Oh! China
El lado canalla de la China

Posts Tagged ‘amigas’

1
Jan

… ¡Y FELIZ AÑO NUEVO!

Posted in Costumbres  by Josema

Ayer, adelantándome a la costumbre local (estas buenas gentes se felicitan más bien el día de Año Nuevo) envíe el típico SMS conmemorativo a siete de mis amigas más selectas –a los amigos, que les den morcilla, of course-.  Todas, menos una que es mongola (con perdón) y debe estar pasando las Navidades retozando por las verdes praderas de su pueblo, respondieron al instante, lo que trajo lágrimas de emoción a mis viejos ojos.  Caramba –pensé-, a pesar de mi reciente y dolorosa inactividad, debo conservar aún el viejo y legendario gancho que tan buenos ratos me ha proporcionado en el pasado…

Un somero análisis a posteriori, sin embargo, tuvo la virtud de volver a colocar algunas cosas en su lugar.  De las siete, cuatro han pasado por el catre, una gratis (aunque ya saben lo que opino yo de los polvos, que nunca son gratis, aunque a veces hay suerte y sólo cuestan dinero) y las otras tres previo paso por taquilla.  Así que es normal que, cuando menos por interés puramente mercenario, respondan a una felicitación de este tipo con inusitado entusiasmo.

Pero bueno, si las matemáticas no me fallan, quedan tres individuas con las que no he tenido aún ocasión de probar la miel de sus labios (en todas sus acepciones), y que constituyen, cada una de por sí, un poderoso desafío.  Dos de ellas están casadas y la otra pudiera ser mi hija (pequeña), lo que añade las suficientes dosis de morbo y aventura al asunto.  Me parece que ya tengo propósitos para el Año Nuevo.

P. D.:  Hablando de sexo remunerado, como diría mi abuelo… “querer follar sin pagar es cosa de pobres”.  Qué gran abuelo tengo.

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19
Dec

WANG YUE

Posted in Gentes  by Josema

-  Yo no te gusto.
-  No digas cosas raras.  ¿Por qué no me ibas a gustar?
-  Porque no me miras.
-  Es que tengo conjuntivitis y me duelen los ojos, joder.
-  Ya.

Wang Yue a veces es tierna como un peluche, como en la ocasión en que estábamos cenando y me salió con esas.  Y no andaba desencaminada del todo, no.  Hay que ver, el instinto.

Wang Yue es una muchachita cuasi-campesina de la muy noble y muy leal provincia de Sichuan.  Ella dice que es del mismo Chengdu, pero eso es como cuando los del norte decimos con orgullo que somos de Bilbao, hasta que al ser presionados un poco más terminamos por reconocer que “hombre, no del mismo Bilbao…”.  Así que Wang Yue a los efectos viene a ser como de “serca” de Chengdu, lo cual la convierte en aún mas entrañable.

Wang YueWang Yue es una demostración andante de la posición social de la mujer en China, de la cual nos olvidamos con frecuencia los laowais procedentes de países supuestamente civilizados, deslumbrados por los bellezones y ejecutivas agresivas que desfilan por Huaihai Lu.  En nuestros países de origen impera desde hace tiempo una simpática política de igualdad de sexos que hace que las mujeres a efectos prácticos tengan muchos más derechos que los hombres.  Aquí no.  Wang Yue en su pueblo tenía 24 años y novio para casarse, hasta que el buen muchacho –probablemente persuadido por los campechanos encantos de alguna otra lugareña- decidió dejar la boda para mejor ocasión y de paso dejarla tirada como a una colilla.  Esto automáticamente convirtió a Wang Yue en un producto de desecho a efectos matrimoniales, lo que previene al resto de posibles candidatos de toda la comarca de ni siquiera osar mirarla.  Con esa edad, soltera y repudiada, su único recurso, como el de cientos de miles –por no decir millones- de muchachitas de la China rural, es el de buscar cobijo en la gran ciudad, donde nadie te conoce.  Allí,  con algo de suerte –en realidad con infinita suerte-  tratan de encontrar otro novio, seguramente mucho mayor que ellas, porfiando hasta conseguir que las lleven al altar, obviando los a menudo turbios motivos que guían a los hombres en estos casos.  ¿Trabajar y poder llevar una vida autónoma, moderadamente confortable?  No me hagan reír.

