Oh! China
El lado canalla de la China

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19
Dec

WANG YUE

Posted in Gentes  by Josema

-  Yo no te gusto.
-  No digas cosas raras.  ¿Por qué no me ibas a gustar?
-  Porque no me miras.
-  Es que tengo conjuntivitis y me duelen los ojos, joder.
-  Ya.

Wang Yue a veces es tierna como un peluche, como en la ocasión en que estábamos cenando y me salió con esas.  Y no andaba desencaminada del todo, no.  Hay que ver, el instinto.

Wang Yue es una muchachita cuasi-campesina de la muy noble y muy leal provincia de Sichuan.  Ella dice que es del mismo Chengdu, pero eso es como cuando los del norte decimos con orgullo que somos de Bilbao, hasta que al ser presionados un poco más terminamos por reconocer que “hombre, no del mismo Bilbao…”.  Así que Wang Yue a los efectos viene a ser como de “serca” de Chengdu, lo cual la convierte en aún mas entrañable.

Wang YueWang Yue es una demostración andante de la posición social de la mujer en China, de la cual nos olvidamos con frecuencia los laowais procedentes de países supuestamente civilizados, deslumbrados por los bellezones y ejecutivas agresivas que desfilan por Huaihai Lu.  En nuestros países de origen impera desde hace tiempo una simpática política de igualdad de sexos que hace que las mujeres a efectos prácticos tengan muchos más derechos que los hombres.  Aquí no.  Wang Yue en su pueblo tenía 24 años y novio para casarse, hasta que el buen muchacho –probablemente persuadido por los campechanos encantos de alguna otra lugareña- decidió dejar la boda para mejor ocasión y de paso dejarla tirada como a una colilla.  Esto automáticamente convirtió a Wang Yue en un producto de desecho a efectos matrimoniales, lo que previene al resto de posibles candidatos de toda la comarca de ni siquiera osar mirarla.  Con esa edad, soltera y repudiada, su único recurso, como el de cientos de miles –por no decir millones- de muchachitas de la China rural, es el de buscar cobijo en la gran ciudad, donde nadie te conoce.  Allí,  con algo de suerte –en realidad con infinita suerte-  tratan de encontrar otro novio, seguramente mucho mayor que ellas, porfiando hasta conseguir que las lleven al altar, obviando los a menudo turbios motivos que guían a los hombres en estos casos.  ¿Trabajar y poder llevar una vida autónoma, moderadamente confortable?  No me hagan reír.

Lo que pasa es que Wang Yue, a pesar de las bofetadas de la vida, aún conserva una vena romántica, y se empeña –como alguno que yo me sé- en buscar el amor verdadero en sitios un poco peculiares.  El Manhattan y garitos de similar pelaje están bien para desarrollar diversas y placenteras actividades, pero entre ellas por desgracia no se encuentra el encontrar al hombre o mujer de tu vida.  Allí me la encontré una noche que andaba un poco tenebroso, y allí me convertí, aun sin saberlo, en su tierno objeto de deseo.  Este tipo de muchachas, a las que –de forma acertada o no- guía un interés mucho mayor que el meramente pecuniario, son sin duda las mejores compañeras de “actividades”, así que esa noche y un par de ellas posteriores fueron una refrescante experiencia de ternura, pasión y entusiasmo.  Pero un servidor, a pesar de ejercer de crápula en funciones, conserva un pedazo de corazoncito que ni el alcohol adulterado logra destruir, así que una noche que Wang Yue me sometió a un interrogatorio de tercer grado, encaminado sin duda a evaluar mi candidatura como posible compañero de fatigas, le conté sin mas preámbulos la verdad de mi estatus erótico-familiar.  Pocas veces en mi vida he visto una transformación más profunda y a la vez más dolorosa que la que sufrió su rostro en aquel momento.  “¿Tienes… cuatro hijos?” preguntó con voz derrotada, mientras sus esperanzas se iban haciendo añicos contra el sucio suelo de aquel restaurante sichuanés de medio pelo.  “Y alguno más que no conozco, con toda probabilidad” bromeé, con torpe ánimo de quitarle hierro al asunto.  Pero ya era inútil.  A partir de aquella noche Wang Yue no se me volvió a acercar, y las veces que mis maltrechos huesos recalaban en el Manhattan me miraba de lejos con una mezcla de pena y decepción en su mirada.  No me rechazó sin embargo en el par de ocasiones que reclamé sus servicios con posterioridad, en un vano intento de recuperar aquella pasión y el frenesí de antaño, e incluso se portó con encomiable simpatía y donosura.  Pero ciertas cosas que se van por el sumidero de la vida son imposibles de recuperar, por más que nos empeñemos.

