LOLITA
“Sólo una copa, y a casa” me prometí a mi mismo mientras entraba ayer noche al disco-bar de mi barrio, mortalmente cansado tras una maratoniana jornada visitando gilipollas potenciales clientes y chuparme trescientos kilómetros de coche. Eran las diez de la noche, había cenado ya con la tropa antes de mandarlos a casa, y me apetecía relajarme un poco (cada uno se relaja como quiere, digo yo). Mí mismo y yo entramos en el bar, me senté en la barra, al mirar a mi derecha me encontré de sopetón a Xue, mirándome boquiabierta, y allí se jodió todo.
Xue es algo así como mi Lolita particular -es que uno no se priva de nada, ya ven- con la diferencia de que no es la hija de mi casera a la que trato de seducir, sino una simpática chavalita asidua a este bar y con más peligro que un “nublao”. La niña tendrá apenas veinte años, si es que los tiene, una apariencia angelical, unos ojazos tremendos que miran al mundo con sorpresa y unos morritos que están diciendo cómeme. Entre sus habilidades -que yo conozca- figuran el jugar bastante mal al mentiroso y el beber como un sargento de cosacos en noche de juerga, generosamente ayudada por la Visa de su querido padre. Tiene sin embargo y para su juventud un saque tremendo, con el cual reconozco sin rubor que una noche fue capaz de tumbar a tragos a un reconocido borracho como el que suscribe (eh, pero ya venía servido de antes). La conocí en mi época de soltero en este pueblecillo, cuando amenizaba mis solitarias noches en este garito libando ingentes cantidades de cerveza y procurando que no me dejaran ciego los láseres verdes estilo años setenta, mientras pegaba la hebra con las camareras y ocasionales go-gós -siempre escasas de ropa- que de vez en cuando tenía a bien contratar el generoso dueño del local para entretener a la muchedumbre. Ella siempre venía sola y salía de igual manera, a pesar de que conocía a la mayoría de los parroquianos y departía alegremente con unos y otros, repartiendo brindis y sonrisas. Más que por aburrimiento que por otra cosa, comencé a jugar a los dados con ella, y mi dieta líquida cambió drásticamente del zumo de cebada al Chivas con té verde. Donde fueres, haz lo que vieres, que decía mi abuela.
Aunque no se lo crean, nunca albergué intenciones libidinosas respecto a Xue, en primer lugar porque literalmente podría ser mi hija y uno hace ya tiempo que cerró la guardería, y luego porque esto es un pueblo asqueroso donde todo, absolutamente todo lo que hagas, por nimio que sea, a los cinco minutos ha salido en el telediario local, y no está el horno para maledicencias. Así que de tal modo y manera fuimos desarrollando una casta relación, basada en el alcohol, los dados y poco más, ya que en el bar la música está siempre a niveles atronadores y la niña no hablaba más que chino de carreras. Un servidor, que a estas alturas de mili está ya medio sordo y de chino anda raspandillo, cada vez que la criatura me hablaba a grito pelado me limitaba a sonreír y murmurar una respuesta afirmativa o negativa, según le viera la intención en el rabillo del ojo. No se crean, es sorprendente el porcentaje de aciertos que puede uno llegar a obtener con la práctica.
Poco a poco, sin embargo, la relación fue evolucionando y comenzamos a mandarnos mensajes para ver si íbamos al bar esa noche y coincidir. Reconozco que las noches que habíamos quedado me invadía un sentimiento anticipado de cierta excitación, a pesar como digo de que nuestra relación era lo más parecido a la del arcángel San Gabriel y la virgen María (en versión alcohólica), pero en fin, se ve que el programa cerebral del ser humano no evoluciona lo más mínimo, y una hembra es una hembra aquí y en Sebastopol, independientemente de su edad y condición. Recuerdo que incluso un día Xue me invitó a cenar y aprovechó para contarme su vida, de la que pude medio entender que era hija de un potentado magnate de una empresa bastante conocida en China, que su padre la había poco menos que repudiado por ser chica y no el varón que él deseaba y esperaba, que su madre había fallecido cuando ella era aún pequeña, y que ahora vivía con su hermana mayor apartada en este villorrio, haciendo como que trabajaba y viviendo en realidad de las generosas cantidades que su lejano padre depositaba mensualmente en su cuenta corriente. Curiosamente, no me preguntó casi nada de mi vida privada, y yo tampoco soy de los que van por ahí pregonando sus andanzas, así que lo dejé correr y no le di más importancia. También, muchos días ya no nos despedíamos a la puerta de la disco al filo de la medianoche, que es cuando cierran, sino que íbamos a alguno de esos locales indescriptibles que no chapan en toda la noche y que aunque les parezca mentira existen en este pueblo. Allí alargábamos la velada fácilmente un par de horas más, siempre con terrible quebranto de mi salud y mi rendimiento al día siguiente, pero qué coño, ya dormiré cuando esté muerto. Invariablemente sin embargo, ella se iba a su casa y yo a la mía en taxis diferentes, manteniendo la relación en unos límites pudorosos pero confortables, al menos para mí. Hasta que una noche, en una de esas y por sorpresa, me dijo que quería ver mi apartamento.
