Oh! China
El lado canalla de la China

Archive for March, 2009

30
Mar

JIA LING

Posted in Gentes  by Josema

La señora llevaba ya más de media hora encerrada en el baño de mi casa, lo cual a todas luces era excesivo, incluso imaginando que se estaba empolvando la nariz antes de proceder a la pertinente sesión de sexo alcohólico y salvaje que no era difícil prever se avecinaba.  Así que en vista de la situación, considerando que yo también tenía perentorias necesidades fisiológicas que atender, y aprovechando que su silueta era visible en posición erguida delante del espejo -una veleidad del decorador, poner una puerta de cristal translúcido en el cuarto de baño- abrí la puerta sin mucha ceremonia -otro antojo del mismo fulano, poner una corredera sin cerrojo-, que al fin y al cabo para eso está uno en su casa.  La cara de Jia Ling me miró sorprendida desde el espejo con un rictus de terror, mientras iba adquiriendo un tono rosáceo que pronto se convirtió en rojo cereza, como si le hubiera subido la fiebre cuarenta grados de golpe.  Busqué sorprendido la razón de tan singular turbación, hasta que finalmente tuve que aguantar la risa al darme cuenta de que la buena señora tenía los pantalones y las bragas a la altura de los tobillos.  A eso le llamo yo empezar bien la noche.

Había conocido a Jia Ling apenas cinco horas antes en Malone’s, mi abrevadero favorito para reponer fuerzas antes de una dura noche de lenocinio y perdición.  Concentrado en mi hamburguesa y mi par de pintas habituales, no es que temblara precisamente de emoción cuando la señora de mi lado, una cuasi-cuarentona algo rechoncha y no excesivamente guapa empezó a darme palique, pero uno se educó en colegio de pago y sabe ser un señor cuando las circunstancias lo requieren -y también, por supuesto, porque nunca se sabe en que terminará una situación aparentemente insulsa-.  Observé que la buena mujer estaba acompañada por otros dos ejemplares del género femenino, una de ellas en no mucho mejor estado de conservación que ella, y la otra una chavalita de poco más de veinte increíblemente atractiva y elegante, que no pegaba absolutamente nada en compañía de semejantes matronas.  “Tienes una hija muy guapa”, le dije a Jia Ling con ánimo de sazonar un poco la situación y preparando mi esquiva de izquierda para el bofetón que se avecinaba, pero en su lugar lo único que provoqué fue una carcajada que motivó que media hora más tarde estuviéramos los tres en mi disco-bar favorito de aquel entonces, el tantas veces añorado y recordado Bourbon Street.

Jia LingUna vez allí, la bella jovenzuela se acodó en la barra con más estilo que un marinero de la séptima flota en noche de permiso, y obviando al resto de la concurrencia, incluidos nosotros, se dedicó a trasegar alcohol en cantidades absolutamente impropias de su corta edad.  Interesado hasta el tuétano por tan suicida comportamiento, intenté pegar hebra con la joven criatura y averiguar si tal vez podría yo ofrecer consuelo a sus sin duda innumerables penas, hasta que Jia Ling me informó desapasionadamente de que la bella mozuela era la querida de turno de un anciano y potentado japonés, que ella y su amiga se encargaban de pasearla de vez en cuando, que únicamente estaba siguiendo su pauta de comportamiento habitual en establecimientos públicos, y que mi actitud era sin duda la más apropiada para que encontraran mi cadáver flotando boca abajo en el HuangPu un par de días después.  Conmovido por semejante alegato, no me fue difícil ignorar a tan peligrosa hembra durante el resto de la noche, hasta que cocida como un piojo se dirigió finalmente y sin despedirse a su casa, acompañada por la tercera en discordia, que hasta entonces se había dedicado a escrutar a la parroquia de laowais maduros con un entusiasmo cuando menos sospechoso.  Jia Ling y un servidor, por nuestra parte, nos dirigimos a mi casa a tomar la última copa -tampoco hizo falta insistirle mucho-, donde aconteció el famoso incidente del cuarto de baño, que no fue sin embargo obstáculo para que sucediera lo que tenía que suceder.  Y es que uno es un animal de costumbres, qué caramba.

