NOCHE DE RUMORES
La del Jueves fue una noche extraña. Me habían llegado rumores, hará cosa de un mes ya -y de boca de V, que siempre constituye una fuente fiable en estos temas- de que el insustituible “Bourbon Street” había vuelto por sus fueros y estaba en rumbo de convertirse de nuevo en el cocedero de mariscos que tanto echamos de menos unos cuantos. Así que aprovechando que para variar tenía la noche golfa, hacia allí dirigí mis libidinosos pasos, con ánimo de comprobar si tamaña ventura podía ser cierta. Bueno, pues no. O el bueno de V se había confundido de bar -cosa nada improbable, en uno cualquiera de sus delirios alcohólicos- o es que la cosa se reduce de momento a los fines de semana. Sólo estaban los cuatro tristes parroquianos de siempre, todos locales, y las dos pilinguis de guardia de costumbre, que deben ir rotando noche a noche para hacer más llevadera la cosa pero que no cejan en el vigilante empeño de ser las primeras en enterarse si el garito retorna al viejo esplendor de antaño. A eso se le llama profesionalidad, sí señor.
Ya puestos, y aunque no sea establecimiento de mi devoción, hice una escala técnica en “Zapata’s”, sólo para comprobar que sigue siendo para mí territorio non-grato, al menos para cuando voy solo o sin ánimo abiertamente pecaminoso. La misma gente guapa en el jardín y por supuesto todos más altos y más delgados que yo, lo cual me jode sobremanera, qué le vamos a hacer. Dentro no había ningún idiota bailando subido en la barra, inequívoco indicador de que esa noche había poco ambiente, por lo que decidí irme sin más. Al salir me dieron un toque discreto dos llamativas señoritas sentadas solas en la terraza, pero antes de que pudiera pensármelo mucho me sorprendí a mi mismo declinando con una amable sonrisa tan apetitosa oferta. “Quién te ha visto y quién te ve, Josema”, me decía mi ángel de la guarda mientras cogíamos un taxi hacia donde siempre… será que me voy haciendo viejo, pensé, o tal vez que una vez archiconocidos ciertos placeres, uno apunta hacia otras novedades. Lo malo es que aún no sé cuáles pueden ser, pero en cuanto lo averigüe ustedes serán los primeros en saberlo, se lo prometo.
Mei Mei estaba de guardia en la puerta de su bar, así que me fue imposible escabullirme -tampoco hice mucho esfuerzo, la verdad, nunca está de más cultivar las viejas amistades- y terminamos tiernamente abrazados a la vera de la barra, amenizada la velada por una lozana jovencita de Sichuan que se desplazaba en ropa interior por encima de la misma con loable entusiasmo. La muchacha, con gran ojo clínico, dedujo de inmediato que se encontraba ante uno de los más idiotas mejores clientes de la casa, por lo que me obsequió con unos cuantos pases de pubis, en versión anterior y posterior, a escasos centímetros de mi cara. Me dieron ganas de meterle diez yuanes en la braguilla al estilo americano, pero decidí en cambio tentar mi suerte preguntándole con aire inocente a Mei Mei, más por travesura que por otra cosa, si la ardorosa muchachuela podía “venir” con nosotros esa noche. La mirada asesina que me lanzó me hizo terminar de comprender que no era noche de aventuras, así que cuando mi procelosa cuenta alcanzó los quinientos renminbisies, que suele ser mi límite habitual, anuncié sin paliativos que me iba a explorar los aledaños para despejarme un poco. “Chica, hay que hacer amigos nuevos de vez en cuando”, le dije a modo de dudosa explicación, y aunque no pareció muy convencida me dejó ir sin más insistencia, demostrando una vez más su encomiable espíritu deportivo.
Y entonces, ya en el “Manhattan”, me llegaron rumores de Phuong. Me dijeron que estaba en Singapur, lo que tuvo la virtud de conjurar en mi mente oscuras visiones de cientos, miles de marineros borrachos de la séptima flota profanando su bello cuerpo una y otra vez sin límite, sin piedad, sin solución. Me vi a mí mismo acudiendo valeroso a rescatarla de su miseria, para vivir felices el resto de nuestros días en una choza bajo las palmeras de cualquier playa solitaria de su país. Deseché tales visiones al instante, sabiendo que, al menos por el momento, no tienen el menor viso de convertirse en realidad. Y me puse muy triste, melancólico, y lo que es peor, nostálgico. La portadora de las noticias fue otra vietnamita a la que tengo fichada porque sospecho que tiene el teléfono de Phuong, ese que en mala hora perdí, ese que su pérfida compatriota siempre se ha negado a darme. Esta vez, de nuevo con calculada ambigüedad, me hizo ver que el preciado número de teléfono podía ser mío, siempre que accediera a pasar la noche con ella -a cambio de una exorbitante suma de dinero, por supuesto-. El modo tenebroso en que había entrado al recibir las desalentadoras noticias evolucionó inmediatamente al modo de autodestrucción. Me até a la barra con el cinturón de los vaqueros y ordené a Yaya que me fuera sirviendo Long Island Iced Teas hasta que no pudiera pagarlos o hasta que perdiera la facultad de hablar, lo que sucediera primero. Poca cosa más recuerdo de aquella noche, salvo la mezcolanza de voces, luces, música y el incesante ir y venir de mujeres que me decían cosas que yo no comprendía. Recuerdo vagamente haber pensado que era hora de irse, la segunda vez que con el codo derribé mi copa de la barra, y de paso las de tres o cuatro vecinos más. Después oscuridad, sólo oscuridad.
Detesto despertarme con dolor de cabeza y encontrar a mi lado en la cama una mujer desconocida, de la que no sé su nombre, ni cómo la he conocido, ni porqué está muerta. Afortunadamente, ésta estaba viva -y bien viva, ya lo creo-. Tras dos aspirinas y tres horas de delicioso duermevela amenizado por las habilidades de la voluntariosa muchachuela, decidí que era el momento de largarla, no sin antes comprobar que, al menos estadísticamente, no me faltaba dinero de la cartera, ni milagrosamente ninguna de las tarjetas de crédito. Tras un dulce beso y con la mano ya en la puerta para salir de la habitación, la muchacha se volvió y me miró con una sonrisa que me resultó familiar. “I am Li”, me dijo. “From Saigón”, añadió. Pero yo ya lo sabía.