Así es que en la penúltima ocasión que decidí ser malo, más que nada por no perder la costumbre –dicen los médicos que somos lo que comemos, y yo digo que somos lo que entrenamos- y entre otras cosas porque llevaba ya una semana mirándole el culo a la criada con animo libidinoso, tiré de agenda y llamé a Wang Yue.  No es que ya no me atraiga salir de caza, pero repito, era entrenamiento, no competición, así que la llamé a ella como antídoto contra posibles sorpresas, siempre desagradables cuando uno está en baja forma.  Accedió sin hacerse de rogar, pero con nuestros antecedentes penales, poco es de extrañar que la muchacha no estuviera especialmente receptiva, y tuviera lugar la conversación que relataba al principio.  Me comentó que su ex-novio le había escrito para decirle que se había casado.  “El muy capullo”, añadió con desprecio mientras escupía en el plato los huesos del sapo picante que nos estábamos merendando.  Más tarde, y ya en la fase del cuerpo a cuerpo, me sorprendió su insistencia inquebrantable en el uso del preservativo a ultranza, incluso para maniobras buco-manipulatorias, cuando antes se mostraba mucho más liberal en el tema (no es que uno sea un insensato -que lo soy, qué caramba-, es que a veces a uno le gusta caminar por el filo de la navaja, ya me entienden).  Se había también depilado –afeitado, sería más exacto decir- sus partes pudendas, allí donde antes lucía una sedosa y excitante mata de pelo.  Y por último, me despertó a las cuatro de la madrugada, para decirme que no podía dormir y se quería ir.  Aquello terminó de convencerme de que mi dulce y entrañable campesina de antaño había sido sustituida por la endurecida profesional de hoy –ya saben, las putas de verdad duermen de día.  Las que lo hacen de noche, y como troncos, son las freelancer amateur, Dios las bendiga-.  La acompañé a la puerta, con un poco de pena.  Ella ni se volvió para despedirse.

-  No puedo abrir un ojo, me pica horrores –me llegó su SMS a la mañana siguiente-.
-  Te habré contagiado la conjuntivitis, vete a la farmacia y que te den unas gotas.
-  He tenido que ir al hospital, me dolía mucho y no podía ver
–me escribió unas horas mas tarde-.  Era la lentilla, que se me metió ayer mientras dormía contigo.  Ya está arreglado, gracias por preocuparte tanto.
-  De nada corazón, ya estaremos.

Que romántico.

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11
Dec

THE END OF THE WORLD (AS WE KNEW IT)

Posted in Lugares  by Josema

tongren-lu-4-amBueno, pues parece ser que los rumores se confirman:  La inefable  calle Tong Ren de Shanghai (Tongren Lu para los amigos), antro de perdición donde los haya, escenario cutrelux de tropelías alcohólico-sexuales sin par, incubadora infatigable de leyendas urbanas (con muertos incluidos)… desaparece.  Entiéndanme, la calle en sí no se evapora misteriosamente, sino que van a cerrar los tropecientos bares hilvanados sin solución de continuidad -y en tres niveles superpuestos, para mayor escarnio- que la conforman y que en su día establecieron toda una época de referencia en el Shanghai canalla de principios del siglo XXI (toma ya).

El rumor, convertido hoy día en certeza, me llegó a través del señor A, infatigable comentarista de estas crónicas y gran conocedor de la noche shanghaitarra, mediante un mordaz comentario que dejó hace unos días en el blog y que tuvo la virtud de dispararme todas las alarmas.  Fíjense si vivo apartado del mundanal ruido que no me había enterado de nada… ¿un supuesto canalla como yo? “shame on me”, que se dice. Como castigo ejemplar, me he rebajado yo mismo cuarenta puestos en el ranking asiático de canallas vivos –y a este paso me temo que me va a costar recuperar la posición casi tanto como a un tenista que yo me sé recobrar el numero uno-.