Entre las brumas alcohólicas del mediodía siguiente, Jia Ling me contó que había estado casada unos cuantos años con un ciudadano teutón, viviendo en algún lugar de Alemania en una casa con dos leones de piedra en la puerta -los hay con dos cojones- hasta que el buen señor había fallecido en accidente de tráfico y ella se había visto obligada a regresar a China.  Aquí estaba esperando la resolución legal del tema de la herencia, sin duda de singular cuantía y que la convertiría en una viuda alegre y sin preocupaciones económicas por el resto de sus días.  Mientras fingía que creía tan rocambolesca historia a pie juntillas, recordé vagamente de la noche anterior las carnes ya algo fofas y blandurrias de Jia Ling, estado sin duda perfectamente compatible con innumerables sesiones de bratwurst mit sauerkraut, por lo que sin duda su historia tenía, al menos en eso, ciertos visos de verosimilitud.  La historia del fallecimiento apestaba en cambio al conocido deporte del “recambio por un modelo más nuevo”, al cual los alemanes y americanos son dados con bastante asiduidad.  Lo que sí era cierto era que el susodicho alemán no era ningún depravado en la cama, o cuando menos la señora era mala alumna, puesto que para su edad era bastante sosa en lo que actividades gimnásticas se refiere, ya me entienden.  Visto que no había mucho más partido que sacar a la situación, nos despedimos como buenos amigos prometiendo llamarnos pronto, lo que al menos en mi caso significaba lo más cerca posible de la próxima glaciación.

Para mi sorpresa -relativa, como todo en esta tierra-, Jia Ling me llamó esa misma tarde, so pretexto de cenar juntos con sus dos amigas -traducción al chino:  tú pagas- y conocernos todos mejor tras la interesante noche que pasamos el día anterior.  La curiosidad que mató al gato, y algún día se me llevará a mí también por delante, me hizo aceptar con pocas o más bien ninguna prevención tan peregrino ofrecimiento, por lo que pasamos los cuatro una simpática velada en un establecimiento hostelero gracias a Dios no demasiado caro.  Un servidor sabe estar sumamente cordial cuando se lo propone, y yo estaba encantando con tan heterogénea concurrencia, así que lo pasamos bien.  Estuvimos después en casa de la niña mona aprendiendo cómo mima un anciano millonario -que obviamente estaba de viaje en la tierra del sol naciente o por ahí- a su joven querida, lugar donde confirmé mis sospechas de que servidor, aunque se nacionalice japonés, nunca tendrá por querida a una niña de veintitantos, y no lo digo sólo por las joyas y los abrigos de pieles.  Para animarme un poco nos fuimos todos de copas, pero al final la noche resultó ser un calco de la anterior, incluyendo la sesión de sexo con Jia Ling, en la que no ayudaron nada las trastadas de mi mente haciéndome ver cochinillos regordetes y retozones donde sólo había una china sudorosa y con incipientes pero ya inquietantes problemas de sobrepeso.  Creo que definitivamente debo dejar el alcohol.

Al día siguiente, resacoso y un tanto hastiado, comencé a observar en Jia Ling alarmantes síntomas de apalancamiento en mi humilde morada, por lo que me apresuré a sugerir una salida a comer algo y tomar de paso un poco de aire fresco.  “¿Podemos ir de compras?” preguntó ella inocentemente, a lo que respondí con un temerario “por supuesto” sin pensármelo mucho.  Error, craso error una vez más, y es que ni vivo ni muerto aprende uno, joder.  Comencé a darme cuenta del mismo cuando, ya en los grandes almacenes, de los más caros de Shanghai, la señora enfiló sin dudar hacia el stand de Chanel y se pilló sin vacilación aparente ni temblor de manos un perfume de a tres mil yuanes la pieza.  A éste siguieron otros tres o cuatro potingues de misterioso pero sin duda increíble efecto sobre el cutis, a juzgar por el precio que marcaban las etiquetas.  Por fin, frente a la caja registradora, se volvió y me dijo con suficiencia “¿pagas?”.  “No”.  Se quedó lívida.  “¿Cómo que no? ¿No has dicho que íbamos de compras?”.  “Tú compras, tú pagas, reina” contesté con cierta mala leche, mientras observaba de reojo los seis mil y pico yuanes que marcaba la caja.  Maldita sea, el jodido alemán debía de ser rico, y encima las acostumbraba mal.  “Además, no tengo dinero ni la tarjeta aquí”, argumenté estúpidamente, como para quitarle hierro al asunto.  “¿Cuánto tienes?”, preguntó, ya roja de rabia y vergüenza, mientras la cajera, deliciosamente bien adiestrada, desarrollaba un súbito interés en ordenar las cajas a su espalda.  “Trescientos, más o menos”.  “Dámelos”.  Se los di sin rechistar.  Dejó casi todas las cosas, quedándose con un triste par de cajitas para salvar la poca cara que le quedaba, y salimos a la calle.  Ni siquiera nos molestamos en decirnos nada, ella enfiló el camino de su casa y yo me fui directamente a emborracharme -otra vez-.

