Oh! China
El lado canalla de la China

Archive for April, 2009

30
Apr

LOLITA

Posted in Gentes  by Josema

“Sólo una copa, y a casa” me prometí a mi mismo mientras entraba ayer noche al disco-bar de mi barrio, mortalmente cansado tras una maratoniana jornada visitando gilipollas potenciales clientes y chuparme trescientos kilómetros de coche.  Eran las diez de la noche, había cenado ya con la tropa antes de mandarlos a casa, y me apetecía relajarme un poco (cada uno se relaja como quiere, digo yo).  Mí mismo y yo entramos en el bar, me senté en la barra, al mirar a mi derecha me encontré de sopetón a Xue, mirándome boquiabierta, y allí se jodió todo.

Xue es algo así como mi Lolita particular -es que uno no se priva de nada, ya ven- con la diferencia de que no es la hija de mi casera a la que trato de seducir, sino una simpática chavalita asidua a este bar y con más peligro que un “nublao”.  La niña tendrá apenas veinte años, si es que los tiene, una apariencia angelical, unos ojazos tremendos que miran al mundo con sorpresa y unos morritos que están diciendo cómeme.  Entre sus habilidades -que yo conozca- figuran el jugar bastante mal al mentiroso y el beber como un sargento de cosacos en noche de juerga, generosamente ayudada por la Visa de su querido padre.  Tiene sin embargo y para su juventud un saque tremendo, con el cual reconozco sin rubor que una noche fue capaz de tumbar a tragos a un reconocido borracho como el que suscribe (eh, pero ya venía servido de antes).  La conocí en mi época de soltero en este pueblecillo, cuando amenizaba mis solitarias noches en este garito libando ingentes cantidades de cerveza y procurando que no me dejaran ciego los láseres verdes estilo años setenta, mientras pegaba la hebra con las camareras y ocasionales go-gós -siempre escasas de ropa- que de vez en cuando tenía a bien contratar el generoso dueño del local para entretener a la muchedumbre.  Ella siempre venía sola y salía de igual manera, a pesar de que conocía a la mayoría de los parroquianos y departía alegremente con unos y otros, repartiendo brindis y sonrisas.  Más que por aburrimiento que por otra cosa, comencé a jugar a los dados con ella, y mi dieta líquida cambió drásticamente del zumo de cebada al Chivas con té verde.  Donde fueres, haz lo que vieres, que decía mi abuela.

LolitaAunque no se lo crean, nunca albergué intenciones libidinosas respecto a Xue, en primer lugar porque literalmente podría ser mi hija y uno hace ya tiempo que cerró la guardería, y luego porque esto es un pueblo asqueroso donde todo, absolutamente todo lo que hagas, por nimio que sea, a los cinco minutos ha salido en el telediario local, y no está el horno para maledicencias.  Así que de tal modo y manera fuimos desarrollando una casta relación, basada en el alcohol, los dados y poco más, ya que en el bar la música está siempre a niveles atronadores y la niña no hablaba más que chino de carreras.  Un servidor, que a estas alturas de mili está ya medio sordo y de chino anda raspandillo, cada vez que la criatura me hablaba a grito pelado me limitaba a sonreír y murmurar una respuesta afirmativa o negativa, según le viera la intención en el rabillo del ojo.  No se crean, es sorprendente el porcentaje de aciertos que puede uno llegar a obtener con la práctica.