Lo que pasa es que Wang Yue, a pesar de las bofetadas de la vida, aún conserva una vena romántica, y se empeña –como alguno que yo me sé- en buscar el amor verdadero en sitios un poco peculiares.  El Manhattan y garitos de similar pelaje están bien para desarrollar diversas y placenteras actividades, pero entre ellas por desgracia no se encuentra el encontrar al hombre o mujer de tu vida.  Allí me la encontré una noche que andaba un poco tenebroso, y allí me convertí, aun sin saberlo, en su tierno objeto de deseo.  Este tipo de muchachas, a las que –de forma acertada o no- guía un interés mucho mayor que el meramente pecuniario, son sin duda las mejores compañeras de “actividades”, así que esa noche y un par de ellas posteriores fueron una refrescante experiencia de ternura, pasión y entusiasmo.  Pero un servidor, a pesar de ejercer de crápula en funciones, conserva un pedazo de corazoncito que ni el alcohol adulterado logra destruir, así que una noche que Wang Yue me sometió a un interrogatorio de tercer grado, encaminado sin duda a evaluar mi candidatura como posible compañero de fatigas, le conté sin mas preámbulos la verdad de mi estatus erótico-familiar.  Pocas veces en mi vida he visto una transformación más profunda y a la vez más dolorosa que la que sufrió su rostro en aquel momento.  “¿Tienes… cuatro hijos?” preguntó con voz derrotada, mientras sus esperanzas se iban haciendo añicos contra el sucio suelo de aquel restaurante sichuanés de medio pelo.  “Y alguno más que no conozco, con toda probabilidad” bromeé, con torpe ánimo de quitarle hierro al asunto.  Pero ya era inútil.  A partir de aquella noche Wang Yue no se me volvió a acercar, y las veces que mis maltrechos huesos recalaban en el Manhattan me miraba de lejos con una mezcla de pena y decepción en su mirada.  No me rechazó sin embargo en el par de ocasiones que reclamé sus servicios con posterioridad, en un vano intento de recuperar aquella pasión y el frenesí de antaño, e incluso se portó con encomiable simpatía y donosura.  Pero ciertas cosas que se van por el sumidero de la vida son imposibles de recuperar, por más que nos empeñemos.

Así es que en la penúltima ocasión que decidí ser malo, más que nada por no perder la costumbre –dicen los médicos que somos lo que comemos, y yo digo que somos lo que entrenamos- y entre otras cosas porque llevaba ya una semana mirándole el culo a la criada con animo libidinoso, tiré de agenda y llamé a Wang Yue.  No es que ya no me atraiga salir de caza, pero repito, era entrenamiento, no competición, así que la llamé a ella como antídoto contra posibles sorpresas, siempre desagradables cuando uno está en baja forma.  Accedió sin hacerse de rogar, pero con nuestros antecedentes penales, poco es de extrañar que la muchacha no estuviera especialmente receptiva, y tuviera lugar la conversación que relataba al principio.  Me comentó que su ex-novio le había escrito para decirle que se había casado.  “El muy capullo”, añadió con desprecio mientras escupía en el plato los huesos del sapo picante que nos estábamos merendando.  Más tarde, y ya en la fase del cuerpo a cuerpo, me sorprendió su insistencia inquebrantable en el uso del preservativo a ultranza, incluso para maniobras buco-manipulatorias, cuando antes se mostraba mucho más liberal en el tema (no es que uno sea un insensato -que lo soy, qué caramba-, es que a veces a uno le gusta caminar por el filo de la navaja, ya me entienden).  Se había también depilado –afeitado, sería más exacto decir- sus partes pudendas, allí donde antes lucía una sedosa y excitante mata de pelo.  Y por último, me despertó a las cuatro de la madrugada, para decirme que no podía dormir y se quería ir.  Aquello terminó de convencerme de que mi dulce y entrañable campesina de antaño había sido sustituida por la endurecida profesional de hoy –ya saben, las putas de verdad duermen de día.  Las que lo hacen de noche, y como troncos, son las freelancer amateur, Dios las bendiga-.  La acompañé a la puerta, con un poco de pena.  Ella ni se volvió para despedirse.

