Oh! China
El lado canalla de la China

Posts Tagged ‘bares’

17
Dec

FLASH FORWARD

Posted in General  by Josema

Flash Forward“Flash Forward” es una serie americana (cómo no) de televisión, ambiciosa y pretenciosa a la vez, que ha estado de moda durante unas cuantas efímeras semanas.  Según el guión original, la humanidad entera se duerme de repente durante dos minutos y 17 segundos, durante los cuales –además de suceder innumerables accidentes-, los durmientes tienen acceso onírico ocasional al futuro de sus vidas tal y como serán exactamente dentro de seis meses… y a partir de ahí el caos, of course.  La serie, para los pardillos (que somos) aficionados a las series de culto, como digo empezó muy bien, pero actualmente se encuentra hundida en el típico pozo hollywoodense donde nunca se sabe si una serie funciona porque han encontrado nuevos guionistas o la dieta de cocaína y anfetas ha dado por fin resultado.  En fin.

Bueno, pues comparado con la actualidad shanghainesa, eso son simples mariconadas, qué quieren que les diga.  Qué mas quisiéramos que tener esos dos minutos y pico para intentar siquiera adivinar el futuro… aquí uno pestañea un milisegundo más de la cuenta, y le cambian la calle de sitio.  ¿Recuerdan que hace poco les comentaba que iban a cerrar la inefable Tongren Lu, antro de perdición donde los haya?  Bueno, pues antes incluso de que hayan retirado los neones de su sitio, ya están abriendo los garitos en su nueva localización, caso por ejemplo del Manhattan, que hoy mismo inaugura nuevo local no muy lejos de donde estuvo, y a cuya reapertura tengo que faltar a pesar de estar cordialmente invitado.  Judy’s, todo un clásico,  también abre local muy cerca, no sé si hoy o en todo caso muy pronto.  Y la joya de las inauguraciones… el nuevo “Da Tong Mill” esta a punto de caramelo, para abrir el mes que viene.  Vive Dios que promete, un complejo subterráneo de bares, restaurantes y todo eso, que sin duda hará su agosto con los cientos de miles o millones de visitantes que se esperan para la Expo y demás zarandajas.  Hoy he estado viéndolo con Mei Mei, que tiene ganas de abrir un bar ahí y necesita inversionistas… ¿alguien se anima?

Qué distinto es todo esto a lo que estamos acostumbrados en países lejanos –tanto en distancia como en cultura-, donde para abrir un modesto negocio, sea un bar de barrio o una tienda de vecindad, hay que pensárselo cientos de veces y calcular con ayuda de un asesor fiscal de gran calibre las implicaciones económicas (mayormente los impuestos) de la inversión… aquí te duermes en los laureles y te comen la tostada, te lo piensas media hora y te levantan el local que te gustaba y para el que ya estabas pergeñando la decoración… y donde en un mes, con algo de dinero y un par de lo que hay que tener, uno puede ser dueño de su propio destino, únicamente a merced –aparte de sí mismo- de los clientes y de la competencia, no del gobierno.  ¿No les parece maravilloso?  Modelo asiático de desarrollo, que le llaman… y que en buena lógica se tiene que expandir a corto plazo al resto del mundo esclerótico-capitalista.  Se avecinan tiempos interesantes, se lo digo yo.

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11
Dec

THE END OF THE WORLD (AS WE KNEW IT)

Posted in Lugares  by Josema

tongren-lu-4-amBueno, pues parece ser que los rumores se confirman:  La inefable  calle Tong Ren de Shanghai (Tongren Lu para los amigos), antro de perdición donde los haya, escenario cutrelux de tropelías alcohólico-sexuales sin par, incubadora infatigable de leyendas urbanas (con muertos incluidos)… desaparece.  Entiéndanme, la calle en sí no se evapora misteriosamente, sino que van a cerrar los tropecientos bares hilvanados sin solución de continuidad -y en tres niveles superpuestos, para mayor escarnio- que la conforman y que en su día establecieron toda una época de referencia en el Shanghai canalla de principios del siglo XXI (toma ya).