Poco a poco, sin embargo, la relación fue evolucionando y comenzamos a mandarnos mensajes para ver si íbamos al bar esa noche y coincidir.  Reconozco que las noches que habíamos quedado me invadía un sentimiento anticipado de cierta excitación, a pesar como digo de que nuestra relación era lo más parecido a la del arcángel San Gabriel y la virgen María (en versión alcohólica), pero en fin, se ve que el programa cerebral del ser humano no evoluciona lo más mínimo, y una hembra es una hembra aquí y en Sebastopol, independientemente de su edad y condición.  Recuerdo que incluso un día Xue me invitó a cenar y aprovechó para contarme su vida, de la que pude medio entender que era hija de un potentado magnate de una empresa bastante conocida en China, que su padre la había poco menos que repudiado por ser chica y no el varón que él deseaba y esperaba, que su madre había fallecido cuando ella era aún pequeña, y que ahora vivía con su hermana mayor apartada en este villorrio, haciendo como que trabajaba y viviendo en realidad de las generosas cantidades que su lejano padre depositaba mensualmente en su cuenta corriente.  Curiosamente, no me preguntó casi nada de mi vida privada, y yo tampoco soy de los que van por ahí pregonando sus andanzas, así que lo dejé correr y no le di más importancia.  También, muchos días ya no nos despedíamos a la puerta de la disco al filo de la medianoche, que es cuando cierran, sino que íbamos a alguno de esos locales indescriptibles que no chapan en toda la noche y que aunque les parezca mentira existen en este pueblo.  Allí alargábamos la velada fácilmente un par de horas más, siempre con terrible quebranto de mi salud y mi rendimiento al día siguiente, pero qué coño, ya dormiré cuando esté muerto.  Invariablemente sin embargo, ella se iba a su casa y yo a la mía en taxis diferentes, manteniendo la relación en unos límites pudorosos pero confortables, al menos para mí.  Hasta que una noche, en una de esas y por sorpresa, me dijo que quería ver mi apartamento.

Sin pensármelo mucho, desconecté el canal de radio con mi ángel de la guarda y le dije que sí.  En el taxi apenas hablamos, y por supuesto para nada nos tocamos, como si fuéramos dos adolescentes primerizos (de los de antes, evidentemente).  Yo la verdad estaba encantado con la situación, ya que por si ustedes no lo han notado soy uno de los bichos más curiosos y traviesos de la creación, y me moría de ganas por saber en qué acabaría el asunto.  Subimos jadeando los cinco pisos sin ascensor -delicias de la vida rural- y mi coqueto apartamento de soltero temporal nos recibió fresquito y confortable, gracias a mi sabia previsión de dejar el aire acondicionado encendido cuando me voy de copas en mitad de Julio.  Antes de que pudiera ofrecerle nada de beber se dedicó a revisar la casa como toda hembra que se precie.  Entró sin cortarse en la cocina, el baño, el despacho, mi habitación -la tensión crecía por momentos-…y entonces vio la foto de mi hijo el pequeño en la mesilla y se quedó de muestra.  “¿Tienes hijos?” “Ya ves” “¿O sea que… estás casado?”. “Tú qué crees”, contesté un poco irónicamente, más que nada para abreviar una larga historia.  La tensión se desmoronó al instante y estalló en mil dolorosos pedazos, como un jarrón de la dinastía Ming al romperse contra el suelo.  Se quedó frente a mí inmóvil y con la cabeza baja, los brazos caídos sin fuerza, como una triste muñeca rota olvidada por su dueño.  Le levanté la barbilla suavemente y rocé sus labios con los míos, apenas nada, una leve caricia.  Estaba temblando y murmurando palabras ininteligibles en chino.  Por fin, se dio media vuelta y se fue, declinando con una doliente sonrisa mi ofrecimiento de acompañarla a su casa.