-  No puedo abrir un ojo, me pica horrores –me llegó su SMS a la mañana siguiente-.
-  Te habré contagiado la conjuntivitis, vete a la farmacia y que te den unas gotas.
-  He tenido que ir al hospital, me dolía mucho y no podía ver
–me escribió unas horas mas tarde-.  Era la lentilla, que se me metió ayer mientras dormía contigo.  Ya está arreglado, gracias por preocuparte tanto.
-  De nada corazón, ya estaremos.

Que romántico.

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4
Oct

Y DICE LA GENTE QUE AHORA ERES FORMAL…

Posted in General  by Josema

Vaya por delante que lamento profundamente –es mentira, pero queda bien ¿verdad?– esta “ausencia” de mis deberes erótico-festivos y de la correlativa obligación de entretenerles a ustedes con el prolijo relato de los mismos.  Regreso sin embargo a este foro en busca de ayuda, psicológica o del tipo que sea, oigan, porque últimamente me aqueja un insidioso, molesto e inoportuno mal:  creo que me estoy volviendo formal.

ShikaLa cosa empezó hace cosa de tres o cuatro de meses, cuando harto ya de hacer como que trabajaba –y ellos de hacer como que me pagaban, supongo– comuniqué una mañana a la autoridad competente mi irrevocable decisión de dejar tan entrañable empresa, y de paso el horrendo pueblecillo donde tuvieron el indudable acierto de ubicarla.  Ni corto ni perezoso, busqué un nuevo acomodo en mi acogedora Shanghai, de donde nunca debí haber salido, y tras una mudanza con todos los enseres acumulados durante cinco años –incluyendo una señora china y dos tiernos retoños que dicen que son míos– volví a mi ciudad de adopción tras año y medio de ausencia.  Miren, les voy a ahorrar el pavoroso relato de lo que supone una mudanza en China, y tan sólo les voy a dar un estupendo consejo:  si se tienen que mudar en China a otra ciudad, aunque sea cerca, simplemente no lo hagan.  Así de sencillo.  Y de paso se ahorrarán tres años de envejecimiento prematuro y un par de amagos de ataque cardíaco.

Pero bueno, una vez metido ya en harina y establecido de nuevo en “la perla de Oriente” –algunos la llaman “la puta de Oriente”, hay que ver qué mal gusto– he decidido tomarme una temporada sabática para perseguir una vieja aspiración mía desde que llegué a estas tierras:  aprender chino, pero en serio.  Miren, lo del idioma chino es un asunto complejo, pero apasionante.  Para aprenderlo bien, y me refiero a alcanzar un nivel suficiente para que los nativos le respeten a uno (de verdad, no de boquilla, que se les da muy bien) y ser capaz de trabajar y hacer negocios con ellos, hace falta sentarse y meter unos cuantos miles de horas de estudio, y no es broma.  Si usted es de los que aún piensan que con tres o cuatro horas de clase particular de chino a la semana, o con una “exposición” –palabra de moda– al chino, consistente en meterse en ambiente y esperar que el idioma le “impregne” a uno, es posible conseguir algo más que balbucear tonterías a los camareros, va usted dao, amigo mío.  Lo más que conseguirá será dejar China aún más confundido que cuando entró, que no es poco.