El rumor, convertido hoy día en certeza, me llegó a través del señor A, infatigable comentarista de estas crónicas y gran conocedor de la noche shanghaitarra, mediante un mordaz comentario que dejó hace unos días en el blog y que tuvo la virtud de dispararme todas las alarmas.  Fíjense si vivo apartado del mundanal ruido que no me había enterado de nada… ¿un supuesto canalla como yo? “shame on me”, que se dice. Como castigo ejemplar, me he rebajado yo mismo cuarenta puestos en el ranking asiático de canallas vivos –y a este paso me temo que me va a costar recuperar la posición casi tanto como a un tenista que yo me sé recobrar el numero uno-.

A decir verdad, Tongren Lu nunca ha sido uno de mis destinos favoritos… imagínense una calle de cien metros de largo mal medidos, con un lado vacío y únicamente adornado con una triste tapia, y en el otro un edificio horroroso de cristal con tres alturas, cuajado en su inmensa mayoría de baretos pretendidamente canallas y antros similares.  Este cluster de locales tan ecléctico arrancó en su día –hará ya cosa de cinco años, hay que ver cómo pasa el tiempo- como improbable heredero de la tan añorada Maoming Lu, y pronto pasó a recoger los desechos humanos, entre los cuales tuve el dudoso honor de contarme, del nunca bien ponderado y jamás olvidado “Bourbon Street”.  Las señoritas de compañía por aquel entonces eran en su mayor parte de extracción local, por naturaleza poco estridentes, una mezcla de “talking girls” y putillas freelancer que la mayoría de las veces de puro ingenuas resultaban hasta entrañables.  Y así, poco a poco, la tribu canalla de aquella época nos fuimos acostumbrando a lo que había… y qué caramba, hasta llegamos a disfrutarlo (cómo no).  Al fin y al cabo, como diría un buen amigo mío -un poco bruto, eso sí- “ a falta de pan, buenas son hostias”.  Hasta que un buen día, y sin que nadie recuerde muy bien cómo, desembarcó en Tongren Lu una nutrida turba de filipinas, ruidosas, descaradas y con un instinto comercial exacerbado, y con ellas llegó el escándalo.  A partir de ahí vietnamitas, coreanas, tailandesas, rusas y demás gentes de mal vivir –ladyboys incluidos/as- conformaban todos los días de la semana, con más o menos altibajos, una colorista tropa a la cual nos uníamos alegre e inconscientemente los parroquianos de costumbre -siempre que nuestras múltiples obligaciones nos lo permitieran, por supuesto-.

Sin embargo algunas noches, a altas horas de la madrugada, cuando aquello se convertía en una sucursal autorizada de Sodoma y Gomorra, casi daba vergüenza ajena –y propia- pasearse por la calle.  Entre las celosas trabajadoras de los pisos altos, que bajaban a buscar clientes a la calle, y las funcionarias profesionales que hacían la calle como alternativa barata a las endurecidas meretrices con plaza fija en barra, parecíamos todos grotescos miembros de la tropa de un circo cutre y barato, enquistado de forma molesta en las brillantes entrañas de una ciudad cosmopolita y progresiva, y al que por tanto las autoridades –competentes, por supuesto- no tardarían en echar el candado.

Chicas de Tongren_022Y eso parece que va a suceder por fin, y no me parece mal del todo.  Unos dicen que es cosa de la Expo del año que viene, como parte de la campaña municipal para “limpiar” la ciudad y presentarla como espejo de la China que viene.  Otros dicen que simplemente es que se terminan los contratos de alquiler de los locales, y los dueños del edificio tienen mejores planes para el mismo, ahora que enfrente van a construir un complejo –otro, quiero decir- de hotel de lujo, balneario, centro comercial y lo que se tercie.  Parece ser que Judy’s, uno de los locales pioneros y emblemáticos de la calle, va a reabrir sus puertas unos metros mas allá, en la misma calle pero lejos del edificio maldito.  Que Manhattan, estrella incontestable de la zona sin que nadie acierte muy bien a explicarse cómo lo ha conseguido, se va a mover también al principio de la calle, cerca del archifamoso Malone’s.  Incluso hablan que la mayoría de garitos se trasladarán en bloque a un nuevo cocedero de mariscos al principio de Julu Lu, cerca de la Plaza del Pueblo (me encanta el nombre), que será una versión en subterráneo de las Orchard Towers de Singapur.