A decir verdad, Tongren Lu nunca ha sido uno de mis destinos favoritos… imagínense una calle de cien metros de largo mal medidos, con un lado vacío y únicamente adornado con una triste tapia, y en el otro un edificio horroroso de cristal con tres alturas, cuajado en su inmensa mayoría de baretos pretendidamente canallas y antros similares.  Este cluster de locales tan ecléctico arrancó en su día –hará ya cosa de cinco años, hay que ver cómo pasa el tiempo- como improbable heredero de la tan añorada Maoming Lu, y pronto pasó a recoger los desechos humanos, entre los cuales tuve el dudoso honor de contarme, del nunca bien ponderado y jamás olvidado “Bourbon Street”.  Las señoritas de compañía por aquel entonces eran en su mayor parte de extracción local, por naturaleza poco estridentes, una mezcla de “talking girls” y putillas freelancer que la mayoría de las veces de puro ingenuas resultaban hasta entrañables.  Y así, poco a poco, la tribu canalla de aquella época nos fuimos acostumbrando a lo que había… y qué caramba, hasta llegamos a disfrutarlo (cómo no).  Al fin y al cabo, como diría un buen amigo mío -un poco bruto, eso sí- “ a falta de pan, buenas son hostias”.  Hasta que un buen día, y sin que nadie recuerde muy bien cómo, desembarcó en Tongren Lu una nutrida turba de filipinas, ruidosas, descaradas y con un instinto comercial exacerbado, y con ellas llegó el escándalo.  A partir de ahí vietnamitas, coreanas, tailandesas, rusas y demás gentes de mal vivir –ladyboys incluidos/as- conformaban todos los días de la semana, con más o menos altibajos, una colorista tropa a la cual nos uníamos alegre e inconscientemente los parroquianos de costumbre -siempre que nuestras múltiples obligaciones nos lo permitieran, por supuesto-.

Sin embargo algunas noches, a altas horas de la madrugada, cuando aquello se convertía en una sucursal autorizada de Sodoma y Gomorra, casi daba vergüenza ajena –y propia- pasearse por la calle.  Entre las celosas trabajadoras de los pisos altos, que bajaban a buscar clientes a la calle, y las funcionarias profesionales que hacían la calle como alternativa barata a las endurecidas meretrices con plaza fija en barra, parecíamos todos grotescos miembros de la tropa de un circo cutre y barato, enquistado de forma molesta en las brillantes entrañas de una ciudad cosmopolita y progresiva, y al que por tanto las autoridades –competentes, por supuesto- no tardarían en echar el candado.

Chicas de Tongren_022Y eso parece que va a suceder por fin, y no me parece mal del todo.  Unos dicen que es cosa de la Expo del año que viene, como parte de la campaña municipal para “limpiar” la ciudad y presentarla como espejo de la China que viene.  Otros dicen que simplemente es que se terminan los contratos de alquiler de los locales, y los dueños del edificio tienen mejores planes para el mismo, ahora que enfrente van a construir un complejo –otro, quiero decir- de hotel de lujo, balneario, centro comercial y lo que se tercie.  Parece ser que Judy’s, uno de los locales pioneros y emblemáticos de la calle, va a reabrir sus puertas unos metros mas allá, en la misma calle pero lejos del edificio maldito.  Que Manhattan, estrella incontestable de la zona sin que nadie acierte muy bien a explicarse cómo lo ha conseguido, se va a mover también al principio de la calle, cerca del archifamoso Malone’s.  Incluso hablan que la mayoría de garitos se trasladarán en bloque a un nuevo cocedero de mariscos al principio de Julu Lu, cerca de la Plaza del Pueblo (me encanta el nombre), que será una versión en subterráneo de las Orchard Towers de Singapur.