En fin, elucubraciones aparte, les diré que me he matriculado en una prestigiosa institución educativa local –no les digo el nombre que luego todo se sabe, y dudo mucho que en la misma llegaran a apreciar la presencia de semejante sinvergüenza entre sus filas– y aquí estoy, metiendo más horas diarias de chino que un hijo tonto, esperando que mi teoría sea cierta y apartado de todo lo que sea el mundanal ruido.  Si de ésta no aprendo chino, me meto en un monasterio budista (para laowais, claro) para pasar el resto de mis días.  Lo malo es que echo de menos muchas cosas, especialmente estando tan cerca de ellas.  Me llegan mensajes desde el Manhattan a las dos de la mañana, preguntando si me he muerto.  Añoro sobremanera a mis inefables amigas, que tanto me han enseñado y tan buenos ratos me han proporcionado, y al resto de dulces criaturas de la noche… espero, en fin, que no obstante todo sea por una buena causa.  Ya les iré contando.

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18
Jul

LOS ULTRA-PIJOS BARES DEL BUND

Posted in Lugares  by Josema

bar RougeHabrán leído ustedes, probablemente, acerca de la increíble operatividad de la Fuerza Aérea norteamericana, capaz de colocar en el aire cuarenta bombarderos estratégicos cargados de misiles nucleares, junto con los correspondientes cazas de escolta, en menos de diez minutos a partir de la alerta roja (o la DefCon 1, que dicen ellos y queda más mono).  Bueno, pues eso es una mariconada comparado con el tiempo de respuesta de Mei Mei a una insinuación del tipo “nena, ¿nos vamos de mambo tonight?” enviada mediante mensaje telefónico.  Entre diez y veinte segundos tarda como mucho la criatura en entrar en eficacia, dependiendo probablemente de si la pillas cagando o no –con perdón.

Así es que el Jueves, que tenía el día revoltoso, me escapé a media tarde de mi pueblo-prisión tras quedar con la susodicha, y una vez cumplido el ritual combinado taxi-tren-metro-más taxi –¿no es excitante vivir en el campo?– conseguí por fin arrojarme, exhausto pero satisfecho, en los dulces brazos de Mei Mei, también ansiosa de explorar nuevos recovecos de esta inquietante ciudad.  “Hace mucho que no me sacan a cenar y a bailar, jo” me dijo.  “Es que te echas unos novios muy sosos, cariño, que además solo piensan en lo único”, contesté socarronamente, sólo para ganarme un puntapié en la espinilla.  Cenamos primero en un japonés que yo tenía apuntado, un local oculto entre bosques de bambú en las entrañas de Julu Lu, con decoración minimalista tipo factoría y amplitud impresionante entre mesa y mesa, lo que te deja cenar tranquilo sin oír estúpidas conversaciones ajenas.  La comida -denominada un tanto pomposamente como “neo-japonesa”- es buena, pero las raciones un pelín escasas para una señorita con más saque que Andy Roddick, así que fingiendo que yo también tenía hambre y para desconcierto de los camareros tuve que pedir un plato más al final de la comida, para saciar el increíble apetito de mi encantadora compañía.  Después, con la panza bien rellena, nos dirigimos de común acuerdo al Bund (el waterfront, como me lo llama un entrañable amigo ameriyanki), donde hace mucho que no había estado y tenía curiosidad por conocer los nuevos garitos que tanta fama han adquirido recientemente.