Pues bueno, pase lo que pase, para los aventureros como un servidor (aunque actualmente esté en periodo transitorio de hibernación), esto son excelentes noticias.  Qué demonios, hay que renovarse, buscar y explorar nuevos caladeros de pesca, combatir la depresión matinal de asomarse al espejo y ver como pasan los años, sentirse vivo, joder (en ambas acepciones).  Por supuesto que hay vida después de Tongren Lu, porque una cosa es cierta… cierren los bares o no, se muevan a otro sitio o echen el cierre definitivo, las que no desaparecerán serán las de siempre.  Con un poco de suerte incluso, quizás hasta se renueve el material.  Al fin y al cabo, como decía mi profesor de Física, “las putas son como la energía:  ni se crean ni se destruyen, sólo se transforman”.

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18
Jul

LOS ULTRA-PIJOS BARES DEL BUND

Posted in Lugares  by Josema

bar RougeHabrán leído ustedes, probablemente, acerca de la increíble operatividad de la Fuerza Aérea norteamericana, capaz de colocar en el aire cuarenta bombarderos estratégicos cargados de misiles nucleares, junto con los correspondientes cazas de escolta, en menos de diez minutos a partir de la alerta roja (o la DefCon 1, que dicen ellos y queda más mono).  Bueno, pues eso es una mariconada comparado con el tiempo de respuesta de Mei Mei a una insinuación del tipo “nena, ¿nos vamos de mambo tonight?” enviada mediante mensaje telefónico.  Entre diez y veinte segundos tarda como mucho la criatura en entrar en eficacia, dependiendo probablemente de si la pillas cagando o no –con perdón.

Así es que el Jueves, que tenía el día revoltoso, me escapé a media tarde de mi pueblo-prisión tras quedar con la susodicha, y una vez cumplido el ritual combinado taxi-tren-metro-más taxi –¿no es excitante vivir en el campo?– conseguí por fin arrojarme, exhausto pero satisfecho, en los dulces brazos de Mei Mei, también ansiosa de explorar nuevos recovecos de esta inquietante ciudad.  “Hace mucho que no me sacan a cenar y a bailar, jo” me dijo.  “Es que te echas unos novios muy sosos, cariño, que además solo piensan en lo único”, contesté socarronamente, sólo para ganarme un puntapié en la espinilla.  Cenamos primero en un japonés que yo tenía apuntado, un local oculto entre bosques de bambú en las entrañas de Julu Lu, con decoración minimalista tipo factoría y amplitud impresionante entre mesa y mesa, lo que te deja cenar tranquilo sin oír estúpidas conversaciones ajenas.  La comida -denominada un tanto pomposamente como “neo-japonesa”- es buena, pero las raciones un pelín escasas para una señorita con más saque que Andy Roddick, así que fingiendo que yo también tenía hambre y para desconcierto de los camareros tuve que pedir un plato más al final de la comida, para saciar el increíble apetito de mi encantadora compañía.  Después, con la panza bien rellena, nos dirigimos de común acuerdo al Bund (el waterfront, como me lo llama un entrañable amigo ameriyanki), donde hace mucho que no había estado y tenía curiosidad por conocer los nuevos garitos que tanta fama han adquirido recientemente.