Ayer hacía más de seis meses que no estábamos juntos, desde la noche de autos.  Durante este tiempo me ha estado mandando mensajes con cierta asiduidad para que nos veamos, ofrecimiento que yo he declinado siempre amablemente, ya que mi señora reside actualmente en la localidad y uno tiene bastante aprecio hacia su propia integridad física.  Tampoco suelo ir de bares por aquí, lo de ayer fue una excepción, así que no habíamos vuelto a coincidir.  Y bueno, estaba claro que los dos estábamos revoltosos esa noche, así que una vez recobrados de la sorpresa y encantados de volver a vernos, nos trincamos la botella de Chivas reglamentaria, jugamos a los dados y todo parecía haber vuelto a la normalidad de los viejos tiempos.  Poco a poco sin embargo comencé a notar que algo no iba bien.  Xue se arrimaba a mí mucho más de lo normal en ella, me tocaba, me abrazaba, me cogía de la mano, me presentaba a todo el mundo… y era evidente que se estaba cogiendo una moña tremenda, como yo nunca le había visto.  Nos quedamos los últimos, mi corbata, de la que me había desprendido para estar más cómodo y dado a alguien, no aparecía por ningún lado, Xue estaba montando una bronca descomunal a los camareros… en fin, un poco harto pero pertrechado de paciencia oriental pude por fin a duras penas arrastrarla hasta el coche, con la idea de llevarla a su casa y entregar los despojos a su santa hermana.  Una vez sin embargo dentro del vehículo, y antes incluso de que pudiera arrancar, Xue se puso a llorar como una magdalena, maldiciendo de forma inconexa la hora en que me había conocido, la circunstancia de que yo fuera extranjero en un pueblo como éste y el hecho científico de que nos lleváramos casi treinta años de diferencia.  Estaba guapísima, arrebatadora con las lágrimas corriéndole por las mejillas, el rímel corrido pero hasta con estilo, los labios hinchados por el llanto y la congoja.  La abracé y coloqué su cabeza sobre mi hombro, más que molesto tremendamente excitado ante la situación… y entonces me encontré en el espejo retrovisor con la mirada de mi ángel de la guarda, indolentemente recostado en el asiento trasero, con cara de aburrimiento y gesto de indudable reprobación.  “Joder Josema, cómo las eliges”, me dijo sin palabras.  Con un suspiro de desánimo, volví a colocar a Xue en su asiento, arranqué el coche y la llevé a su casa.

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28
Apr

PUTAS DE PUEBLO

Posted in Gentes  by Josema

Putas de puebloChina es bastante más que los glamourosos edificios del nuevo barrio financiero de Beijing, o que el trepidante ritmo y el opresivo paisaje de neón y rascacielos de Shanghai.  Tan pronto como se excava  la refulgente superficie, y a menudo hace falta rascar muy poco, aparece la fea cara de la miseria física y moral, la pobreza ancestral, la degradación humana elevada a cotas de las que no podemos -o no queremos- acordarnos ya.

Un servidor siempre ha sido un curioso espectador de los tiempos que por suerte o por desgracia le ha tocado vivir, y quiero pensar que también un gran observador de mis congéneres de raza humana, por lo que a menudo intento ir más allá de las meras apariencias, profundizando en la grandeza y miserias (sobre todo las miserias) de las gentes y los lugares donde vivo.  Añadan a esto una imaginación calenturienta, y el resultado son historias como las que pueden leer en este blog.  Cómo me las arreglo sin embargo para caer siempre en lo más bajo, esa fascinación que me pierde por lo cutre y lo rastrero, es algo que no les puedo explicar y de lo que hay veces que me avergüenzo sobremanera, pero en fin, me consuelo pensando que hubiera hecho un buen guionista en Hollywood.

Como a todo hay quien gana, y además muchas veces cuentan con la baza de jugar en casa, hoy les presento, cortesía de Danwei, a un artista llamado Zhao Tielin, cuyo salvaje realismo para retratar personajes me da una envidia increíble.  Semejante habilidad y sensibilidad no suele venir casi nunca regalada, así que para adquirirlas el señor Zhao se las arregló para nacer en plena “Revolución Cultural”, tener un padre en la cárcel y una madre que terminó suicidándose, harta ya suponemos de tanta malaventura.  El resultado de semejante bagaje vital y cultural lo pueden ver en sus fotografías, que magistralmente retratan los estratos más bajos de la sociedad china:  putas, emigrantes, campesinos… lo mejor de cada casa.  También escribe relatos, que sólo por poder leerlos dan ganas de aprender chino en serio.  Aquí, les dejo una muestra de sus fotos, el resto lo pueden ver en la página de sus álbumes.