Glamour barBueno, pues el paseo fue un pequeño fracasito –o una gran decepción, según se mire.  De los cuatro o cinco bares que visitamos sólo había vida humana significativa en uno, el Laris, que encima es un restaurante más que un bar, pero donde la barra adquiere una popularidad inesperada después de que recogen las mesas.  Aquello estaba lleno de gente guapa y super-pija, en su mayoría occidentales, tanto que calculé entre ocho y diez mil euros por metro cuadrado entre ropa y accesorios (y sin contar la cocaína).  De lo que estoy seguro es de que allí, trabajar, lo que se dice trabajar para ganarse la vida, lo haríamos media docena, incluyendo los camareros.  Los demás constituían una pandilla con pinta de artistas de la “dolce vita” que tiraba de espaldas.  Un servidor, que modestia aparte está ya bastante “viajao” se lo estaba pasando en grande, con mis vaqueros piojosos y mi Omega falsificado –y calculando en cuanto estaría subiendo la media de edad–, pero la pobre Mei Mei se estaba llevando una sofoquina de cuidado comparándose con las ultra-glamurosas parroquianas que deambulaban exhibiendo palmito (y modelitos) con singular donosura.  La saqué de allí cuando se quedó de muestra mirando a un par de fulanos que intercambiaban efusivas carantoñas en un sofá –“¿eso no son dos tíos?” “sí cariño, déjales que están a lo suyo”– y nos fuimos a recorrer bares vacíos.  Glamour, Bar Rouge… ¿dónde coño se ha metido la gente en Shanghai? ¿A tanto llega la crisis económica? Hay que ver… en este último, el Bar Rouge, antaño tan poblado todos los días de la semana, sólo estaban de guardia un par de ladyboys, intentando pescar algo entre la escasa parroquia antes de que les diera la hora de ir al Manhattan.  “¿Por qué te saludan, les conoces?” “No, cariño, les habré caído bien”.  Por fin, animados por los cubatas pero un poco descorazonados por el ambiente, nos fuimos a ver si la nueva adquisición de la noche Shanghaitarra, el cacareado club M2, hacía justicia a su fama.  Para un socio fundador de las primeras discotecas de mi pueblo, allá por los años setenta, subir a un quinto piso de un centro comercial para entrar a una disco me hace rechinar los dientes, pero la verdad es que había gente, mucha gente, y lo que vi allí pronto me hizo olvidar toda prevención.  Un gran local de techo alto, excelente iluminación y sonido, buena música y simpáticos números para amenizar la noche, estilo Ibiza.  Un pequeño detalle que llamo mi atención, sin embargo… el 95 por ciento de la parroquia eran asiáticos.  Mucha gente de Hong Kong y Taiwán, según Mei Mei, pero ya ven ustedes por dónde van los tiros, y quién maneja la tela últimamente.  Allí redimimos la noche, echamos un bar de bailongos y conseguimos de nuevo elevar el espíritu –como correcto anticipo a la elevación de otras cosas, se supone.

compartiendoHicimos una última parada técnica en su bar de Tongren Lu, por una parte para engordar la caja –supuestamente ella tiene que fichar todos los días– y por otra para que Mei Mei encoñara un poco a un fulano que llevaba una hora preguntando por ella, y que lleva camino de convertirse (aunque él aún no lo sepa) en la próxima adquisición del harén privado de la señora.  Yo mientras aproveché, como hago siempre que caigo por ahí, para tirarle los tejos a Yu Ming, la encargada de la barra, y como siempre obtuve el mismo resultado, o sea, nada.  Dice que cada vez que me mira se imagina mis múltiples “ex” y mis numerosos hijos (“irresponsable” me llama, con singular acierto) y se le quitan las ganas de hacer nada conmigo.  Las hay picajosas, caramba.  Por fin, al filo de las cuatro, Mei Mei y yo nos retiramos a nuestros aposentos –los suyos, en este caso– para disfrutar de un merecido descanso tras una noche de tantas emociones.  Recuerdo vagamente una sesión de sexo tumultuoso, un tanto alcohólico y confuso, pero bastante apasionado –Mei Mei contenta es bastante ardiente, y se opone a pocas cosas.  A la mañana siguiente, casi mediodía ya, nos despertó un mensaje de Johnny al móvil de ella –“llego mañana, a las diez en mi hotel”.  “A la orden, señor”, me reí.  “¿Te da mucho dinero?” le pregunté, tras echar un último caliqueño a la salud de Johnny.  “Bah, no te creas… pero me compra muebles en Ikea, ese, ese y este… ah, y también la tele y el DVD.  Pero tú eres el único que duerme aquí”.  Es simpático, compartir querida con un piloto de British.

