Oh! China
El lado canalla de la China

Archive for July, 2009

22
Jul

HERE COMES THE SUN

Posted in General  by Josema

Eclipse totalEra demasiado bonito como para ser cierto.  A ver, ¿cuántas veces a lo largo de una vida, incluyendo un par de reencarnaciones o tres, se encuentra uno en medio-mitad de la línea central de un eclipse total de sol?  (Esa donde el eclipse es más largo, más completo, más brutal).  Pocas, sospecho… así que las probabilidades de poder verlo en todo su esplendor pasan a ser infinitesimales, siguiendo la conocida cuarta ley de Murphy.

Efectivamente, después de dos meses de tener sol todos los días, hoy, el gran día, ha amanecido no ya sólo nublado, sino con unas tormentas y un cielo totalmente encapotado que han impedido ver en absoluto NADA parecido a un sol, ni con ni sin eclipse.  Porca miseria.

Eso sí, durante los cinco minutos del apogeo, se ha hecho de noche total, pero no una noche cualquiera, no, una noche NEGRA como boca de lobo… a las nueve y media de la mañana.  No me extraña que a los Mayas, los Egipcios y toda esa gente les pusieran cachondos estas cosas y se dedicaran a hacer sacrificios humanos a mansalva para celebrarlo.  Yo también hubiera degollado gustoso a la mitad de nuestra plantilla, cuando corrían cono gilipollas a las ventanas con las gafas-especiales-de-eclipse puestas, pensando que con ellas podrían ver a través de las nubes y de la manta de agua que estaba cayendo en ese momento.  Ha sido un momento inolvidable.

En fin, ahí se va la oportunidad única de una vida.  Que desgracia de país, qué mala suerte, joder.  Ya está de nuevo viniendo la luz, aunque no sé si se la merecen.  Hoy me siento viejo.

21
Jul

PLACER PROHIBIDO

Posted in Tatuajes  by Josema

forbidden

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18
Jul

LOS ULTRA-PIJOS BARES DEL BUND

Posted in Lugares  by Josema

bar RougeHabrán leído ustedes, probablemente, acerca de la increíble operatividad de la Fuerza Aérea norteamericana, capaz de colocar en el aire cuarenta bombarderos estratégicos cargados de misiles nucleares, junto con los correspondientes cazas de escolta, en menos de diez minutos a partir de la alerta roja (o la DefCon 1, que dicen ellos y queda más mono).  Bueno, pues eso es una mariconada comparado con el tiempo de respuesta de Mei Mei a una insinuación del tipo “nena, ¿nos vamos de mambo tonight?” enviada mediante mensaje telefónico.  Entre diez y veinte segundos tarda como mucho la criatura en entrar en eficacia, dependiendo probablemente de si la pillas cagando o no –con perdón.

Así es que el Jueves, que tenía el día revoltoso, me escapé a media tarde de mi pueblo-prisión tras quedar con la susodicha, y una vez cumplido el ritual combinado taxi-tren-metro-más taxi –¿no es excitante vivir en el campo?– conseguí por fin arrojarme, exhausto pero satisfecho, en los dulces brazos de Mei Mei, también ansiosa de explorar nuevos recovecos de esta inquietante ciudad.  “Hace mucho que no me sacan a cenar y a bailar, jo” me dijo.  “Es que te echas unos novios muy sosos, cariño, que además solo piensan en lo único”, contesté socarronamente, sólo para ganarme un puntapié en la espinilla.  Cenamos primero en un japonés que yo tenía apuntado, un local oculto entre bosques de bambú en las entrañas de Julu Lu, con decoración minimalista tipo factoría y amplitud impresionante entre mesa y mesa, lo que te deja cenar tranquilo sin oír estúpidas conversaciones ajenas.  La comida -denominada un tanto pomposamente como “neo-japonesa”- es buena, pero las raciones un pelín escasas para una señorita con más saque que Andy Roddick, así que fingiendo que yo también tenía hambre y para desconcierto de los camareros tuve que pedir un plato más al final de la comida, para saciar el increíble apetito de mi encantadora compañía.  Después, con la panza bien rellena, nos dirigimos de común acuerdo al Bund (el waterfront, como me lo llama un entrañable amigo ameriyanki), donde hace mucho que no había estado y tenía curiosidad por conocer los nuevos garitos que tanta fama han adquirido recientemente.