Las fotos de arriba se las he tomado prestadas al señor Bao Kun, amigo de Zhao Tielin embarcado en un proyecto para reunir fondos y poder tratar la grave enfermedad del artista.  Ya quisiéramos muchos tener amigos como éste.

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25
Apr

ANTE LA DUDA…

Posted in Tatuajes  by Josema

Ante la duda

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23
Apr

EN UNA HABITACION DE HOTEL

Posted in Costumbres  by Josema

Hay días en los que uno se levanta vanidoso y piensa que ha cometido muchas tropelías en una habitación de hotel, si las moquetas hablaran, y todas esas tonterías.  Más tarde, cuando la humildad aflora y la sensatez hace volver las aguas a su cauce, entonces reconoce que es un mero aficionado comparado con las estrellas del rock, del deporte, actores y actrices y toda esa fauna cuyo hobby consiste en destrozar habitaciones de hotel, cuanto más caras mejor.

Que conste de todas formas que en algunos hoteles me deben considerar como perteneciente a esta última categoría, dadas las astronómicas sumas que me hacen depositar como fianza, y que me dejan la Visa temblando unos cuantos días.  Luego total mi tarjeta de visita se reduce al mini-bar vacío, todas, absolutamente todas las toallas y albornoces utilizados -muchas veces con manchas indescriptibles-, y unos cuantos condones de diversas texturas y colores esparcidos por doquier (no es fantasmada, es que uno a veces es caprichosillo y cambia de actividad con frecuencia).  Ah, y cuando voy con mi señora, que a veces también lo hago para variar, desaparecen todos y cada uno de los cachivaches esos tan monos que ponen en el cuarto de baño, cuanto más inútiles mejor -sólo perdona el secador de pelo, y porque está anclado a la pared- pero en fin, la perdono porque es de pueblo.

En cualquier caso un servidor, mi señora e incluso la gente esa de la que hablábamos antes, somos auténticos pardillos comparados con lo que pueden llegar a hacer en China los inquilinos de una habitación de hotel.  Parece mentira el partido que se le puede sacar a una habitación cutre y suponemos que barata, menuda envidia que me dan… tengo que tomar nota para la próxima vez.

La serie de fotos anterior está circulando estos días con fuerza por todos los blogs chinos que se precien.  No se sabe muy bien de dónde han salido, yo por si acaso se las he fusilado a Danwei.  De nada.

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21
Apr

LA CHICA DE LUOYANG

Posted in Gentes, Lugares  by Josema

Luoyang es una pintoresca ciudad de la provincia de Henan, famosa al parecer entre los chinos y algunos turistas avezados por diversas cosas:  Unas hermosas cuevas esculpidas con unos budas grandotes y pretendidamente antiguos, un excitante museo de tumbas antiguas, delicias gastronómicas de exóticos nombres y sabores, y sobre todo peonias, montones de peonias, que debe ser como la flor nacional de China o algo así.  Cerca de Luoyang está también el famoso monasterio Shaolin, cuna del kung-fu chino, donde el protagonista de la famosa serie homónima de TV malgastaba su tierna infancia intentando ser uno con la naturaleza y recibiendo leches a mansalva de un maestro ciego que despectivamente le llamaba “pequeño saltamontes”.  Si no sabe de qué coño estoy hablando no se preocupe, son cosas de épocas remotas, de las que sólo los más viejos del lugar nos acordamos y sin las que puede usted vivir perfectamente.

