WANG YUE
- Yo no te gusto.
- No digas cosas raras. ¿Por qué no me ibas a gustar?
- Porque no me miras.
- Es que tengo conjuntivitis y me duelen los ojos, joder.
- Ya.
Wang Yue a veces es tierna como un peluche, como en la ocasión en que estábamos cenando y me salió con esas. Y no andaba desencaminada del todo, no. Hay que ver, el instinto.
Wang Yue es una muchachita cuasi-campesina de la muy noble y muy leal provincia de Sichuan. Ella dice que es del mismo Chengdu, pero eso es como cuando los del norte decimos con orgullo que somos de Bilbao, hasta que al ser presionados un poco más terminamos por reconocer que “hombre, no del mismo Bilbao…”. Así que Wang Yue a los efectos viene a ser como de “serca” de Chengdu, lo cual la convierte en aún mas entrañable.
Wang Yue es una demostración andante de la posición social de la mujer en China, de la cual nos olvidamos con frecuencia los laowais procedentes de países supuestamente civilizados, deslumbrados por los bellezones y ejecutivas agresivas que desfilan por Huaihai Lu. En nuestros países de origen impera desde hace tiempo una simpática política de igualdad de sexos que hace que las mujeres a efectos prácticos tengan muchos más derechos que los hombres. Aquí no. Wang Yue en su pueblo tenía 24 años y novio para casarse, hasta que el buen muchacho –probablemente persuadido por los campechanos encantos de alguna otra lugareña- decidió dejar la boda para mejor ocasión y de paso dejarla tirada como a una colilla. Esto automáticamente convirtió a Wang Yue en un producto de desecho a efectos matrimoniales, lo que previene al resto de posibles candidatos de toda la comarca de ni siquiera osar mirarla. Con esa edad, soltera y repudiada, su único recurso, como el de cientos de miles –por no decir millones- de muchachitas de la China rural, es el de buscar cobijo en la gran ciudad, donde nadie te conoce. Allí, con algo de suerte –en realidad con infinita suerte- tratan de encontrar otro novio, seguramente mucho mayor que ellas, porfiando hasta conseguir que las lleven al altar, obviando los a menudo turbios motivos que guían a los hombres en estos casos. ¿Trabajar y poder llevar una vida autónoma, moderadamente confortable? No me hagan reír.
Lo que pasa es que Wang Yue, a pesar de las bofetadas de la vida, aún conserva una vena romántica, y se empeña –como alguno que yo me sé- en buscar el amor verdadero en sitios un poco peculiares. El Manhattan y garitos de similar pelaje están bien para desarrollar diversas y placenteras actividades, pero entre ellas por desgracia no se encuentra el encontrar al hombre o mujer de tu vida. Allí me la encontré una noche que andaba un poco tenebroso, y allí me convertí, aun sin saberlo, en su tierno objeto de deseo. Este tipo de muchachas, a las que –de forma acertada o no- guía un interés mucho mayor que el meramente pecuniario, son sin duda las mejores compañeras de “actividades”, así que esa noche y un par de ellas posteriores fueron una refrescante experiencia de ternura, pasión y entusiasmo. Pero un servidor, a pesar de ejercer de crápula en funciones, conserva un pedazo de corazoncito que ni el alcohol adulterado logra destruir, así que una noche que Wang Yue me sometió a un interrogatorio de tercer grado, encaminado sin duda a evaluar mi candidatura como posible compañero de fatigas, le conté sin mas preámbulos la verdad de mi estatus erótico-familiar. Pocas veces en mi vida he visto una transformación más profunda y a la vez más dolorosa que la que sufrió su rostro en aquel momento. “¿Tienes… cuatro hijos?” preguntó con voz derrotada, mientras sus esperanzas se iban haciendo añicos contra el sucio suelo de aquel restaurante sichuanés de medio pelo. “Y alguno más que no conozco, con toda probabilidad” bromeé, con torpe ánimo de quitarle hierro al asunto. Pero ya era inútil. A partir de aquella noche Wang Yue no se me volvió a acercar, y las veces que mis maltrechos huesos recalaban en el Manhattan me miraba de lejos con una mezcla de pena y decepción en su mirada. No me rechazó sin embargo en el par de ocasiones que reclamé sus servicios con posterioridad, en un vano intento de recuperar aquella pasión y el frenesí de antaño, e incluso se portó con encomiable simpatía y donosura. Pero ciertas cosas que se van por el sumidero de la vida son imposibles de recuperar, por más que nos empeñemos.