Glamour barBueno, pues el paseo fue un pequeño fracasito –o una gran decepción, según se mire.  De los cuatro o cinco bares que visitamos sólo había vida humana significativa en uno, el Laris, que encima es un restaurante más que un bar, pero donde la barra adquiere una popularidad inesperada después de que recogen las mesas.  Aquello estaba lleno de gente guapa y super-pija, en su mayoría occidentales, tanto que calculé entre ocho y diez mil euros por metro cuadrado entre ropa y accesorios (y sin contar la cocaína).  De lo que estoy seguro es de que allí, trabajar, lo que se dice trabajar para ganarse la vida, lo haríamos media docena, incluyendo los camareros.  Los demás constituían una pandilla con pinta de artistas de la “dolce vita” que tiraba de espaldas.  Un servidor, que modestia aparte está ya bastante “viajao” se lo estaba pasando en grande, con mis vaqueros piojosos y mi Omega falsificado –y calculando en cuanto estaría subiendo la media de edad–, pero la pobre Mei Mei se estaba llevando una sofoquina de cuidado comparándose con las ultra-glamurosas parroquianas que deambulaban exhibiendo palmito (y modelitos) con singular donosura.  La saqué de allí cuando se quedó de muestra mirando a un par de fulanos que intercambiaban efusivas carantoñas en un sofá –“¿eso no son dos tíos?” “sí cariño, déjales que están a lo suyo”– y nos fuimos a recorrer bares vacíos.  Glamour, Bar Rouge… ¿dónde coño se ha metido la gente en Shanghai? ¿A tanto llega la crisis económica? Hay que ver… en este último, el Bar Rouge, antaño tan poblado todos los días de la semana, sólo estaban de guardia un par de ladyboys, intentando pescar algo entre la escasa parroquia antes de que les diera la hora de ir al Manhattan.  “¿Por qué te saludan, les conoces?” “No, cariño, les habré caído bien”.  Por fin, animados por los cubatas pero un poco descorazonados por el ambiente, nos fuimos a ver si la nueva adquisición de la noche Shanghaitarra, el cacareado club M2, hacía justicia a su fama.  Para un socio fundador de las primeras discotecas de mi pueblo, allá por los años setenta, subir a un quinto piso de un centro comercial para entrar a una disco me hace rechinar los dientes, pero la verdad es que había gente, mucha gente, y lo que vi allí pronto me hizo olvidar toda prevención.  Un gran local de techo alto, excelente iluminación y sonido, buena música y simpáticos números para amenizar la noche, estilo Ibiza.  Un pequeño detalle que llamo mi atención, sin embargo… el 95 por ciento de la parroquia eran asiáticos.  Mucha gente de Hong Kong y Taiwán, según Mei Mei, pero ya ven ustedes por dónde van los tiros, y quién maneja la tela últimamente.  Allí redimimos la noche, echamos un bar de bailongos y conseguimos de nuevo elevar el espíritu –como correcto anticipo a la elevación de otras cosas, se supone.

compartiendoHicimos una última parada técnica en su bar de Tongren Lu, por una parte para engordar la caja –supuestamente ella tiene que fichar todos los días– y por otra para que Mei Mei encoñara un poco a un fulano que llevaba una hora preguntando por ella, y que lleva camino de convertirse (aunque él aún no lo sepa) en la próxima adquisición del harén privado de la señora.  Yo mientras aproveché, como hago siempre que caigo por ahí, para tirarle los tejos a Yu Ming, la encargada de la barra, y como siempre obtuve el mismo resultado, o sea, nada.  Dice que cada vez que me mira se imagina mis múltiples “ex” y mis numerosos hijos (“irresponsable” me llama, con singular acierto) y se le quitan las ganas de hacer nada conmigo.  Las hay picajosas, caramba.  Por fin, al filo de las cuatro, Mei Mei y yo nos retiramos a nuestros aposentos –los suyos, en este caso– para disfrutar de un merecido descanso tras una noche de tantas emociones.  Recuerdo vagamente una sesión de sexo tumultuoso, un tanto alcohólico y confuso, pero bastante apasionado –Mei Mei contenta es bastante ardiente, y se opone a pocas cosas.  A la mañana siguiente, casi mediodía ya, nos despertó un mensaje de Johnny al móvil de ella –“llego mañana, a las diez en mi hotel”.  “A la orden, señor”, me reí.  “¿Te da mucho dinero?” le pregunté, tras echar un último caliqueño a la salud de Johnny.  “Bah, no te creas… pero me compra muebles en Ikea, ese, ese y este… ah, y también la tele y el DVD.  Pero tú eres el único que duerme aquí”.  Es simpático, compartir querida con un piloto de British.

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12
Jul

OJO CON ESAS COPAS

Posted in Cuentos Chinos  by Josema

copas, copas copasLos días en que los laowais crápulas no están de servicio, mayormente porque el cuerpo –o la cartera– no aguantan tanta tralla, se dedican a beber reposadamente en horas normales, en bares normales y rodeados de gente aparentemente normal, con la que son proclives a intercambiar confidencias sobre sus asombrosas hazañas erótico-alcohólicas.  En esos días, si te toca en la barra al lado de alguno de estos irrepetibles ejemplares humanos, puedes –una vez aplicada la correspondiente reducción mediante el coeficiente de Justerini– comprobar que no eres el tipo más listo y crápula de la ciudad, como tú pensabas, ni tampoco el único idiota al que le pasan cosas raras con las mujeres.  A veces incluso hay suerte y aprendes algo, normalmente escarmentando en cabeza ajena.

