Archive for January, 2010
JAPONESAS
Hoy, avergonzado y abochornado, he caído en la cuenta de que nunca les cuento nada de mi experiencia educativa como estudiante de chino. El hecho de que no haya nada (interesante) que contar no es excusa para no escribir siquiera unas líneas… pero jopé, es que de verdad no pasa nada digno de mención, estudiar chino es una de las experiencias más aburridas de mi existencia, se lo digo en serio… ahora entiendo porque es tan difícil aprender este condenado idioma: es que NO QUIEREN que lo aprendamos, de otra forma no entiendo como la enseñanza de un idioma puede convertirse en algo tan pavorosamente soso e inconsistente.
Lo único que alegra moderadamente mis días en esta prestigiosa institución educativa son las japonesas, de las cuales, gracias a Dios, parece haber un suministro inagotable (también hay japoneses, pero a esos que les den morcilla). Remedando aquella canción de los 70 (o de los 60, ya no me acuerdo) diria que “las japonesas tienen algo especial, las japonesas son guerreras”. Las hay de todos los tipos y tamaños: altas, bajas, gordas, flacas, guapas, feas, rubias, morenas… pero todas, absolutamente todas, tienen un morbo especial, que no se (aún) en qué consiste, pero que a ojos de un depravado internacional como servidor, las convierte automáticamente en oscuros objetos de deseo. Serán esos atavíos y abalorios que se colocan de forma aparentemente aleatoria, y que a cualquier otra menos a ellas haría parecer ridícula… esos taconazos que las hacen crecer medio metro y andar de forma especial (extravagante, en cualquier otra, menos en ellas), esas minifaldas vertiginosas que ponen los pelos –y otras cosas- de punta, esas caras inexpresivas, y por tanto extremadamente eróticas, bajo flequillos hasta las pestañas y moños churriguerescos… ahora bien, mis favoritas, con diez cuerpos de ventaja sobre la segunda clasificada, son las que van vestidas de colegiala, minifalda a cuadros y coletas incluidas, cosa que yo creía exclusiva de las películas porno japonesas, pero que cuando te las encuentras viniendo de cara por un pasillo desierto te hacen buscar de forma inconsciente la pastilla para ponértela debajo de la lengua. Creo que ahora entiendo mejor a los licenciosos ejecutivos japoneses, cuya receta para combatir el estrés laboral consiste en azotar enérgicamente tiernos culitos de colegialas japonesas, mientras ellas emiten deliciosos grititos con erótico entusiasmo… ya solo me faltan los doce mil millones de yenes que creo hacen falta para convertir esas fantasías en realidad. Animo, Josema!
Afortunadamente para mi estabilidad financiera y emocional, las japonesas parecen pasar olímpicamente de un servidor. Al principio, lo reconozco, es un sentimiento un poco extraño eso de que te miren como si fueras transparente o directamente inexistente, pero me imagino que para una chiquilla japonesa de buena familia, castigada a estudiar chino un semestre en Shanghai por haber sacado malas notas en el cole, eso de intercambiar siquiera media palabra con un extranjero feo, bajito y barrigón, que las dobla fácilmente en edad, no entra dentro de sus planes a corto plazo. En mi clase hay varias japonesas, y todas ellas inabordables por distintas razones. La más simpática, que al menos intercambia de vez en cuando un “buenos días”, haría las delicias de un ortodoncista en prácticas, amén de que tiene los pies cruzados uno mirando a Roma y otro a Tokio. La que en principio tenía más potencial, no muy guapa pero algo más madurita y picarona que las colegialas, se ha decantado sin ambages por un ejecutivo de medio pelo del banco de Yokohama exiliado a China por sus jefes, probablemente por golfo. Y la única que vale la pena, una chavalita monísima que parece sacada de los fotogramas de “Yukiko y el equipo de Sumo”, fue rápidamente monopolizada por un agresivo mozalbete (japonés también, esta gente practica la endogamia de forma superlativa) que talmente parece un joven becario “yakuza” que deja la Suzuki Katana (o lo que se lleve ahora) directamente en la puerta del aula. Llegan todas los días juntitos a clase a media mañana, con cara inocente de recién levantados de la cama, y unos coloretes –ella- más que sospechosos. Mal rayo le parta –a él-.
Pero en fin, no nos obsesionemos con las japonesas, caramba. ¿O es que va a resultar ahora que nos hemos equivocado –otra vez- de país? Que no, que no, que aún queda mucha vida en China, lo de las japonesas es todo fachada y sofisticación pretenciosa, hombre… Y si no ya verán, el mes que viene cambio de curso y seguro que me vuelve a tocar otra recua de japonesas pedorras… ya les contaré, ya.
… ¡Y FELIZ AÑO NUEVO!
Ayer, adelantándome a la costumbre local (estas buenas gentes se felicitan más bien el día de Año Nuevo) envíe el típico SMS conmemorativo a siete de mis amigas más selectas –a los amigos, que les den morcilla, of course-. Todas, menos una que es mongola (con perdón) y debe estar pasando las Navidades retozando por las verdes praderas de su pueblo, respondieron al instante, lo que trajo lágrimas de emoción a mis viejos ojos. Caramba –pensé-, a pesar de mi reciente y dolorosa inactividad, debo conservar aún el viejo y legendario gancho que tan buenos ratos me ha proporcionado en el pasado…
Un somero análisis a posteriori, sin embargo, tuvo la virtud de volver a colocar algunas cosas en su lugar. De las siete, cuatro han pasado por el catre, una gratis (aunque ya saben lo que opino yo de los polvos, que nunca son gratis, aunque a veces hay suerte y sólo cuestan dinero) y las otras tres previo paso por taquilla. Así que es normal que, cuando menos por interés puramente mercenario, respondan a una felicitación de este tipo con inusitado entusiasmo.
Pero bueno, si las matemáticas no me fallan, quedan tres individuas con las que no he tenido aún ocasión de probar la miel de sus labios (en todas sus acepciones), y que constituyen, cada una de por sí, un poderoso desafío. Dos de ellas están casadas y la otra pudiera ser mi hija (pequeña), lo que añade las suficientes dosis de morbo y aventura al asunto. Me parece que ya tengo propósitos para el Año Nuevo.
P. D.: Hablando de sexo remunerado, como diría mi abuelo… “querer follar sin pagar es cosa de pobres”. Qué gran abuelo tengo.