Pues bueno, pase lo que pase, para los aventureros como un servidor (aunque actualmente esté en periodo transitorio de hibernación), esto son excelentes noticias.  Qué demonios, hay que renovarse, buscar y explorar nuevos caladeros de pesca, combatir la depresión matinal de asomarse al espejo y ver como pasan los años, sentirse vivo, joder (en ambas acepciones).  Por supuesto que hay vida después de Tongren Lu, porque una cosa es cierta… cierren los bares o no, se muevan a otro sitio o echen el cierre definitivo, las que no desaparecerán serán las de siempre.  Con un poco de suerte incluso, quizás hasta se renueve el material.  Al fin y al cabo, como decía mi profesor de Física, “las putas son como la energía:  ni se crean ni se destruyen, sólo se transforman”.

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12
Jul

OJO CON ESAS COPAS

Posted in Cuentos Chinos  by Josema

copas, copas copasLos días en que los laowais crápulas no están de servicio, mayormente porque el cuerpo –o la cartera– no aguantan tanta tralla, se dedican a beber reposadamente en horas normales, en bares normales y rodeados de gente aparentemente normal, con la que son proclives a intercambiar confidencias sobre sus asombrosas hazañas erótico-alcohólicas.  En esos días, si te toca en la barra al lado de alguno de estos irrepetibles ejemplares humanos, puedes –una vez aplicada la correspondiente reducción mediante el coeficiente de Justerini– comprobar que no eres el tipo más listo y crápula de la ciudad, como tú pensabas, ni tampoco el único idiota al que le pasan cosas raras con las mujeres.  A veces incluso hay suerte y aprendes algo, normalmente escarmentando en cabeza ajena.

El inglés que me tocó en suerte en Malone´s aquella noche –¿Qué demonios hacía yo con un inglés? buena pregunta… vaya en mi descargo que no me enteré hasta pasadas un buen par de horas– parecía no obstante un tipo serio y sensato.  Me estuvo contando sus viajes por todo lo largo y ancho de este mundo, sus negocios, lo de siempre.  Entonces, a eso de las once, empezaron a llegar las primeras “working girls”, y el tipo se puso tenso.  “¿Aquí también hay mujeres de esas? Me habían dicho que no”.  “Pues ya ves” –contesté un tanto fastidiado– “tranquilo, que no muerden.  Sólo si les pagas”.  Entonces el fulano se quedó callado un rato, después le dio un largo trago a su Cocacola, y por fin me contó su triste y conmovedora historia.

El caballero estaba en Hong Kong, de visita en la oficina local de su empresa, y una noche cualquiera, como buenos anfitriones pero sin premeditación ni alevosía, sus compañeros de trabajo se lo llevaron de farra.  Recalaron en uno cualquiera de los garitos de Lockhart Street en Wanchai, lo que delata el buen gusto –y las tendencias festivas– de sus compatriotas.  El tipo me juraba y perjuraba que a él no le van esos ambientes, que jamás le ha sido infiel a su mujer ni con una fulana, en fin, la historia de siempre.  Pero para no quedar mal y aparentar el hombre de mundo que se supone debe ser un hombre de su posición, decidió tragar y pasar por el aro.  Entabló conversación con la vistosa chinita que le colocaron enfrente, alarmantemente escasa de ropa pero alegre y comunicativa, e incluso, él que no bebe, se atrevió con un par de cubatas.  A nadie le pareció raro que la chica se lo llevara a una mesa apartada, e incluso es probable que alguien intercambiara un guiño malicioso.  Copas van, copas vienen, recuerda que de repente se sintió mal, y la chinita se ofreció amablemente a llevarle a su hotel, ante la aquiescencia burlona de sus colegas que sin duda pensaron “mira con el mojigato”.  Después, me confesaba compungido, lo siguiente que recuerda es haberse despertado en su habitación, veinticuatro horas más tarde, desnudo encima de la cama y sin dinero, sin teléfono móvil y sin el peluco original marca Omega, de los de a tres mil libras de vellón la pieza.