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1
Jul

LULU

Posted in Gentes  by Josema

Del grupeto de tres pizpiretas y revoltosas muchachuelas que entre muchas otras pululaban por los alrededores de la barra del Bourbon Street aquella noche, Lulu era la más aparente, amén de la más resuelta.  Me entró descaradamente y por derecho, lo cual me pareció muy bien –ya saben, la que quiera algo, que se lo trabaje, al menos–.  Mientras departíamos amigablemente, con una familiaridad poco acorde con el escaso tiempo que hacía que nos conocíamos, sus compañeras de correrías trasteaban con tres tipos de apariencia europeo-oriental, que no sé por qué siempre se las arreglan para resultar un poco inquietantes.  Al poco rato vinieron a reclamar la presencia de Lulu, según ellas para irse a otro bar donde los presuntos albano-kosovares las habían invitado a tomar una copa.  Tras un instante de imperceptible vacilación, Lulu se unió alegremente a la partida, aunque justo antes de salir se volvió hacia mí y me lanzó esa mirada de “no te vayas” que tras unos cuantos años en “la pomada” uno aprende a reconocer.  Un par de italianos que había a mi lado, testigos involuntarios de la situación, me dedicaron a su vez esa mirada despectiva y destinada a los perdedores que tan bien les sale, cosa que en esta ocasión no me importó lo más mínimo.  Efectivamente, a la media hora Lulu volvió al bar, esta vez sola, se acomodó en un taburete a mi lado y mientras nuestras feromonas se entrecruzaban salvajemente en el escaso espacio que la chavala había dejado entre nosotros, entablamos una conversación en la que prácticamente sobraban las palabras.  Pocas veces he tenido la certeza tan absoluta, al poco tiempo de conocer a una mujer, de que aquella chica y yo íbamos a hacer buenas migas.

LuluRecorrimos todos los bares de Shanghai que nos dio la gana.  Bebimos, reímos y jugamos al billar sin prisas, mientras hablábamos de todo menos de lo que ambos sabíamos que iba a suceder unas horas más tarde.  Al filo de las cinco, con la aurora firmemente asentada sobre la ciudad, sólo quedaba decidir si la cosa iba a ser en su apartamento o en el mío.  A pesar de su reticencia, salió el suyo, más que nada porque yo estaba pendiente de que Chun Lei regresara en cualquier momento de una de sus esporádicas desapariciones, y cuando quiero ser convincente sé cómo hacerlo.  Mientras nos estirábamos perezosamente en el asiento trasero del taxi, pensé entre brumas alcohólicas que aquella mujer era diferente.  Evidentemente no era una profesional ni mucho menos, pero tampoco se parecía en las maneras a ninguna de las freelancer que yo estaba acostumbrado a encontrarme por esos ambientes.  Aquella chica quería algo más que vil metal, aunque en aquel momento y en aquellas circunstancias mi maltrecho cerebro estuviera a años luz de poder imaginarlo.  Por fin, tras unas cuantas horas de tiernos y agradables encuentros en la tercera fase, y cuando más a gusto nos encontrábamos el uno con el otro en la penumbra de su habitación, me confesó que había tenido un novio español, que la había dejado hacía poco para volver a España, y que no sabía nada de él.  Ella no relacionó semejante confesión con la frialdad que me invadió de repente, ni tampoco con el dinero que le tendí antes de irme y que en principio se negó a coger.  Pero me miró a los ojos y supo que si no aceptaba las reglas del juego nunca más me volvería a ver.