El inglés que me tocó en suerte en Malone´s aquella noche –¿Qué demonios hacía yo con un inglés? buena pregunta… vaya en mi descargo que no me enteré hasta pasadas un buen par de horas– parecía no obstante un tipo serio y sensato.  Me estuvo contando sus viajes por todo lo largo y ancho de este mundo, sus negocios, lo de siempre.  Entonces, a eso de las once, empezaron a llegar las primeras “working girls”, y el tipo se puso tenso.  “¿Aquí también hay mujeres de esas? Me habían dicho que no”.  “Pues ya ves” –contesté un tanto fastidiado– “tranquilo, que no muerden.  Sólo si les pagas”.  Entonces el fulano se quedó callado un rato, después le dio un largo trago a su Cocacola, y por fin me contó su triste y conmovedora historia.

El caballero estaba en Hong Kong, de visita en la oficina local de su empresa, y una noche cualquiera, como buenos anfitriones pero sin premeditación ni alevosía, sus compañeros de trabajo se lo llevaron de farra.  Recalaron en uno cualquiera de los garitos de Lockhart Street en Wanchai, lo que delata el buen gusto –y las tendencias festivas– de sus compatriotas.  El tipo me juraba y perjuraba que a él no le van esos ambientes, que jamás le ha sido infiel a su mujer ni con una fulana, en fin, la historia de siempre.  Pero para no quedar mal y aparentar el hombre de mundo que se supone debe ser un hombre de su posición, decidió tragar y pasar por el aro.  Entabló conversación con la vistosa chinita que le colocaron enfrente, alarmantemente escasa de ropa pero alegre y comunicativa, e incluso, él que no bebe, se atrevió con un par de cubatas.  A nadie le pareció raro que la chica se lo llevara a una mesa apartada, e incluso es probable que alguien intercambiara un guiño malicioso.  Copas van, copas vienen, recuerda que de repente se sintió mal, y la chinita se ofreció amablemente a llevarle a su hotel, ante la aquiescencia burlona de sus colegas que sin duda pensaron “mira con el mojigato”.  Después, me confesaba compungido, lo siguiente que recuerda es haberse despertado en su habitación, veinticuatro horas más tarde, desnudo encima de la cama y sin dinero, sin teléfono móvil y sin el peluco original marca Omega, de los de a tres mil libras de vellón la pieza.

“¿A quién se le ocurre llevar un reloj de verdad en China, hombre?” le comente con ánimo de levantar un poco el tono dramático del momento.  “No sería un regalo de tu mujer…”.  El tipo me miró sin comprender, o tal vez ofendido ante mi asombrosa falta de sensibilidad.  Como tenía no obstante interés en saber el final de la historia, puse en acción mi legendario sentido de la entropía, y aguantándome las ganas de reír pasé en cambio a mostrarme tremendamente receptivo.  Me siguió contando entonces cómo había llamado inmediatamente a su mujercita allá en la lejana Albión –mal hecho– la cual evidentemente le había puesto a parir y le había conminado a poner el asunto en manos de la policía –una idea más horrible aún, y menos en Hong Kong–.  En fin, para hacer corta una larga historia, en la comisaría local un aburrido policía, tras escuchar su historia, le mandó al hospital a hacerse un análisis, que una vez revelado descubrió ligeros trazos de Rohipnol aún navegando entre sus glóbulos rojos.  Tras acojonarle un buen rato con los implicaciones legales de contratar los servicios de una prostituta –“la tía era una profesional”, me contaba, “dejó tirados en la habitación unos cuantos envoltorios de condones y algunas botellas vacías del minibar”– al parecer su intachable reputación de honorable hombre de negocios prevaleció sobre las sospechas iniciales, y pasaron a darle la bienvenida al club de los drogados-por-fulanas-para-robarte-hasta-el-hígado.  Debe de ser una actividad recreativa bastante de moda en Hong Kong, aunque en Shanghai yo no he oído hablar de ella, sea porque no existe –los laowais locales debemos ser tan idiotas que no hace falta ni echarnos droga en la bebida para robarnos– o porque nos callamos todos como putas, y nunca mejor dicho, y no vamos contando por ahí este tipo de cosas.ojo con las copas

