cuatro hijos?” preguntó con voz derrotada, mientras sus esperanzas se iban haciendo añicos contra el sucio suelo de aquel restaurante sichuanés de medio pelo.  “Y alguno más que no conozco, con toda probabilidad” bromeé, con torpe ánimo de quitarle hierro al asunto.  Pero ya era inútil.  A partir de aquella noche Wang Yue no se me volvió a acercar, y las veces que mis maltrechos huesos recalaban en el Manhattan me miraba de lejos con una mezcla de pena y decepción en su mirada.  No me rechazó sin embargo en el par de ocasiones que reclamé sus servicios con posterioridad, en un vano intento de recuperar aquella pasión y el frenesí de antaño, e incluso se portó con encomiable simpatía y donosura.  Pero ciertas cosas que se van por el sumidero de la vida son imposibles de recuperar, por más que nos empeñemos.

Así es que en la penúltima ocasión que decidí ser malo, más que nada por no perder la costumbre –dicen los médicos que somos lo que comemos, y yo digo que somos lo que entrenamos- y entre otras cosas porque llevaba ya una semana mirándole el culo a la criada con animo libidinoso, tiré de agenda y llamé a Wang Yue.  No es que ya no me atraiga salir de caza, pero repito, era entrenamiento, no competición, así que la llamé a ella como antídoto contra posibles sorpresas, siempre desagradables cuando uno está en baja forma.  Accedió sin hacerse de rogar, pero con nuestros antecedentes penales, poco es de extrañar que la muchacha no estuviera especialmente receptiva, y tuviera lugar la conversación que relataba al principio.  Me comentó que su ex-novio le había escrito para decirle que se había casado.  “El muy capullo”, añadió con desprecio mientras escupía en el plato los huesos del sapo picante que nos estábamos merendando.  Más tarde, y ya en la fase del cuerpo a cuerpo, me sorprendió su insistencia inquebrantable en el uso del preservativo a ultranza, incluso para maniobras buco-manipulatorias, cuando antes se mostraba mucho más liberal en el tema (no es que uno sea un insensato -que lo soy, qué caramba-, es que a veces a uno le gusta caminar por el filo de la navaja, ya me entienden).  Se había también depilado –afeitado, sería más exacto decir- sus partes pudendas, allí donde antes lucía una sedosa y excitante mata de pelo.  Y por último, me despertó a las cuatro de la madrugada, para decirme que no podía dormir y se quería ir.  Aquello terminó de convencerme de que mi dulce y entrañable campesina de antaño había sido sustituida por la endurecida profesional de hoy –ya saben, las putas de verdad duermen de día.  Las que lo hacen de noche, y como troncos, son las freelancer amateur, Dios las bendiga-.  La acompañé a la puerta, con un poco de pena.  Ella ni se volvió para despedirse.

-  No puedo abrir un ojo, me pica horrores –me llegó su SMS a la mañana siguiente-.
-  Te habré contagiado la conjuntivitis, vete a la farmacia y que te den unas gotas.
-  He tenido que ir al hospital, me dolía mucho y no podía ver
–me escribió unas horas mas tarde-.  Era la lentilla, que se me metió ayer mientras dormía contigo.  Ya está arreglado, gracias por preocuparte tanto.
-  De nada corazón, ya estaremos.

Que romántico.

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21
Jul

PLACER PROHIBIDO

Posted in Tatuajes  by Josema

forbidden

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8
Jul

JULU ROAD, SHANGHAI

Posted in Gentes, Lugares  by Josema

Hubo una época de mi vida en Shanghai –qué bien, hablo ya como un millonario retirado– en la que viví en Julu Lu, en el comienzo del barrio francés, como los ricos.  Desde la ventana de mi cuarto de baño veía todas las madrugadas, cuando me levantaba a horas intempestivas para vaciar la vejiga como un carcamal, la ristra de bares con sus luces multicolores que forman la zona de más ambiente de la calle, cerca del Hilton, y me imaginaba con un poco de envidia lo que en esos momentos podía estar pasando dentro.  Nueve bares seguidos en un lado, que los he contado, y otros dos o tres en la acera opuesta, forman un cluster de perdición que en los buenos tiempos rivalizaba –o mejor dicho, complementaba– la otra zona canalla que hubo por excelencia en esta ciudad, la inefable Maoming Lu.  Los bares, como se puede usted imaginar, no son precisamente del tipo donde llevaría a su mujer y los niños a tomar el vermú con aceitunas de los domingos, a menos que pretenda usted que hasta sus retoños terminen pagándoles copas a las alegres muchachas que pululan en bandadas por el interior de cada uno, exprimiendo las carteras de los incautos laowais con encomiables –y al mismo tiempo espeluznantes– velocidad y habilidad.