Me la volví a encontrar pocos días más tarde en el mismo sitio, esta vez acompañada de un sujeto de mi quinta, inequívocamente carpetovetónico, y al que alegremente me presentó como su antiguo novio redivivo y bienhallado.  Aquella noche Lulu anduvo yendo y viniendo unas cuantas veces del grupo de su recuperado novio al mío, lo que sin duda provocó la desazón del fulano, que se dedicó a lanzarme miradas furibundas y ciertamente poco reconfortantes.  Recuerdo que aquella noche había salido con V, excelente amigo y psicólogo amateur que para mitigar la tenebrosa sombra de celos que forzosamente había quedado prendida en mi rostro me deslizó en un momento dado y de forma confidencial un “tú le gustas más que él”, que más por la voluntad que por la veracidad de la aseveración tuvo al menos un efecto levemente balsámico sobre mi recalcitrante desazón.  Sea lo que fuere, a partir de aquella noche quedaron sentadas las bases de lo que tenía que pasar.  Un par de veces al mes Lulu me mandaba un mensaje al móvil, yo respondía al instante, y nos encontrábamos en alguna zona de la ciudad bien alejada de donde su novio y sus amigotes estaban celebrando su periódica “noche de solteros”.  No pasábamos sin embargo mucho tiempo en la calle, sino que rápidamente íbamos a su casa para refugiarnos en un sexo deliberado pero ansioso, tierno pero salvaje, como dos seres que viven desesperadamente un tiempo prestado que no les pertenece, que no saben cuánto durará, y del que no pueden prescindir.  Los dos sabíamos que ella me tenía de reserva por si su novio finalmente decidía no progresar a estadios más serios de la relación, y los dos sabíamos que yo jugaba a hacerme el casanova mientras saltaba de una mujer a otra, pero que ella me gustaba de verdad.  Por fin, una noche me dijo que su novio le había comunicado su decisión de divorciarse de su mujer en España, y que después se la llevaría allí para casarse con ella.  Y yo no me reí, porque no me hizo ninguna gracia.

Estuve sin noticias de Lulu tres o cuatro meses, aunque entretenido como estaba en construir y destruir la que fue mi primera empresa en China –con dinero de otros, gracias a Dios–, tampoco tuve tiempo de echarla mucho de menos.  Hasta que una mañana, sin avisar, me llegó el viejo mensaje de siempre, ese que ya casi había olvidado.  Me quedé con el móvil en la mano unos buenos cinco minutos, mirando el “hola, ¿cómo estás?” como un idiota, sin saber qué hacer.  Por fin la llamé.  Estaba triste, era su cumpleaños, su novio no estaba en China.  La invité torpemente a comer y aceptó, pero apenas pude sacarle un par de sonrisas.  Estaba bellísima en su vestido azul claro, que realzaba su estupenda figura y contrastaba con su cara un poco morena, enmarcada por un perfecto corte de pelo, recogido atrás con elegancia, como a mí me gusta.  Al salir del restaurante y sin necesidad de palabras cogimos un taxi y nos fuimos a su casa.  De pie en su habitación la besé como se besa a una novia, y en su respuesta supe que nunca sería mía.  Hicimos el amor con tristeza, como si nos debiéramos al menos esa última vez, con nostalgia de todo lo pasado pero aceptando resignadamente la carta que el destino nos había repartido.  No quise saber nada sobre su presente ni sobre su futuro, y supongo que me lo agradeció.  Bastó un “qué vas a hacer”, respondido con un escueto “no lo sé”.  Antes de volver a la oficina quise darle algo de dinero, “regalo de cumpleaños” le dije, pero esta vez no me lo cogió.  Se quedó inmóvil en la puerta, mirándome mientras bajaba las escaleras.

Hará cosa de seis meses volví a ver en Bourbon Street a uno de los compañeros de trabajo y de diversión del novio de Lulu, un expatriado profesional francés de nacimiento, pero que a pesar de todo siempre me cayó bien.  Me saludó efusivamente, tomamos una copa juntos y hablamos de los buenos tiempos.  Le pregunté por Lulu casi como de pasada, sin mirarle a la cara.  Me hizo sufrir un par de minutos mientras los dos fingíamos un repentino interés por las evoluciones de las filipinas de la banda residente del local.  Por fin, me miró de reojo con una media sonrisa burlona, y me dijo que Lulu vivía en España, donde se había por fin casado con su novio.  Me alegré por ella.  O no, qué más da.

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