En estas estábamos cuando se nos acercó Joy, alegre y combativa como siempre, para saludarme y ver de paso si caía algo.  “¿Este es tu amigo?” preguntó, inocentemente.  “Sí, pero no bebe”, contesté sin poder reprimirme, lo que tuvo el inmediato efecto de que el inglés pusiera pies en polvorosa mientras nos dedicaba una mueca de profundo disgusto.  “Anda, y a éste qué le pasa…” comentó la buena de Joy, un poco sorprendida por el exabrupto.  “Los ingleses, que son muy raros, déjalo.  ¿Quieres tomar algo?”

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8
Jul

JULU ROAD, SHANGHAI

Posted in Gentes, Lugares  by Josema

Hubo una época de mi vida en Shanghai –qué bien, hablo ya como un millonario retirado– en la que viví en Julu Lu, en el comienzo del barrio francés, como los ricos.  Desde la ventana de mi cuarto de baño veía todas las madrugadas, cuando me levantaba a horas intempestivas para vaciar la vejiga como un carcamal, la ristra de bares con sus luces multicolores que forman la zona de más ambiente de la calle, cerca del Hilton, y me imaginaba con un poco de envidia lo que en esos momentos podía estar pasando dentro.  Nueve bares seguidos en un lado, que los he contado, y otros dos o tres en la acera opuesta, forman un cluster de perdición que en los buenos tiempos rivalizaba –o mejor dicho, complementaba– la otra zona canalla que hubo por excelencia en esta ciudad, la inefable Maoming Lu.  Los bares, como se puede usted imaginar, no son precisamente del tipo donde llevaría a su mujer y los niños a tomar el vermú con aceitunas de los domingos, a menos que pretenda usted que hasta sus retoños terminen pagándoles copas a las alegres muchachas que pululan en bandadas por el interior de cada uno, exprimiendo las carteras de los incautos laowais con encomiables –y al mismo tiempo espeluznantes– velocidad y habilidad.

Dicen las malas lenguas que aunque el ambiente de Julu Lu ha caído en picado, en relación directamente proporcional al vertiginoso ascenso en popularidad del Tongren strip, aún es posible encontrar ambiente simiesco a altas horas de la madrugada, y que si es usted un avezado y antiguo laowai, de los que tomaban copas con Marco Polo y se las saben todas, incluso se las puede arreglar para que le hagan un “trabajo fino de boca” –ya me entiende– en la trastienda de alguno de los tenebrosos tugurios que se hacen pasar por bares.  Desconozco si tan tremebunda afirmación es cierta o se trata tan sólo de una leyenda urbana más, lo cierto es que en aquella ocasión en que V y yo decidimos terminar la noche deambulando por sus garitos, la calle estaba bastante menos que animada.  V había venido a Shanghai con poco tiempo y estaba firmemente decido a “quemar la noche” conmigo –cuando se pone así de serio es particularmente entrañable, teniendo en cuenta que se cuece como un piojo a la tercera copa– así que tras la preceptiva ronda por los lugares de rigor a un servidor no se le ocurrió otra cosa que ver si las fantasías eróticas forjadas durante tantas noches en el baño de mi casa podían llegar a convertirse en realidad.