De todas estas cosas me he ido enterando con el devenir del tiempo;  cuando yo visitaba Luoyang, para mí no era otra cosa que un agujero infecto “in the middle of nowhere”, como dicen los yanquis, sin aeropuerto y jodidamente difícil de acceder -vaya noches en literas de tren durísimas, causantes sin duda de mis múltiples afecciones de espalda- y sin nada remotamente digno de llamarse “bar”, al menos según los estándares a los que estaba yo acostumbrado por aquel entonces.  Visité la ciudad no pocas veces, en un desesperado y a la postre vano intento de colocar una máquina carísima a ignorantes aldeanos cuya única preocupación era la tajada que podían sacar de la operación en forma de “under-the-table money”.  La misma mierda de siempre, vamos.

Con semejantes antecedentes no es de extrañar que cuando aquella noche llegamos al rancio hotel de Luoyang que mi ingeniero jefe había elegido para nosotros, tras una maratónica pero infructuosa sesión de negociaciones con nuestras víctimas potenciales, no tenía yo el cuerpo para muchas alegrías.  Por no faltar a la costumbre, sin embargo, y más que nada por mantener el entrenamiento -semilla de todo éxito, se lo digo yo-, ordené a mi acompañante nativo que buscara en la vecindad algo parecido a un bar para tomar un trago y ahogar las penas en té con hielo.  Tras un somero estudio de mercado por los alrededores, cinco minutos más tarde me informó alegremente de que según sus confidentes, el bar más prometedor estaba precisamente en nuestro hotel, así que con alguna prevención y desde luego sin ninguna esperanza de encontrar algo demasiado decente, para allá que nos fuimos.

Chica de LuoyangCuando entramos al supuesto bar, casi me como al chino con patatas.  Aquello era el cuchitril más asqueroso e inmundo que he visto jamás -y mira que he visto unos pocos-, un tabuco miserable y sin ventanas, con una iluminación propia de una sala de reuniones de la ONCE, unos muebles por los que había pasado el culo de al menos siete generaciones de chinos, y una moqueta llena de manchas indescriptibles que animaba más a vomitar sobre ella que a pisarla.  Para terminar de arreglar la escena, el presunto establecimiento hostelero estaba completamente vacío, con la excepción de dos lacónicas muchachas que debían hacer el papel de camareras, y que enfrascadas en su propia conversación como estaban, no mostraron el menor entusiasmo al vernos entrar.  Mi estimado chino, que para algunas cosas resultaba ser bastante listo, decidió rebajar las probabilidades de ser asesinado que iba adquiriendo por momentos, y rápidamente se apresuró a pedir unas cervezas al mismo tiempo que solicitaba a las chicas, más imperiosa que amablemente, que hicieran el favor de sentarse a nuestra mesa.

“From lost to the river”, pensé, ya sin fuerzas ni para enfadarme, y mientras mi acompañante se enfrascaba con las mozuelas en una conversación aparentemente insulsa, me dediqué a trasegar cervezas esperando que actuaran al menos como anestésico y me permitieran dormir plácidamente aquella noche, olvidándome de tanto infortunio acumulado.  Sin embargo y como suele decir mi hijo el mayor, que a pesar de su tierna juventud lleva camino de convertirse en un acreditado filósofo, “no hay mujeres feas, sino copas de menos”, y bien cierto resultó ser en esta ocasión, ya que aunque una de las rústicas mozuelas exhibía una fealdad más que notable incluso para un pueblo, la otra, a medida que iban cayendo cervezas, iba adquiriendo a mis ojos tintes incluso de potencial belleza -hay que ver lo que hace la desesperación-.  Ella a su vez también se iba animando, probablemente fruto de la curiosidad -ver un laowai por aquellos pagos debía ser algo así como encontrarte un oso panda en tu cuarto de baño al levantarte por la mañana-, y empezó a preguntarle a mi chino cosas sobre mí, si estaba soltero, si tenía mucho dinero, en fin, la inocente curiosidad de siempre.  Era una morenita de pelo y ojos más negros de lo habitual, con cara poco achinada, bastante joven y de altura y peso perfectos, y llevaba un vestido azul de punto hasta por encima de la rodilla que se le ajustaba al cuerpo de manera asaz sugerente y por momentos hasta provocativa.  Estropeaba todo con unas botas altas de color negro, piel falsa y horrible hechura, pero en fin, como diría el otro, nadie es perfecto.  Así transcurría plácidamente la velada, hasta que en un momento dado, fruto natural de la ingestión de innumerables cervezas, manifesté mi intención de ir al baño a resolver necesidades naturales.