“¿A quién se le ocurre llevar un reloj de verdad en China, hombre?” le comente con ánimo de levantar un poco el tono dramático del momento.  “No sería un regalo de tu mujer…”.  El tipo me miró sin comprender, o tal vez ofendido ante mi asombrosa falta de sensibilidad.  Como tenía no obstante interés en saber el final de la historia, puse en acción mi legendario sentido de la entropía, y aguantándome las ganas de reír pasé en cambio a mostrarme tremendamente receptivo.  Me siguió contando entonces cómo había llamado inmediatamente a su mujercita allá en la lejana Albión –mal hecho– la cual evidentemente le había puesto a parir y le había conminado a poner el asunto en manos de la policía –una idea más horrible aún, y menos en Hong Kong–.  En fin, para hacer corta una larga historia, en la comisaría local un aburrido policía, tras escuchar su historia, le mandó al hospital a hacerse un análisis, que una vez revelado descubrió ligeros trazos de Rohipnol aún navegando entre sus glóbulos rojos.  Tras acojonarle un buen rato con los implicaciones legales de contratar los servicios de una prostituta –“la tía era una profesional”, me contaba, “dejó tirados en la habitación unos cuantos envoltorios de condones y algunas botellas vacías del minibar”– al parecer su intachable reputación de honorable hombre de negocios prevaleció sobre las sospechas iniciales, y pasaron a darle la bienvenida al club de los drogados-por-fulanas-para-robarte-hasta-el-hígado.  Debe de ser una actividad recreativa bastante de moda en Hong Kong, aunque en Shanghai yo no he oído hablar de ella, sea porque no existe –los laowais locales debemos ser tan idiotas que no hace falta ni echarnos droga en la bebida para robarnos– o porque nos callamos todos como putas, y nunca mejor dicho, y no vamos contando por ahí este tipo de cosas.ojo con las copas

En estas estábamos cuando se nos acercó Joy, alegre y combativa como siempre, para saludarme y ver de paso si caía algo.  “¿Este es tu amigo?” preguntó, inocentemente.  “Sí, pero no bebe”, contesté sin poder reprimirme, lo que tuvo el inmediato efecto de que el inglés pusiera pies en polvorosa mientras nos dedicaba una mueca de profundo disgusto.  “Anda, y a éste qué le pasa…” comentó la buena de Joy, un poco sorprendida por el exabrupto.  “Los ingleses, que son muy raros, déjalo.  ¿Quieres tomar algo?”

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8
Jul

JULU ROAD, SHANGHAI

Posted in Gentes, Lugares  by Josema

Hubo una época de mi vida en Shanghai –qué bien, hablo ya como un millonario retirado– en la que viví en Julu Lu, en el comienzo del barrio francés, como los ricos.  Desde la ventana de mi cuarto de baño veía todas las madrugadas, cuando me levantaba a horas intempestivas para vaciar la vejiga como un carcamal, la ristra de bares con sus luces multicolores que forman la zona de más ambiente de la calle, cerca del Hilton, y me imaginaba con un poco de envidia lo que en esos momentos podía estar pasando dentro.  Nueve bares seguidos en un lado, que los he contado, y otros dos o tres en la acera opuesta, forman un cluster de perdición que en los buenos tiempos rivalizaba –o mejor dicho, complementaba– la otra zona canalla que hubo por excelencia en esta ciudad, la inefable Maoming Lu.  Los bares, como se puede usted imaginar, no son precisamente del tipo donde llevaría a su mujer y los niños a tomar el vermú con aceitunas de los domingos, a menos que pretenda usted que hasta sus retoños terminen pagándoles copas a las alegres muchachas que pululan en bandadas por el interior de cada uno, exprimiendo las carteras de los incautos laowais con encomiables –y al mismo tiempo espeluznantes– velocidad y habilidad.