chicas de Julu LuV se había apalancado a una desgarbada mozuela oriunda de alguna remota aldea de la China profunda, que estaba encaramada a un taburete alto al lado de la barra, las piernas abiertas y la minifalda remangada, ofreciendo invitadora unas encantadoras bragas de encaje azul claro a la mirada de todos los parroquianos en general y a la mano de mi amigo en particular.  Este, sin embargo, víctima de una tajada como la copa de un baobab, no conseguía meterle mano ni a tiros, lo que daba entre pena y risa de ver, dado que la cosa constituye su particular y prácticamente única perversión.  Yo estaba de pie apoyado en una esquina medio apartada, observando con especial fascinación todo lo que ocurría ante mis ojos como a cámara lenta, efecto probablemente del alcohol adulterado que para entonces corría en abundancia por mis venas.  Tenía cariñosamente amarrada a mi barriga una chavala como de metro cuarenta, pelo largo y complexión escuálida, que lucía sin embargo un canalillo algo más que espectacular, fruto sin duda del wonderbra siete tallas más pequeño que la suya que llevaba puesto.  Mientras yo me preguntaba cómo diablos se las arreglaría para respirar, la buena mujer levantó hacia mí su carita angelical, se puso de puntillas y deslizándome una mano por la nuca me atizó el muerdo más fantástico que me han proporcionado en mi vida entera, de esos que hacen afición, con la humedad justa, la presión exacta y sin dejar un rincón de mi boca por explorar.  Cómo sería la cosa que hasta mi hermano pequeño, que se había retirado a dormir haría cosa de un par de horas, se despertó y levantó su tierna cabecita para preguntar qué pasaba.  Mientras estaba calculando –con especial dificultad, todo hay que decirlo– las insospechadas posibilidades que la nueva situación abría ante mis ojos, me llegaron, inoportunos y ensordecedores, los gritos de V, que agitaba en su mano una cuenta de seiscientos yuanes y exigía con alcohólica insistencia la inmediata presencia de la policía.  Ante la mirada de fastidio de las cuatro chavalitas de servicio, y las de indiferencia del otro par de idiotas clientes que quedaban en el bar, intenté explicarle a V que quizás no fuera una buena idea llamar a la policía a una hora tan intempestiva, y menos en semejante lugar, compañía y estado etílico.  Mientras tanto observaba de reojo, cada vez más alarmado, las inquietantes evoluciones de un chino de dos veinte y trescientos kilos de peso que había aparecido como por ensalmo detrás de la barra.  Al final agarré a mi amigo de un brazo y lo saqué a tirones del local –no sin antes pagar la procelosa cuenta, of course– para meterlo a presión en un taxi con rumbo a su hotel mientras el buen hombre preguntaba con voz resbalosa a dónde íbamos ahora.  Era de día ya, me dolía la cabeza y me dirigí andando despacio a mi casa, sorteando a duras penas los árboles y los escupitajos de la acera.

Al día siguiente, mientras luchaba por vestirme e intentaba contrarrestar con poco éxito los efectos de un clavo espectacular sobre el sentido del equilibrio, encontré en un bolsillo del pantalón un papel arrugado, con un nombre –Angell, con dos eles, no me jodas– y un número de teléfono escritos en él.  Durante ese día, ocupado como estuve en luchar contra los vómitos inoportunos y resolver al mismo tiempo los problemas habituales de la oficina, no me paré mucho a pensar en el tema, pero a eso de las ocho, a punto ya de plegar, me dio por querer ser malo y ver si lo del día anterior había sido sólo un sueño o allí había material para un poco de jaleo.  Entré por Julu Lu en vez de ir a casa derecho, y efectivamente, la mayoría de los bares estaban ya abriendo o a punto de hacerlo.  Rescaté de entre las brumas de mi memoria el nombre del garito de la noche anterior, abrí la puerta con un poco de prevención mezclada de malsana excitación, y pasó lo que tenía que pasar.

El bar estaba vacío.  Angell, o como demonios se llamara, estaba sentada a la barra, tiernamente abrazada a un tipo chino bastante joven, con patillas de bandolero, chaqueta blanca y camisa negra de cuello enorme abierta hasta el ombligo, al que sólo le faltaba el pantalón de lentejuelas para convertirse en figurante oficial de “Fiebre del Sábado Noche”.  Ella me vio entrar, me reconoció al instante y miró de golpe para otro lado.  El macarra de su vera me midió con curiosidad de arriba abajo, le dio una calada a su cigarrillo y escupió despectivamente el humo en mi dirección.  Me quedé plantado como un estúpido, sin saber cómo reaccionar ni dónde mirar, mientras una de las supuestas camareras trataba de agarrarme de la mano y llevarme hacia dentro del local.  Se quedó entre pasmada y ofendida cuando me zafé de su mano con un tirón muy poco elegante, y me gritó algo que no entendí mientras me alejaba con paso desigual y ánimo sombrío.  “¿De dónde vienes a estas horas?” preguntó mi mujer con tono molesto cuando entré en casa.  “Seguro que de algún bar, hay que ver cómo te gustan”.  “Seguro, ya ves”, contesté mientras me abría una cerveza.

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