Y DICE LA GENTE QUE AHORA ERES FORMAL…
Vaya por delante que lamento profundamente –es mentira, pero queda bien ¿verdad?– esta “ausencia” de mis deberes erótico-festivos y de la correlativa obligación de entretenerles a ustedes con el prolijo relato de los mismos. Regreso sin embargo a este foro en busca de ayuda, psicológica o del tipo que sea, oigan, porque últimamente me aqueja un insidioso, molesto e inoportuno mal: creo que me estoy volviendo formal.
La cosa empezó hace cosa de tres o cuatro de meses, cuando harto ya de hacer como que trabajaba –y ellos de hacer como que me pagaban, supongo– comuniqué una mañana a la autoridad competente mi irrevocable decisión de dejar tan entrañable empresa, y de paso el horrendo pueblecillo donde tuvieron el indudable acierto de ubicarla. Ni corto ni perezoso, busqué un nuevo acomodo en mi acogedora Shanghai, de donde nunca debí haber salido, y tras una mudanza con todos los enseres acumulados durante cinco años –incluyendo una señora china y dos tiernos retoños que dicen que son míos– volví a mi ciudad de adopción tras año y medio de ausencia. Miren, les voy a ahorrar el pavoroso relato de lo que supone una mudanza en China, y tan sólo les voy a dar un estupendo consejo: si se tienen que mudar en China a otra ciudad, aunque sea cerca, simplemente no lo hagan. Así de sencillo. Y de paso se ahorrarán tres años de envejecimiento prematuro y un par de amagos de ataque cardíaco.
Pero bueno, una vez metido ya en harina y establecido de nuevo en “la perla de Oriente” –algunos la llaman “la puta de Oriente”, hay que ver qué mal gusto– he decidido tomarme una temporada sabática para perseguir una vieja aspiración mía desde que llegué a estas tierras: aprender chino, pero en serio. Miren, lo del idioma chino es un asunto complejo, pero apasionante. Para aprenderlo bien, y me refiero a alcanzar un nivel suficiente para que los nativos le respeten a uno (de verdad, no de boquilla, que se les da muy bien) y ser capaz de trabajar y hacer negocios con ellos, hace falta sentarse y meter unos cuantos miles de horas de estudio, y no es broma. Si usted es de los que aún piensan que con tres o cuatro horas de clase particular de chino a la semana, o con una “exposición” –palabra de moda– al chino, consistente en meterse en ambiente y esperar que el idioma le “impregne” a uno, es posible conseguir algo más que balbucear tonterías a los camareros, va usted dao, amigo mío. Lo más que conseguirá será dejar China aún más confundido que cuando entró, que no es poco.
En fin, elucubraciones aparte, les diré que me he matriculado en una prestigiosa institución educativa local –no les digo el nombre que luego todo se sabe, y dudo mucho que en la misma llegaran a apreciar la presencia de semejante sinvergüenza entre sus filas– y aquí estoy, metiendo más horas diarias de chino que un hijo tonto, esperando que mi teoría sea cierta y apartado de todo lo que sea el mundanal ruido. Si de ésta no aprendo chino, me meto en un monasterio budista (para laowais, claro) para pasar el resto de mis días. Lo malo es que echo de menos muchas cosas, especialmente estando tan cerca de ellas. Me llegan mensajes desde el Manhattan a las dos de la mañana, preguntando si me he muerto. Añoro sobremanera a mis inefables amigas, que tanto me han enseñado y tan buenos ratos me han proporcionado, y al resto de dulces criaturas de la noche… espero, en fin, que no obstante todo sea por una buena causa. Ya les iré contando.