Dicen las malas lenguas que aunque el ambiente de Julu Lu ha caído en picado, en relación directamente proporcional al vertiginoso ascenso en popularidad del Tongren strip, aún es posible encontrar ambiente simiesco a altas horas de la madrugada, y que si es usted un avezado y antiguo laowai, de los que tomaban copas con Marco Polo y se las saben todas, incluso se las puede arreglar para que le hagan un “trabajo fino de boca” –ya me entiende– en la trastienda de alguno de los tenebrosos tugurios que se hacen pasar por bares.  Desconozco si tan tremebunda afirmación es cierta o se trata tan sólo de una leyenda urbana más, lo cierto es que en aquella ocasión en que V y yo decidimos terminar la noche deambulando por sus garitos, la calle estaba bastante menos que animada.  V había venido a Shanghai con poco tiempo y estaba firmemente decido a “quemar la noche” conmigo –cuando se pone así de serio es particularmente entrañable, teniendo en cuenta que se cuece como un piojo a la tercera copa– así que tras la preceptiva ronda por los lugares de rigor a un servidor no se le ocurrió otra cosa que ver si las fantasías eróticas forjadas durante tantas noches en el baño de mi casa podían llegar a convertirse en realidad.

chicas de Julu LuV se había apalancado a una desgarbada mozuela oriunda de alguna remota aldea de la China profunda, que estaba encaramada a un taburete alto al lado de la barra, las piernas abiertas y la minifalda remangada, ofreciendo invitadora unas encantadoras bragas de encaje azul claro a la mirada de todos los parroquianos en general y a la mano de mi amigo en particular.  Este, sin embargo, víctima de una tajada como la copa de un baobab, no conseguía meterle mano ni a tiros, lo que daba entre pena y risa de ver, dado que la cosa constituye su particular y prácticamente única perversión.  Yo estaba de pie apoyado en una esquina medio apartada, observando con especial fascinación todo lo que ocurría ante mis ojos como a cámara lenta, efecto probablemente del alcohol adulterado que para entonces corría en abundancia por mis venas.  Tenía cariñosamente amarrada a mi barriga una chavala como de metro cuarenta, pelo largo y complexión escuálida, que lucía sin embargo un canalillo algo más que espectacular, fruto sin duda del wonderbra siete tallas más pequeño que la suya que llevaba puesto.  Mientras yo me preguntaba cómo diablos se las arreglaría para respirar, la buena mujer levantó hacia mí su carita angelical, se puso de puntillas y deslizándome una mano por la nuca me atizó el muerdo más fantástico que me han proporcionado en mi vida entera, de esos que hacen afición, con la humedad justa, la presión exacta y sin dejar un rincón de mi boca por explorar.  Cómo sería la cosa que hasta mi hermano pequeño, que se había retirado a dormir haría cosa de un par de horas, se despertó y levantó su tierna cabecita para preguntar qué pasaba.  Mientras estaba calculando –con especial dificultad, todo hay que decirlo– las insospechadas posibilidades que la nueva situación abría ante mis ojos, me llegaron, inoportunos y ensordecedores, los gritos de V, que agitaba en su mano una cuenta de seiscientos yuanes y exigía con alcohólica insistencia la inmediata presencia de la policía.  Ante la mirada de fastidio de las cuatro chavalitas de servicio, y las de indiferencia del otro par de idiotas clientes que quedaban en el bar, intenté explicarle a V que quizás no fuera una buena idea llamar a la policía a una hora tan intempestiva, y menos en semejante lugar, compañía y estado etílico.  Mientras tanto observaba de reojo, cada vez más alarmado, las inquietantes evoluciones de un chino de dos veinte y trescientos kilos de peso que había aparecido como por ensalmo detrás de la barra.  Al final agarré a mi amigo de un brazo y lo saqué a tirones del local –no sin antes pagar la procelosa cuenta, of course– para meterlo a presión en un taxi con rumbo a su hotel mientras el buen hombre preguntaba con voz resbalosa a dónde íbamos ahora.  Era de día ya, me dolía la cabeza y me dirigí andando despacio a mi casa, sorteando a duras penas los árboles y los escupitajos de la acera.

Al día siguiente, mientras luchaba por vestirme e intentaba contrarrestar con poco éxito los efectos de un clavo espectacular sobre el sentido del equilibrio, encontré en un bolsillo del pantalón un papel arrugado, con un nombre –Angell, con dos eles, no me jodas– y un número de teléfono escritos en él.  Durante ese día, ocupado como estuve en luchar contra los vómitos inoportunos y resolver al mismo tiempo los problemas habituales de la oficina, no me paré mucho a pensar en el tema, pero a eso de las ocho, a punto ya de plegar, me dio por querer ser malo y ver si lo del día anterior había sido sólo un sueño o allí había material para un poco de jaleo.  Entré por Julu Lu en vez de ir a casa derecho, y efectivamente, la mayoría de los bares estaban ya abriendo o a punto de hacerlo.  Rescaté de entre las brumas de mi memoria el nombre del garito de la noche anterior, abrí la puerta con un poco de prevención mezclada de malsana excitación, y pasó lo que tenía que pasar.

