MEI MEI Y YO
“Mei Mei es pequeña, peluda, suave; tan blanda por fuera, que se diría toda de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.”
Mei Mei es una chica de bar. Una chica cualquiera de un bar cualquiera del Tongren Strip de Shanghai. Su misión en la vida, al menos por el momento, es hacer que los clientes del bar donde trabaja, laowais en su mayoría, consuman tragos hasta perder la cuenta, y al mismo tiempo la inviten a carísimas copas de gaseosa con colorines -de las cuales también es bueno que pierdan la cuenta-. Ella y sus amigas del bar se llevan una comisión de todo el consumo “generado” de esta peculiar manera. De vez en cuando, y para redondear sus ingresos, Mei Mei se acuesta con alguno de ellos, pero no con cualquiera. Para dichos menesteres tiene una agenda oculta, que no comparte con nadie. Mei Mei es joven, “neumática” sin llegar a regordeta, guapa de cara y sobre todo alegre, muy alegre. Sólo sus ojos, a veces fríos como el acero, indican que debajo de la capa de hedonismo y superficialidad yace una persona con intereses diferentes.
“La dejo suelta y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… La llamo dulcemente: “¿Mei Mei?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…”
La conocí en el bar donde trabaja desde hace largo tiempo, cosa inusual en estas chicas, que suelen cambian de bar como de bragas. Congeniamos pronto y pasábamos buenos ratos juntos -si uno consigue obviar lo que le está costando la broma, eso es-, así que pronto me acostumbré a matar el tiempo en su bar mientras esperaba que la noche avanzara lo suficiente como para poblar de almas tenebrosas los bares de unos metros más allá. Nos hacíamos las típicas bromas picantes, pero ella nunca insinuó que quisiera algo más conmigo, ni yo le tiré los tejos abiertamente; al fin y al cabo estábamos bien así. Un buen día que la concurrencia del bar estaba floja, me dijo que quería ir a un karaoke conmigo. Sin más preparativos para allá que nos fuimos, y cuando ya llevábamos un buen rato haciendo el ganso me preguntó “¿a dónde vamos ahora?”. “A tu casa”, contesté sin demasiada malicia, pero debió ser suficiente puesto que terminamos la noche en una deliciosa mezcolanza de piel, sudor, saliva y… eso. A partir de entonces, Mei Mei se convirtió en una de las más fieles entradas de mi agenda, que nunca me ha presionado para que vaya a estar con ella pero tampoco ha fallado jamás en estar disponible cuando la situación o el humor del caballero lo requieren.
“Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel…”
Las noches con Mei Mei son amenas y divertidas. Cuando decido salir con ella casi siempre nos vamos primero a cenar, al sitio que ella elige. Tiene un paladar medianamente fino y exigente -causante sin duda en buena medida de sus exquisitas redondeces-, por lo que rara es la noche que cenamos mal. Después nos vamos a conocer algún bar nuevo que le han recomendado sus amigas, donde bebemos y bailamos despreocupadamente mientras observamos la bohemia vida de Shanghai la nuit pasar a nuestro alrededor. Cansados y satisfechos, nos retiramos por fin a mi hotel -las menos veces- o a su domicilio, una entrañable habitación en el piso bajo de esas casas chinas compartidas por innumerables vecinos en el antiguo barrio francés. Me encanta pelear por las mañanas por un rato de intimidad en el baño comunal, o pasearme, tras una relajante ducha -es un decir-, sin más atuendo que una toalla a la cintura, por el pasillo que conduce desde el cuarto de baño a la habitación de Mei Mei. Cuando me cruzo con algún vecino nunca recibo una mala mirada, por lo que mantengo fundadas sospechas de que no soy el único laowai que ven circular por ese pasillo. Menos mal que no soy celoso -¿en China? habría que ser suicida-.
“Es tierna y mimosa igual que un niño, que una niña…; pero fuerte y seca por dentro, como de piedra… Cuando paseo con ella, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándola:
- Tiene acero…”
A veces Mei Mei se pone tierna, y dejándose llevar por la languidez postcoital, la cabeza sobre mi hombro y un brazo cruzado sobre mi pecho, me hace confidencias. Me habla de Johnny, el estúpido piloto de British Airways que piensa que es toda suya, o de Frank, el alemán retirado que le ha prometido el dinero necesario para abrir una tienda de ropa. Cuando habla de su tienda, a Mei Mei se le ponen los ojos soñadores, tal vez incluso un poco acuosos. Entonces me pregunta “¿tú crees que Frank me dará el dinero para la tienda?”. Yo, que soy un poco crápula pero no me gusta reírme de la gente, me suelo quedar piadosamente callado. Tras un rato de silencio, ella deshace el abrazo y se queda mirando al destartalado techo de su habitación, la mirada dura como el pedernal, calculando cuántos idiotas más tendrán que pasar por esa cama hasta juntar el dinero para la tienda.
“Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.”
-Si don Juan Ramón Jiménez levantara la cabeza, me mataría, sin duda. Valga como imperfecta excusa que a los residentes de larga duración en China se nos termina yendo la pinza de forma irreversible. Va por usted, maestro.-