Volví a ver a Jia Ling en un par de ocasiones.  La primera de ellas de nuevo en Malone´s, donde me la tropecé una noche a bocajarro cuando ella entraba del brazo de un apuesto maromo, probablemente alemán de nuevo, alto, bien vestido y de indudable prestancia y estilo, a pesar de -o tal vez precisamente por ello- sus sesenta y pico años.  Jia Ling me miró rápidamente con un destello de triunfo en sus ojos, antes de llevárselo del brazo a un rincón más íntimo, lejos de mi incómoda presencia.  La segunda vez, unos cuantos meses después, me la encontré en el Manhattan, donde a pesar de ir ya bien servido de tés con hielo me impactó su aspecto sucio y desaliñado, los muchos kilos de más que evidentemente había ganado, y su cara abotargada por la grasa y el alcohol.  Me miró con ojos nublados, tambaleándose peligrosamente de un lado a otro, balbuceando a duras penas un “¿tú me conoces?”.  “No”, contesté tras un par de segundos de vacilación.  Después de medio minuto de silencio que se me hizo eterno, ella se dio finalmente la vuelta, satisfecha al parecer con la respuesta, y siguió su camino sin rumbo fijo.  Los versos de la canción de Rubén Blades resonaban en mis oídos… “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”

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27
Mar

MILKY WAYS

Posted in Tatuajes  by Josema

Milky Ways

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25
Mar

REEDUCACION

Posted in Costumbres  by Josema

Mi vieja amiga Xiao Hong, una de las bar girls más duras y curtidas que he conocido jamás, me confesó una vez que allá en su tierna mocedad el Gobierno de la gran Nación tuvo a bien obsequiarla con un año de habitación y pensión completa en una de sus instituciones correccionales, con el noble ánimo de proceder a su “reeducación” y conseguir así que se apartara voluntariamente de sus devaneos (sólo fronterizos, según ella) con la prostitución.  También me confesó su inquebrantable afición a dejarse todo el dinero que ganaba en brutales partidas de mahjong (un juego chino con vaga resemblanza al dominó), así como su pasada adicción a la heroína, que también le garantizó una temporada en la cárcel y de la cual fue finalmente apartada gracias a los buenos oficios de su sacrificada hermana.  Xiao Hong, además de ser aficionada a las confidencias, evidentemente era una prenda de cuidado, pero bueno, esa es otra historia.

redada en shenzhenLeyendo por ahí, me he enterado de que el sistema chino de “reeducación” a través del trabajo se remonta a los años 50 y fue al parecer heredero directo de los temidos “gulags” soviéticos.  Diseñado en principio como alternativa para meter en vereda a todo disidente o elemento inoportuno que se atreviera a levantar su voz contra el omnímodo poder gobernante (el fusilamiento al amanecer, que era el tratamiento original, pronto pasó de moda), evolucionó más tarde hacia un sistema de detención administrativa mediante el cual la policía puede encarcelar hasta cuatro años a un sujeto (o sujeta) sospechoso de un delito menor, sin necesidad de pasar por un juez.  El sistema dicen que ha progresado (yo no lo conozco personalmente, pero no se crean que he estado muy lejos), y ya no debe haber barrotes en las ventanas de los centros “correccionales”, pero la filosofía original, que es conseguir que el individuo cambie su forma de pensar y sus actividades anti-sociales, sigue aún vigente, aplicada especialmente a la prostitución, el consumo de drogas y los pequeños robos.