El bar estaba vacío.  Angell, o como demonios se llamara, estaba sentada a la barra, tiernamente abrazada a un tipo chino bastante joven, con patillas de bandolero, chaqueta blanca y camisa negra de cuello enorme abierta hasta el ombligo, al que sólo le faltaba el pantalón de lentejuelas para convertirse en figurante oficial de “Fiebre del Sábado Noche”.  Ella me vio entrar, me reconoció al instante y miró de golpe para otro lado.  El macarra de su vera me midió con curiosidad de arriba abajo, le dio una calada a su cigarrillo y escupió despectivamente el humo en mi dirección.  Me quedé plantado como un estúpido, sin saber cómo reaccionar ni dónde mirar, mientras una de las supuestas camareras trataba de agarrarme de la mano y llevarme hacia dentro del local.  Se quedó entre pasmada y ofendida cuando me zafé de su mano con un tirón muy poco elegante, y me gritó algo que no entendí mientras me alejaba con paso desigual y ánimo sombrío.  “¿De dónde vienes a estas horas?” preguntó mi mujer con tono molesto cuando entré en casa.  “Seguro que de algún bar, hay que ver cómo te gustan”.  “Seguro, ya ves”, contesté mientras me abría una cerveza.

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9
Jun

NOCHE DE RUMORES

Posted in Gentes, Lugares  by Josema

La del Jueves fue una noche extraña.  Me habían llegado rumores, hará cosa de un mes ya -y de boca de V, que siempre constituye una fuente fiable en estos temas- de que el insustituible “Bourbon Street” había vuelto por sus fueros y estaba en rumbo de convertirse de nuevo en el cocedero de mariscos que tanto echamos de menos unos cuantos.  Así que aprovechando que para variar tenía la noche golfa, hacia allí dirigí mis libidinosos pasos, con ánimo de comprobar si tamaña ventura podía ser cierta.  Bueno, pues no.  O el bueno de V se había confundido de bar -cosa nada improbable, en uno cualquiera de sus delirios alcohólicos- o es que la cosa se reduce de momento a los fines de semana.  Sólo estaban los cuatro tristes parroquianos de siempre, todos locales, y las dos pilinguis de guardia de costumbre, que deben ir rotando noche a noche para hacer más llevadera la cosa pero que no cejan en el vigilante empeño de ser las primeras en enterarse si el garito retorna al viejo esplendor de antaño.  A eso se le llama profesionalidad, sí señor.

Li from SaigonYa puestos, y aunque no sea establecimiento de mi devoción, hice una escala técnica en “Zapata’s”, sólo para comprobar que sigue siendo para mí territorio non-grato, al menos para cuando voy solo o sin ánimo abiertamente pecaminoso.  La misma gente guapa en el jardín y por supuesto todos más altos y más delgados que yo, lo cual me jode sobremanera, qué le vamos a hacer.  Dentro no había ningún idiota bailando subido en la barra, inequívoco indicador de que esa noche había poco ambiente, por lo que decidí irme sin más.  Al salir me dieron un toque discreto dos llamativas señoritas sentadas solas en la terraza, pero antes de que pudiera pensármelo mucho me sorprendí a mi mismo declinando con una amable sonrisa tan apetitosa oferta.  “Quién te ha visto y quién te ve, Josema”, me decía mi ángel de la guarda mientras cogíamos un taxi hacia donde siempre… será que me voy haciendo viejo, pensé, o tal vez que una vez archiconocidos ciertos placeres, uno apunta hacia otras novedades.  Lo malo es que aún no sé cuáles pueden ser, pero en cuanto lo averigüe ustedes serán los primeros en saberlo, se lo prometo.