Glamour barBueno, pues el paseo fue un pequeño fracasito –o una gran decepción, según se mire.  De los cuatro o cinco bares que visitamos sólo había vida humana significativa en uno, el Laris, que encima es un restaurante más que un bar, pero donde la barra adquiere una popularidad inesperada después de que recogen las mesas.  Aquello estaba lleno de gente guapa y super-pija, en su mayoría occidentales, tanto que calculé entre ocho y diez mil euros por metro cuadrado entre ropa y accesorios (y sin contar la cocaína).  De lo que estoy seguro es de que allí, trabajar, lo que se dice trabajar para ganarse la vida, lo haríamos media docena, incluyendo los camareros.  Los demás constituían una pandilla con pinta de artistas de la “dolce vita” que tiraba de espaldas.  Un servidor, que modestia aparte está ya bastante “viajao” se lo estaba pasando en grande, con mis vaqueros piojosos y mi Omega falsificado –y calculando en cuanto estaría subiendo la media de edad–, pero la pobre Mei Mei se estaba llevando una sofoquina de cuidado comparándose con las ultra-glamurosas parroquianas que deambulaban exhibiendo palmito (y modelitos) con singular donosura.  La saqué de allí cuando se quedó de muestra mirando a un par de fulanos que intercambiaban efusivas carantoñas en un sofá –“¿eso no son dos tíos?” “sí cariño, déjales que están a lo suyo”– y nos fuimos a recorrer bares vacíos.  Glamour, Bar Rouge… ¿dónde coño se ha metido la gente en Shanghai? ¿A tanto llega la crisis económica? Hay que ver… en este último, el Bar Rouge, antaño tan poblado todos los días de la semana, sólo estaban de guardia un par de ladyboys, intentando pescar algo entre la escasa parroquia antes de que les diera la hora de ir al Manhattan.  “¿Por qué te saludan, les conoces?” “No, cariño, les habré caído bien”.  Por fin, animados por los cubatas pero un poco descorazonados por el ambiente, nos fuimos a ver si la nueva adquisición de la noche Shanghaitarra, el cacareado club M2, hacía justicia a su fama.  Para un socio fundador de las primeras discotecas de mi pueblo, allá por los años setenta, subir a un quinto piso de un centro comercial para entrar a una disco me hace rechinar los dientes, pero la verdad es que había gente, mucha gente, y lo que vi allí pronto me hizo olvidar toda prevención.  Un gran local de techo alto, excelente iluminación y sonido, buena música y simpáticos números para amenizar la noche, estilo Ibiza.  Un pequeño detalle que llamo mi atención, sin embargo… el 95 por ciento de la parroquia eran asiáticos.  Mucha gente de Hong Kong y Taiwán, según Mei Mei, pero ya ven ustedes por dónde van los tiros, y quién maneja la tela últimamente.  Allí redimimos la noche, echamos un bar de bailongos y conseguimos de nuevo elevar el espíritu –como correcto anticipo a la elevación de otras cosas, se supone.

compartiendoHicimos una última parada técnica en su bar de Tongren Lu, por una parte para engordar la caja –supuestamente ella tiene que fichar todos los días– y por otra para que Mei Mei encoñara un poco a un fulano que llevaba una hora preguntando por ella, y que lleva camino de convertirse (aunque él aún no lo sepa) en la próxima adquisición del harén privado de la señora.  Yo mientras aproveché, como hago siempre que caigo por ahí, para tirarle los tejos a Yu Ming, la encargada de la barra, y como siempre obtuve el mismo resultado, o sea, nada.  Dice que cada vez que me mira se imagina mis múltiples “ex” y mis numerosos hijos (“irresponsable” me llama, con singular acierto) y se le quitan las ganas de hacer nada conmigo.  Las hay picajosas, caramba.  Por fin, al filo de las cuatro, Mei Mei y yo nos retiramos a nuestros aposentos –los suyos, en este caso– para disfrutar de un merecido descanso tras una noche de tantas emociones.  Recuerdo vagamente una sesión de sexo tumultuoso, un tanto alcohólico y confuso, pero bastante apasionado –Mei Mei contenta es bastante ardiente, y se opone a pocas cosas.  A la mañana siguiente, casi mediodía ya, nos despertó un mensaje de Johnny al móvil de ella –“llego mañana, a las diez en mi hotel”.  “A la orden, señor”, me reí.  “¿Te da mucho dinero?” le pregunté, tras echar un último caliqueño a la salud de Johnny.  “Bah, no te creas… pero me compra muebles en Ikea, ese, ese y este… ah, y también la tele y el DVD.  Pero tú eres el único que duerme aquí”.  Es simpático, compartir querida con un piloto de British.

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15
Jul

SIEMPRE PENSANDO EN LO UNICO

Posted in General  by Josema

No me sean ustedes malpensaos… (y quiten el sonido, si están en la oficina).

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12
Jul

OJO CON ESAS COPAS

Posted in Cuentos Chinos  by Josema

copas, copas copasLos días en que los laowais crápulas no están de servicio, mayormente porque el cuerpo –o la cartera– no aguantan tanta tralla, se dedican a beber reposadamente en horas normales, en bares normales y rodeados de gente aparentemente normal, con la que son proclives a intercambiar confidencias sobre sus asombrosas hazañas erótico-alcohólicas.  En esos días, si te toca en la barra al lado de alguno de estos irrepetibles ejemplares humanos, puedes –una vez aplicada la correspondiente reducción mediante el coeficiente de Justerini– comprobar que no eres el tipo más listo y crápula de la ciudad, como tú pensabas, ni tampoco el único idiota al que le pasan cosas raras con las mujeres.  A veces incluso hay suerte y aprendes algo, normalmente escarmentando en cabeza ajena.