Así que sea usted consciente de que si le pillan en China ejerciendo la prostitución, o incluso solicitándola, se puede usted pasar una temporadita en una granja “correccional”, donde además de trabajar para el Estado (lo cual en sí no es malo y hay mucha gente que lo hace, lo que pasa que en este caso es gratis) le darán a usted unas cuantas charletas educativas para conseguir que destierre de su vida tan denigrante vicio.  Ahora bien, si tiene usted la ventura de que le hayan pillado en la muy noble y muy leal provincia norteña de Liaoning (de donde está tomada la siguiente información), es posible que pueda usted escapar a su destino “reeducativo” y salir del paso con una potente multa, siempre y cuando pertenezca usted a uno de los siguientes grupos:

  • - Transgresores primerizos (o sea, que es la primera vez que les pillan, no la primera que lo hacen).
  • – Menores de 18 años o mayores de 60 (a estos últimos incluso les quitan la multa, siempre que no hayan usado Viagra).
  • – Aquellos afectados por enfermedades contagiosas distintas de las ETS (¿vale con un catarro?).
  • – Mujeres embarazadas, o al cuidado de un niño menor de 1 año.
  • – Los que fueren obligados o engañados (ya se sabe que la culpa es de los padres, que las visten como putas).
  • – Aquellos que se entreguen voluntariamente, y describan los detalles de su implicación (no se especifica el nivel de “detalle” al que descender en el relato de los hechos).
  • – Individuos divorciados, viudos o cuya esposa se encuentre en prisión, y tengan a su cargo la custodia de un menor.
  • – Aquellos con responsabilidad de prestar cuidados a individuos gravemente enfermos o en severa necesidad de atención.
  • – Los ciegos, sordos o mudos (son un poco más difíciles de reeducar, al parecer).
  • – Los enfermos mentales que no hayan perdido aún por completo la facultad de razonar o controlar sus propias acciones (ni la de fornicar, por lo visto).
  • – Aquellos que habiendo pagado e iniciado el acto, no hayan aún comenzado la cópula propiamente dicha (estábamos jugando a las cartas, señor guardia).
  • – Todos aquellos que en KTV,s y otros establecimientos lúdicos, o en lugares como saunas o salones de masajes, se vean involucrados en actividades como la masturbación mutua o el sexo oral (el “happy ending” está tan extendido que los campos de reeducación no darían abasto).

sorpresitaPor todas las razones arriba expuestas, queda claro en principio que nunca debe usted pagar determinados servicios por adelantado.  Puede usted ir asimismo eligiendo con tranquilidad su coartada para cuando le pillen disfrutando de los favores sexuales de aquella señorita tan simpática que conoció en aquel bar con tanto ambiente de Dalian, y que cuando están en la intimidad de su hotel a todo trajinar, sudorosos y excitados, extrae de debajo de la almohada la placa de policía y se la enseña con una sonrisa.  Yo lo tengo claro, me haré pasar por enfermo mental, cosa que en mi caso no es difícil de imaginar e incluso por momentos llega a ser perfectamente creíble…  ¿y usted?

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23
Mar

FAVORITA DEL MES

Posted in Tatuajes  by Josema

Por aclamación popular, nuestra favorita del mes (o de dos meses, no se crean que llevo muy bien la cuenta) ha sido la chica de “Tras el Biombo“.  En realidad no lo era, pero como he visto que tengo varias fotos de ella, y estoy un poco pachucho estos días como para escribir, he amañado las votaciones y así me saco un post de la manga, mientras ustedes se entretienen un poco.  Caramba, creo que me estoy contagiando de las costumbres locales… espero que me sepan ustedes disculpar.[PSGallery=d34294ksp]