Mei Mei estaba de guardia en la puerta de su bar, así que me fue imposible escabullirme -tampoco hice mucho esfuerzo, la verdad, nunca está de más cultivar las viejas amistades- y terminamos tiernamente abrazados a la vera de la barra, amenizada la velada por una lozana jovencita de Sichuan que se desplazaba en ropa interior por encima de la misma con loable entusiasmo.  La muchacha, con gran ojo clínico, dedujo de inmediato que se encontraba ante uno de los más idiotas mejores clientes de la casa, por lo que me obsequió con unos cuantos pases de pubis, en versión anterior y posterior, a escasos centímetros de mi cara.  Me dieron ganas de meterle diez yuanes en la braguilla al estilo americano, pero decidí en cambio tentar mi suerte preguntándole con aire inocente a Mei Mei, más por travesura que por otra cosa, si la ardorosa muchachuela podía “venir” con nosotros esa noche.  La mirada asesina que me lanzó me hizo terminar de comprender que no era noche de aventuras, así que cuando mi procelosa cuenta alcanzó los quinientos renminbisies, que suele ser mi límite habitual, anuncié sin paliativos que me iba a explorar los aledaños para despejarme un poco.  “Chica, hay que hacer amigos nuevos de vez en cuando”, le dije a modo de dudosa explicación, y aunque no pareció muy convencida me dejó ir sin más insistencia, demostrando una vez más su encomiable espíritu deportivo.

Y entonces, ya en el “Manhattan”, me llegaron rumores de Phuong.  Me dijeron que estaba en Singapur, lo que tuvo la virtud de conjurar en mi mente oscuras visiones de cientos, miles de marineros borrachos de la séptima flota profanando su bello cuerpo una y otra vez sin límite, sin piedad, sin solución.  Me vi a mí mismo acudiendo valeroso a rescatarla de su miseria, para vivir felices el resto de nuestros días en una choza bajo las palmeras de cualquier playa solitaria de su país.  Deseché tales visiones al instante, sabiendo que, al menos por el momento, no tienen el menor viso de convertirse en realidad.  Y me puse muy triste, melancólico, y lo que es peor, nostálgico.  La portadora de las noticias fue otra vietnamita a la que tengo fichada porque sospecho que tiene el teléfono de Phuong, ese que en mala hora perdí, ese que su pérfida compatriota siempre se ha negado a darme.  Esta vez, de nuevo con calculada ambigüedad, me hizo ver que el preciado número de teléfono podía ser mío, siempre que accediera a pasar la noche con ella -a cambio de una exorbitante suma de dinero, por supuesto-.  El modo tenebroso en que había entrado al recibir las desalentadoras noticias evolucionó inmediatamente al modo de autodestrucción.  Me até a la barra con el cinturón de los vaqueros y ordené a Yaya que me fuera sirviendo Long Island Iced Teas hasta que no pudiera pagarlos o hasta que perdiera la facultad de hablar, lo que sucediera primero.  Poca cosa más recuerdo de aquella noche, salvo la mezcolanza de voces, luces, música y el incesante ir y venir de mujeres que me decían cosas que yo no comprendía.  Recuerdo vagamente haber pensado que era hora de irse, la segunda vez que con el codo derribé mi copa de la barra, y de paso las de tres o cuatro vecinos más.  Después oscuridad, sólo oscuridad.

Detesto despertarme con dolor de cabeza y encontrar a mi lado en la cama una mujer desconocida, de la que no sé su nombre, ni cómo la he conocido, ni porqué está muerta.  Afortunadamente, ésta estaba viva -y bien viva, ya lo creo-.  Tras dos aspirinas y tres horas de delicioso duermevela amenizado por las habilidades de la voluntariosa muchachuela, decidí que era el momento de largarla, no sin antes comprobar que, al menos estadísticamente, no me faltaba dinero de la cartera, ni milagrosamente ninguna de las tarjetas de crédito.  Tras un dulce beso y con la mano ya en la puerta para salir de la habitación, la muchacha se volvió y me miró con una sonrisa que me resultó familiar.  “I am Li”, me dijo.  “From Saigón”, añadió.  Pero yo ya lo sabía.

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