Sin pensármelo mucho, desconecté el canal de radio con mi ángel de la guarda y le dije que sí. En el taxi apenas hablamos, y por supuesto para nada nos tocamos, como si fuéramos dos adolescentes primerizos (de los de antes, evidentemente). Yo la verdad estaba encantado con la situación, ya que por si ustedes no lo han notado soy uno de los bichos más curiosos y traviesos de la creación, y me moría de ganas por saber en qué acabaría el asunto. Subimos jadeando los cinco pisos sin ascensor -delicias de la vida rural- y mi coqueto apartamento de soltero temporal nos recibió fresquito y confortable, gracias a mi sabia previsión de dejar el aire acondicionado encendido cuando me voy de copas en mitad de Julio. Antes de que pudiera ofrecerle nada de beber se dedicó a revisar la casa como toda hembra que se precie. Entró sin cortarse en la cocina, el baño, el despacho, mi habitación -la tensión crecía por momentos-…y entonces vio la foto de mi hijo el pequeño en la mesilla y se quedó de muestra. “¿Tienes hijos?” “Ya ves” “¿O sea que… estás casado?”. “Tú qué crees”, contesté un poco irónicamente, más que nada para abreviar una larga historia. La tensión se desmoronó al instante y estalló en mil dolorosos pedazos, como un jarrón de la dinastía Ming al romperse contra el suelo. Se quedó frente a mí inmóvil y con la cabeza baja, los brazos caídos sin fuerza, como una triste muñeca rota olvidada por su dueño. Le levanté la barbilla suavemente y rocé sus labios con los míos, apenas nada, una leve caricia. Estaba temblando y murmurando palabras ininteligibles en chino. Por fin, se dio media vuelta y se fue, declinando con una doliente sonrisa mi ofrecimiento de acompañarla a su casa.
Ayer hacía más de seis meses que no estábamos juntos, desde la noche de autos. Durante este tiempo me ha estado mandando mensajes con cierta asiduidad para que nos veamos, ofrecimiento que yo he declinado siempre amablemente, ya que mi señora reside actualmente en la localidad y uno tiene bastante aprecio hacia su propia integridad física. Tampoco suelo ir de bares por aquí, lo de ayer fue una excepción, así que no habíamos vuelto a coincidir. Y bueno, estaba claro que los dos estábamos revoltosos esa noche, así que una vez recobrados de la sorpresa y encantados de volver a vernos, nos trincamos la botella de Chivas reglamentaria, jugamos a los dados y todo parecía haber vuelto a la normalidad de los viejos tiempos. Poco a poco sin embargo comencé a notar que algo no iba bien. Xue se arrimaba a mí mucho más de lo normal en ella, me tocaba, me abrazaba, me cogía de la mano, me presentaba a todo el mundo… y era evidente que se estaba cogiendo una moña tremenda, como yo nunca le había visto. Nos quedamos los últimos, mi corbata, de la que me había desprendido para estar más cómodo y dado a alguien, no aparecía por ningún lado, Xue estaba montando una bronca descomunal a los camareros… en fin, un poco harto pero pertrechado de paciencia oriental pude por fin a duras penas arrastrarla hasta el coche, con la idea de llevarla a su casa y entregar los despojos a su santa hermana. Una vez sin embargo dentro del vehículo, y antes incluso de que pudiera arrancar, Xue se puso a llorar como una magdalena, maldiciendo de forma inconexa la hora en que me había conocido, la circunstancia de que yo fuera extranjero en un pueblo como éste y el hecho científico de que nos lleváramos casi treinta años de diferencia. Estaba guapísima, arrebatadora con las lágrimas corriéndole por las mejillas, el rímel corrido pero hasta con estilo, los labios hinchados por el llanto y la congoja. La abracé y coloqué su cabeza sobre mi hombro, más que molesto tremendamente excitado ante la situación… y entonces me encontré en el espejo retrovisor con la mirada de mi ángel de la guarda, indolentemente recostado en el asiento trasero, con cara de aburrimiento y gesto de indudable reprobación. “Joder Josema, cómo las eliges”, me dijo sin palabras. Con un suspiro de desánimo, volví a colocar a Xue en su asiento, arranqué el coche y la llevé a su casa.