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20
Mar

CHICAS DE DISCOTECA

Posted in Costumbres  by Josema

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Cuando yo era un chaval, de cuando en cuando aparecían por los futbolines de mi barrio tipos duros, de esos que tenían botella propia en la discoteca.  Tener botella propia, distinguible de las demás mediante una etiqueta con tu augusto nombre, era la hostia, y el ser invitado por uno de esos tipos a beber de “su botella” era el máximo honor con que los aspirantes a macarrilla podíamos soñar.  Era una prueba de amistad y confianza increíble, que unía casi casi como un juramento de sangre y que te colocaba en deuda automática con tan poderoso fulano.  En aquella época, en las discotecas de barrio no había habitaciones privadas, pero cada uno de aquellos tipos duros tenía una mesa extraoficialmente reservada, en la que nadie se atrevía a sentarse, no al menos mientras anduviera por el local el poderoso capo con su amenazante banda de gorilas escuálidos, melenudos y con pantalones de campana.  Por supuesto, semejante despliegue de poder no estaría completo sin las correspondientes groupies, alegres muchachuelas que con su desenfadado estilo daban color y calor a tan pintoresco séquito.  El jefe, huelga decirlo, disponía de indisputable derecho de pernada sobre el grupo de fieles seguidoras y cambiaba de favorita con democrática frecuencia, o al menos así nos lo imaginábamos los chavales que boquiabiertos y muertos de envidia observábamos las idas y venidas de tan poderosos personajes.

Visitar una discoteca china de barrio o de pueblo es como viajar en el tiempo treinta o cuarenta años atrás.  Aunque tener botella propia y trincársela en la barra -solo o en candorosa compañía, usted elige- no es ningún arco de iglesia, y cualquier pringaíllo como un servidor puede aspirar a semejante lujo para el ego, sentarse en una mesa decente es ya económicamente más oneroso, ya que normalmente exigen una consumición mínima que puede alcanzar fácilmente los 500 renminbises.  Y bueno, permitirse el lujo de ocupar un reservado es ya sólo para grandes laobanes con enorme poder adquisitivo, del cual les encanta hacer ostentación ante sus amigotes, advenedizos, gorrones y mirones en general.

La diferencia entre aquellos macarras de mi barrio y estos laobanes de pueblo estriba sin embargo en que estos últimos no entran jamás con mujeres en la discoteca, sino que seleccionan el material entre la numerosa plantilla de chicas de alterne de que dispone cualquier establecimiento hostelero que se precie.  Deduzco por tanto que el papel de tales chicas en la función es más que nada el servir de elemento jovial y decorativo antes que saciar los bajos instintos carnales del padrino y sus amigotes, más que nada porque no creo que a ninguno de estos siniestros personajes les guste compartir pilón con el gerifalte de al lado, ya me entienden.  Las chavalas suelen ser chicas alegres, vestidas con pintas que pretenden ser excitantes y provocativas pero más que nada dan grima, y que van pululando de reservado en reservado libando alcohol como laboriosas abejitas hasta que se asientan en alguno por un par de horas.  No es extraño verlas, avanzada ya la noche, durmiendo en la barra o derrumbadas en algún sofá con un colocón que tira de espaldas -siempre de alcohol, empolvarse la nariz es cosa desconocida por estos pagos-.  Casi ninguna de las chicas es nativa de la localidad, y además soportan una alta tasa de rotación, no sea que se aficionen a algún fulano o viceversa y su tasa de productividad descienda dramáticamente.  Evidentemente, a los grandes laobanes también les gusta la novedad y ver carne fresca con frecuencia, así que mantener las mismas chicas más de un par de meses está fuera de la cuestión.

Sorpresa en el reservadoServidor, que no es ningún potentado personaje ni mucho menos -y además no me gusta divertirme de esa manera-, cuando va solo a la disco suele ver los toros desde la barrera, es decir, amarrado a cualquier duro banco de los que rodean la barra.  En contadas ocasiones he conseguido enlazar una conversación inteligible con alguna de las chicas, que me cuentan que bueno, no es que les entusiasme esta vida pero es lo que hay, allá en el pueblo es mucho peor, y además los fulanos estos son pesaos pero generosos si les bailas bien el agua.  La conversación no suele durar mucho, ya que más bien temprano que tarde reciben un sutil toque del camarero o encargado de turno, y vuelven a recorrer el local con cara de hastío y sonrisa falsa.  Yo me suelo quedar solo rumiando mi té con hielo, pensando en lo mucho que cambia la vida y dónde se habrán quedado aquellas mis ilusiones juveniles de llegar a ser un reconocido y admirado macarra de discoteca.  Aunque la verdad, para ser cómo estos prefiero quedarme donde estoy… y además, puestos a encontrar cosas en los sofás de un reservado, antes que tías roncando prefiero mil veces otro tipo de sorpresas.

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