Así es que en la penúltima ocasión que decidí ser malo, más que nada por no perder la costumbre –dicen los médicos que somos lo que comemos, y yo digo que somos lo que entrenamos- y entre otras cosas porque llevaba ya una semana mirándole el culo a la criada con animo libidinoso, tiré de agenda y llamé a Wang Yue. No es que ya no me atraiga salir de caza, pero repito, era entrenamiento, no competición, así que la llamé a ella como antídoto contra posibles sorpresas, siempre desagradables cuando uno está en baja forma. Accedió sin hacerse de rogar, pero con nuestros antecedentes penales, poco es de extrañar que la muchacha no estuviera especialmente receptiva, y tuviera lugar la conversación que relataba al principio. Me comentó que su ex-novio le había escrito para decirle que se había casado. “El muy capullo”, añadió con desprecio mientras escupía en el plato los huesos del sapo picante que nos estábamos merendando. Más tarde, y ya en la fase del cuerpo a cuerpo, me sorprendió su insistencia inquebrantable en el uso del preservativo a ultranza, incluso para maniobras buco-manipulatorias, cuando antes se mostraba mucho más liberal en el tema (no es que uno sea un insensato -que lo soy, qué caramba-, es que a veces a uno le gusta caminar por el filo de la navaja, ya me entienden). Se había también depilado –afeitado, sería más exacto decir- sus partes pudendas, allí donde antes lucía una sedosa y excitante mata de pelo. Y por último, me despertó a las cuatro de la madrugada, para decirme que no podía dormir y se quería ir. Aquello terminó de convencerme de que mi dulce y entrañable campesina de antaño había sido sustituida por la endurecida profesional de hoy –ya saben, las putas de verdad duermen de día. Las que lo hacen de noche, y como troncos, son las freelancer amateur, Dios las bendiga-. La acompañé a la puerta, con un poco de pena. Ella ni se volvió para despedirse.
- No puedo abrir un ojo, me pica horrores –me llegó su SMS a la mañana siguiente-.
- Te habré contagiado la conjuntivitis, vete a la farmacia y que te den unas gotas.
- He tenido que ir al hospital, me dolía mucho y no podía ver –me escribió unas horas mas tarde-. Era la lentilla, que se me metió ayer mientras dormía contigo. Ya está arreglado, gracias por preocuparte tanto.
- De nada corazón, ya estaremos.
Que romántico.
December 20th, 2009 at 12:09 pm
Hola,
Pues estuve por Shanghai, y te llamé al móvil tuyo que tenía. Pero aunque te llamé varias veces no lo cogiste.
Hablamos.
Feliz falsedad!
December 20th, 2009 at 3:31 pm
Señor Pink, pa’ matarlo a usted… no me pudo mandar un SMS, o un correo avisando que venía? El móvil lo perdí (o me lo levantaron) hace tiempo, y aunque conseguí recuperar el número de China Telecom, la agenda se fue al carallo. Y tengo la mala costumbre de no contestar a números que no conozco… ahorra algunos problemas, ya sabe. Lo siento !!
Tengo como digo el mismo número que antes, mándame el tuyo cuando gustes y hablamos.
Un abrazo!
Josema
December 24th, 2009 at 1:43 am
Bonito post Don Josema, se ve que va recuperando el ritmo…:-)
Que pase usted unas muy felices fiestas y tenga un venturoso 2010, en el que pueda seguir deleitándonos con sus escritos.
December 24th, 2009 at 3:00 pm
Gracias Señor Cuco, aunque no sabe usted lo que me cuesta recuperar ese “ritmo” que usted dice… en todas sus facetas.
Mis mejores deseos asimismo para usted y los suyos, incluyendo amigos, queridas y demás familia
December 26th, 2009 at 9:04 am
MMMMM!!!Qur cierto pero que sano!!! jajajaja!!
Nada como una chica que sabe lo que quiere … aunque eso le quite el halo de caceria al encamarse con ella jajaja!
Abrazos y felices fiestasss!!
Excelente 2010!!
Pieladentro
December 26th, 2009 at 2:58 pm
¿Para qué querrás un móvil que no respondes? jajaja… A veces pienso que era más fácil hablar con las personas hace cien años que ahora. Mucha tecnología, mucho internet, pero cuando buscas a alguien no responde al móvil.
Bueno, espero que surja la oportunidad en otro momento.
No sabía que iba a Shhanghai hasta ese mismo día
Abrazos desde mi Granada
December 28th, 2009 at 2:10 am
Vaya situación más incómoda. A mi me pasó algo similar, pero con el tiempo me dí cuenta que todo iba cambiando, y abrí los ojos para asimilar de que sólo era una aventura con una profesional.