El inglés que me tocó en suerte en Malone´s aquella noche –¿Qué demonios hacía yo con un inglés? buena pregunta… vaya en mi descargo que no me enteré hasta pasadas un buen par de horas– parecía no obstante un tipo serio y sensato.  Me estuvo contando sus viajes por todo lo largo y ancho de este mundo, sus negocios, lo de siempre.  Entonces, a eso de las once, empezaron a llegar las primeras “working girls”, y el tipo se puso tenso.  “¿Aquí también hay mujeres de esas? Me habían dicho que no”.  “Pues ya ves” –contesté un tanto fastidiado– “tranquilo, que no muerden.  Sólo si les pagas”.  Entonces el fulano se quedó callado un rato, después le dio un largo trago a su Cocacola, y por fin me contó su triste y conmovedora historia.

El caballero estaba en Hong Kong, de visita en la oficina local de su empresa, y una noche cualquiera, como buenos anfitriones pero sin premeditación ni alevosía, sus compañeros de trabajo se lo llevaron de farra.  Recalaron en uno cualquiera de los garitos de Lockhart Street en Wanchai, lo que delata el buen gusto –y las tendencias festivas– de sus compatriotas.  El tipo me juraba y perjuraba que a él no le van esos ambientes, que jamás le ha sido infiel a su mujer ni con una fulana, en fin, la historia de siempre.  Pero para no quedar mal y aparentar el hombre de mundo que se supone debe ser un hombre de su posición, decidió tragar y pasar por el aro.  Entabló conversación con la vistosa chinita que le colocaron enfrente, alarmantemente escasa de ropa pero alegre y comunicativa, e incluso, él que no bebe, se atrevió con un par de cubatas.  A nadie le pareció raro que la chica se lo llevara a una mesa apartada, e incluso es probable que alguien intercambiara un guiño malicioso.  Copas van, copas vienen, recuerda que de repente se sintió mal, y la chinita se ofreció amablemente a llevarle a su hotel, ante la aquiescencia burlona de sus colegas que sin duda pensaron “mira con el mojigato”.  Después, me confesaba compungido, lo siguiente que recuerda es haberse despertado en su habitación, veinticuatro horas más tarde, desnudo encima de la cama y sin dinero, sin teléfono móvil y sin el peluco original marca Omega, de los de a tres mil libras de vellón la pieza.

“¿A quién se le ocurre llevar un reloj de verdad en China, hombre?” le comente con ánimo de levantar un poco el tono dramático del momento.  “No sería un regalo de tu mujer…”.  El tipo me miró sin comprender, o tal vez ofendido ante mi asombrosa falta de sensibilidad.  Como tenía no obstante interés en saber el final de la historia, puse en acción mi legendario sentido de la entropía, y aguantándome las ganas de reír pasé en cambio a mostrarme tremendamente receptivo.  Me siguió contando entonces cómo había llamado inmediatamente a su mujercita allá en la lejana Albión –mal hecho– la cual evidentemente le había puesto a parir y le había conminado a poner el asunto en manos de la policía –una idea más horrible aún, y menos en Hong Kong–.  En fin, para hacer corta una larga historia, en la comisaría local un aburrido policía, tras escuchar su historia, le mandó al hospital a hacerse un análisis, que una vez revelado descubrió ligeros trazos de Rohipnol aún navegando entre sus glóbulos rojos.  Tras acojonarle un buen rato con los implicaciones legales de contratar los servicios de una prostituta –“la tía era una profesional”, me contaba, “dejó tirados en la habitación unos cuantos envoltorios de condones y algunas botellas vacías del minibar”– al parecer su intachable reputación de honorable hombre de negocios prevaleció sobre las sospechas iniciales, y pasaron a darle la bienvenida al club de los drogados-por-fulanas-para-robarte-hasta-el-hígado.  Debe de ser una actividad recreativa bastante de moda en Hong Kong, aunque en Shanghai yo no he oído hablar de ella, sea porque no existe –los laowais locales debemos ser tan idiotas que no hace falta ni echarnos droga en la bebida para robarnos– o porque nos callamos todos como putas, y nunca mejor dicho, y no vamos contando por ahí este tipo de cosas.ojo con las copas

En estas estábamos cuando se nos acercó Joy, alegre y combativa como siempre, para saludarme y ver de paso si caía algo.  “¿Este es tu amigo?” preguntó, inocentemente.  “Sí, pero no bebe”, contesté sin poder reprimirme, lo que tuvo el inmediato efecto de que el inglés pusiera pies en polvorosa mientras nos dedicaba una mueca de profundo disgusto.  “Anda, y a éste qué le pasa…” comentó la buena de Joy, un poco sorprendida por el exabrupto.  “Los ingleses, que son muy raros, déjalo.  ¿Quieres tomar algo?”

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