Habrán leído ustedes, probablemente, acerca de la increíble operatividad de la Fuerza Aérea norteamericana, capaz de colocar en el aire cuarenta bombarderos estratégicos cargados de misiles nucleares, junto con los correspondientes cazas de escolta, en menos de diez minutos a partir de la alerta roja (o la DefCon 1, que dicen ellos y queda más mono). Bueno, pues eso es una mariconada comparado con el tiempo de respuesta de Mei Mei a una insinuación del tipo “nena, ¿nos vamos de mambo tonight?” enviada mediante mensaje telefónico. Entre diez y veinte segundos tarda como mucho la criatura en entrar en eficacia, dependiendo probablemente de si la pillas cagando o no –con perdón.
Así es que el Jueves, que tenía el día revoltoso, me escapé a media tarde de mi pueblo-prisión tras quedar con la susodicha, y una vez cumplido el ritual combinado taxi-tren-metro-más taxi –¿no es excitante vivir en el campo?– conseguí por fin arrojarme, exhausto pero satisfecho, en los dulces brazos de Mei Mei, también ansiosa de explorar nuevos recovecos de esta inquietante ciudad. “Hace mucho que no me sacan a cenar y a bailar, jo” me dijo. “Es que te echas unos novios muy sosos, cariño, que además solo piensan en lo único”, contesté socarronamente, sólo para ganarme un puntapié en la espinilla. Cenamos primero en un japonés que yo tenía apuntado, un local oculto entre bosques de bambú en las entrañas de Julu Lu, con decoración minimalista tipo factoría y amplitud impresionante entre mesa y mesa, lo que te deja cenar tranquilo sin oír estúpidas conversaciones ajenas. La comida -denominada un tanto pomposamente como “neo-japonesa”- es buena, pero las raciones un pelín escasas para una señorita con más saque que Andy Roddick, así que fingiendo que yo también tenía hambre y para desconcierto de los camareros tuve que pedir un plato más al final de la comida, para saciar el increíble apetito de mi encantadora compañía. Después, con la panza bien rellena, nos dirigimos de común acuerdo al Bund (el waterfront, como me lo llama un entrañable amigo ameriyanki), donde hace mucho que no había estado y tenía curiosidad por conocer los nuevos garitos que tanta fama han adquirido recientemente.
Bueno, pues el paseo fue un pequeño fracasito –o una gran decepción, según se mire. De los cuatro o cinco bares que visitamos sólo había vida humana significativa en uno, el Laris, que encima es un restaurante más que un bar, pero donde la barra adquiere una popularidad inesperada después de que recogen las mesas. Aquello estaba lleno de gente guapa y super-pija, en su mayoría occidentales, tanto que calculé entre ocho y diez mil euros por metro cuadrado entre ropa y accesorios (y sin contar la cocaína). De lo que estoy seguro es de que allí, trabajar, lo que se dice trabajar para ganarse la vida, lo haríamos media docena, incluyendo los camareros. Los demás constituían una pandilla con pinta de artistas de la “dolce vita” que tiraba de espaldas. Un servidor, que modestia aparte está ya bastante “viajao” se lo estaba pasando en grande, con mis vaqueros piojosos y mi Omega falsificado –y calculando en cuanto estaría subiendo la media de edad–, pero la pobre Mei Mei se estaba llevando una sofoquina de cuidado comparándose con las ultra-glamurosas parroquianas que deambulaban exhibiendo palmito (y modelitos) con singular donosura. La saqué de allí cuando se quedó de muestra mirando a un par de fulanos que intercambiaban efusivas carantoñas en un sofá –“¿eso no son dos tíos?” “sí cariño, déjales que están a lo suyo”– y nos fuimos a recorrer bares vacíos. Glamour, Bar Rouge… ¿dónde coño se ha metido la gente en Shanghai? ¿A tanto llega la crisis económica? Hay que ver… en este último, el Bar Rouge, antaño tan poblado todos los días de la semana, sólo estaban de guardia un par de ladyboys, intentando pescar algo entre la escasa parroquia antes de que les diera la hora de ir al Manhattan. “¿Por qué te saludan, les conoces?” “No, cariño, les habré caído bien”. Por fin, animados por los cubatas pero un poco descorazonados por el ambiente, nos fuimos a ver si la nueva adquisición de la noche Shanghaitarra, el cacareado club M2, hacía justicia a su fama. Para un socio fundador de las primeras discotecas de mi pueblo, allá por los años setenta, subir a un quinto piso de un centro comercial para entrar a una disco me hace rechinar los dientes, pero la verdad es que había gente, mucha gente, y lo que vi allí pronto me hizo olvidar toda prevención. Un gran local de techo alto, excelente iluminación y sonido, buena música y simpáticos números para amenizar la noche, estilo Ibiza. Un pequeño detalle que llamo mi atención, sin embargo… el 95 por ciento de la parroquia eran asiáticos. Mucha gente de Hong Kong y Taiwán, según Mei Mei, pero ya ven ustedes por dónde van los tiros, y quién maneja la tela últimamente. Allí redimimos la noche, echamos un bar de bailongos y conseguimos de nuevo elevar el espíritu –como correcto anticipo a la elevación de otras cosas, se supone.
Hicimos una última parada técnica en su bar de Tongren Lu, por una parte para engordar la caja –supuestamente ella tiene que fichar todos los días– y por otra para que Mei Mei encoñara un poco a un fulano que llevaba una hora preguntando por ella, y que lleva camino de convertirse (aunque él aún no lo sepa) en la próxima adquisición del harén privado de la señora. Yo mientras aproveché, como hago siempre que caigo por ahí, para tirarle los tejos a Yu Ming, la encargada de la barra, y como siempre obtuve el mismo resultado, o sea, nada. Dice que cada vez que me mira se imagina mis múltiples “ex” y mis numerosos hijos (“irresponsable” me llama, con singular acierto) y se le quitan las ganas de hacer nada conmigo. Las hay picajosas, caramba. Por fin, al filo de las cuatro, Mei Mei y yo nos retiramos a nuestros aposentos –los suyos, en este caso– para disfrutar de un merecido descanso tras una noche de tantas emociones. Recuerdo vagamente una sesión de sexo tumultuoso, un tanto alcohólico y confuso, pero bastante apasionado –Mei Mei contenta es bastante ardiente, y se opone a pocas cosas. A la mañana siguiente, casi mediodía ya, nos despertó un mensaje de Johnny al móvil de ella –“llego mañana, a las diez en mi hotel”. “A la orden, señor”, me reí. “¿Te da mucho dinero?” le pregunté, tras echar un último caliqueño a la salud de Johnny. “Bah, no te creas… pero me compra muebles en Ikea, ese, ese y este… ah, y también la tele y el DVD. Pero tú eres el único que duerme aquí”. Es simpático, compartir querida con un piloto de British.