La morenita se levantó como impulsada por un resorte y dijo que ya me acompañaba ella, que el servicio de caballeros estaba en el tercer piso.  Un poco divertido por la situación, le dejé que me acompañara para no perderme, y entonces, para mi sorpresa y estupor, en los diez segundos que duraba el viaje me miró a los ojos, se pegó a mí y me administró el repaso más a fondo y más excitante que me han dado en mi vida, al menos dentro de un ascensor.  Llegados al baño conseguí a duras penas realizar mis necesidades fisiológicas -se pueden imaginar el porqué- y cuando salí me estaba esperando en la puerta, donde sin ambages ni rodeos me propuso subir conmigo a mi habitación para darme un masaje.  “¿Sólo un masaje?” pregunté estúpidamente, más que nada por recuperar la iniciativa, a lo que con la típica mirada de no-seas-tonto respondió “meikalov, vely guda”, lo que traducido al castellano significa lo que ustedes ya saben.  Adiviné, sin duda correctamente, que mi ingeniero jefe haría de todo menos echarme de menos, así que directamente nos fuimos a mi habitación, no sin disfrutar de otra libidinosa sesión de exploración -esta vez mutua- durante el viaje de subida, un poco más largo que el anterior.

La morenita, de cuyo nombre no quiero acordarme -ni aunque quisiera, no tenía nombre de guerra en inglés y yo para los nombres chinos soy fatal- resultó ser un diamante en bruto.  Llevaba eso sí unas bragas como para fusilarla al amanecer de horteras que eran, con un águila o algo similar bordado en duro sobre el encaje, lo que debía resultar incomodísimo pero para ella sin duda constituía el colmo del erotismo.  Por lo menos eran negras, mi color favorito, así que no me resultó demasiado difícil el perdonárselo.  Recuerdo que la chavala desconocía en absoluto el noble arte de la depilación corporal y tenía un poco más de vello que la mayoría de las chinas, de color más oscuro o casi negro, por lo que resultó una refrescante variación sobre la monotonía habitual.  Era en fin alegre, entusiasta y dicharachera, por lo que consiguió sin dificultad que un servidor remontara su tenebrosa actitud de unos momentos antes, y que pasáramos un buen rato juntos.  Me dejó tirado como una colilla a las dos horas de comenzar la faena, con la excusa de que su jefe no le permitía estar más rato en las habitaciones.  Aunque aún me quedaba algo de miel en los labios, estaba mortalmente cansado después de tan miserable día, así que no insistí mucho para que se quedara.  Como consuelo, me dejó su número de teléfono, que deseché más tarde como habitualmente suelo hacer, y la vaga promesa de visitarme en Shanghai algún día.  Andando el tiempo la recordé más de lo que yo quisiera reconocer, y tal vez me arrepentí de no haber guardado aquel número.  Pero en fin, así es la vida.

A la mañana siguiente, según iba ya por el pasillo para hacer el check-out, se abrió la puerta de la habitación de mi ingeniero jefe y por ella asomó la otra chica que estaba con nosotros en el bar.  Tuve que aguantarme una carcajada mientras la chica se ponía colorada y corría escaleras abajo, a la vez que este humilde mortal reconocía una vez más que jugar en campo propio tiene sin duda sus ventajas.  Al menos el caballero había disfrutado durante toda una noche de los favores de la damisela, mientras yo me tuve que conformar con un par de horas… pero qué caramba, la mía era más guapa.  Con diferencia.

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