Dicen las malas lenguas que aunque el ambiente de Julu Lu ha caído en picado, en relación directamente proporcional al vertiginoso ascenso en popularidad del Tongren strip, aún es posible encontrar ambiente simiesco a altas horas de la madrugada, y que si es usted un avezado y antiguo laowai, de los que tomaban copas con Marco Polo y se las saben todas, incluso se las puede arreglar para que le hagan un “trabajo fino de boca” –ya me entiende– en la trastienda de alguno de los tenebrosos tugurios que se hacen pasar por bares.  Desconozco si tan tremebunda afirmación es cierta o se trata tan sólo de una leyenda urbana más, lo cierto es que en aquella ocasión en que V y yo decidimos terminar la noche deambulando por sus garitos, la calle estaba bastante menos que animada.  V había venido a Shanghai con poco tiempo y estaba firmemente decido a “quemar la noche” conmigo –cuando se pone así de serio es particularmente entrañable, teniendo en cuenta que se cuece como un piojo a la tercera copa– así que tras la preceptiva ronda por los lugares de rigor a un servidor no se le ocurrió otra cosa que ver si las fantasías eróticas forjadas durante tantas noches en el baño de mi casa podían llegar a convertirse en realidad.

chicas de Julu LuV se había apalancado a una desgarbada mozuela oriunda de alguna remota aldea de la China profunda, que estaba encaramada a un taburete alto al lado de la barra, las piernas abiertas y la minifalda remangada, ofreciendo invitadora unas encantadoras bragas de encaje azul claro a la mirada de todos los parroquianos en general y a la mano de mi amigo en particular.  Este, sin embargo, víctima de una tajada como la copa de un baobab, no conseguía meterle mano ni a tiros, lo que daba entre pena y risa de ver, dado que la cosa constituye su particular y prácticamente única perversión.  Yo estaba de pie apoyado en una esquina medio apartada, observando con especial fascinación todo lo que ocurría ante mis ojos como a cámara lenta, efecto probablemente del alcohol adulterado que para entonces corría en abundancia por mis venas.  Tenía cariñosamente amarrada a mi barriga una chavala como de metro cuarenta, pelo largo y complexión escuálida, que lucía sin embargo un canalillo algo más que espectacular, fruto sin duda del wonderbra siete tallas más pequeño que la suya que llevaba puesto.  Mientras yo me preguntaba cómo diablos se las arreglaría para respirar, la buena mujer levantó hacia mí su carita angelical, se puso de puntillas y deslizándome una mano por la nuca me atizó el muerdo más fantástico que me han proporcionado en mi vida entera, de esos que hacen afición, con la humedad justa, la presión exacta y sin dejar un rincón de mi boca por explorar.  Cómo sería la cosa que hasta mi hermano pequeño, que se había retirado a dormir haría cosa de un par de horas, se despertó y levantó su tierna cabecita para preguntar qué pasaba.  Mientras estaba calculando –con especial dificultad, todo hay que decirlo– las insospechadas posibilidades que la nueva situación abría ante mis ojos, me llegaron, inoportunos y ensordecedores, los gritos de V, que agitaba en su mano una cuenta de seiscientos yuanes y exigía con alcohólica insistencia la inmediata presencia de la policía.  Ante la mirada de fastidio de las cuatro chavalitas de servicio, y las de indiferencia del otro par de idiotas clientes que quedaban en el bar, intenté explicarle a V que quizás no fuera una buena idea llamar a la policía a una hora tan intempestiva, y menos en semejante lugar, compañía y estado etílico.  Mientras tanto observaba de reojo, cada vez más alarmado, las inquietantes evoluciones de un chino de dos veinte y trescientos kilos de peso que había aparecido como por ensalmo detrás de la barra.  Al final agarré a mi amigo de un brazo y lo saqué a tirones del local –no sin antes pagar la procelosa cuenta, of course– para meterlo a presión en un taxi con rumbo a su hotel mientras el buen hombre preguntaba con voz resbalosa a dónde íbamos ahora.  Era de día ya, me dolía la cabeza y me dirigí andando despacio a mi casa, sorteando a duras penas los árboles y los escupitajos de la acera.

Al día siguiente, mientras luchaba por vestirme e intentaba contrarrestar con poco éxito los efectos de un clavo espectacular sobre el sentido del equilibrio, encontré en un bolsillo del pantalón un papel arrugado, con un nombre –Angell, con dos eles, no me jodas– y un número de teléfono escritos en él.  Durante ese día, ocupado como estuve en luchar contra los vómitos inoportunos y resolver al mismo tiempo los problemas habituales de la oficina, no me paré mucho a pensar en el tema, pero a eso de las ocho, a punto ya de plegar, me dio por querer ser malo y ver si lo del día anterior había sido sólo un sueño o allí había material para un poco de jaleo.  Entré por Julu Lu en vez de ir a casa derecho, y efectivamente, la mayoría de los bares estaban ya abriendo o a punto de hacerlo.  Rescaté de entre las brumas de mi memoria el nombre del garito de la noche anterior, abrí la puerta con un poco de prevención mezclada de malsana excitación, y pasó lo que tenía que pasar.

El bar estaba vacío.  Angell, o como demonios se llamara, estaba sentada a la barra, tiernamente abrazada a un tipo chino bastante joven, con patillas de bandolero, chaqueta blanca y camisa negra de cuello enorme abierta hasta el ombligo, al que sólo le faltaba el pantalón de lentejuelas para convertirse en figurante oficial de “Fiebre del Sábado Noche”.  Ella me vio entrar, me reconoció al instante y miró de golpe para otro lado.  El macarra de su vera me midió con curiosidad de arriba abajo, le dio una calada a su cigarrillo y escupió despectivamente el humo en mi dirección.  Me quedé plantado como un estúpido, sin saber cómo reaccionar ni dónde mirar, mientras una de las supuestas camareras trataba de agarrarme de la mano y llevarme hacia dentro del local.  Se quedó entre pasmada y ofendida cuando me zafé de su mano con un tirón muy poco elegante, y me gritó algo que no entendí mientras me alejaba con paso desigual y ánimo sombrío.  “¿De dónde vienes a estas horas?” preguntó mi mujer con tono molesto cuando entré en casa.  “Seguro que de algún bar, hay que ver cómo te gustan”.  “Seguro, ya ves”, contesté mientras me abría una cerveza.

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