JIA LING
La señora llevaba ya más de media hora encerrada en el baño de mi casa, lo cual a todas luces era excesivo, incluso imaginando que se estaba empolvando la nariz antes de proceder a la pertinente sesión de sexo alcohólico y salvaje que no era difícil prever se avecinaba. Así que en vista de la situación, considerando que yo también tenía perentorias necesidades fisiológicas que atender, y aprovechando que su silueta era visible en posición erguida delante del espejo -una veleidad del decorador, poner una puerta de cristal translúcido en el cuarto de baño- abrí la puerta sin mucha ceremonia -otro antojo del mismo fulano, poner una corredera sin cerrojo-, que al fin y al cabo para eso está uno en su casa. La cara de Jia Ling me miró sorprendida desde el espejo con un rictus de terror, mientras iba adquiriendo un tono rosáceo que pronto se convirtió en rojo cereza, como si le hubiera subido la fiebre cuarenta grados de golpe. Busqué sorprendido la razón de tan singular turbación, hasta que finalmente tuve que aguantar la risa al darme cuenta de que la buena señora tenía los pantalones y las bragas a la altura de los tobillos. A eso le llamo yo empezar bien la noche.
Había conocido a Jia Ling apenas cinco horas antes en Malone’s, mi abrevadero favorito para reponer fuerzas antes de una dura noche de lenocinio y perdición. Concentrado en mi hamburguesa y mi par de pintas habituales, no es que temblara precisamente de emoción cuando la señora de mi lado, una cuasi-cuarentona algo rechoncha y no excesivamente guapa empezó a darme palique, pero uno se educó en colegio de pago y sabe ser un señor cuando las circunstancias lo requieren -y también, por supuesto, porque nunca se sabe en que terminará una situación aparentemente insulsa-. Observé que la buena mujer estaba acompañada por otros dos ejemplares del género femenino, una de ellas en no mucho mejor estado de conservación que ella, y la otra una chavalita de poco más de veinte increíblemente atractiva y elegante, que no pegaba absolutamente nada en compañía de semejantes matronas. “Tienes una hija muy guapa”, le dije a Jia Ling con ánimo de sazonar un poco la situación y preparando mi esquiva de izquierda para el bofetón que se avecinaba, pero en su lugar lo único que provoqué fue una carcajada que motivó que media hora más tarde estuviéramos los tres en mi disco-bar favorito de aquel entonces, el tantas veces añorado y recordado Bourbon Street.
Una vez allí, la bella jovenzuela se acodó en la barra con más estilo que un marinero de la séptima flota en noche de permiso, y obviando al resto de la concurrencia, incluidos nosotros, se dedicó a trasegar alcohol en cantidades absolutamente impropias de su corta edad. Interesado hasta el tuétano por tan suicida comportamiento, intenté pegar hebra con la joven criatura y averiguar si tal vez podría yo ofrecer consuelo a sus sin duda innumerables penas, hasta que Jia Ling me informó desapasionadamente de que la bella mozuela era la querida de turno de un anciano y potentado japonés, que ella y su amiga se encargaban de pasearla de vez en cuando, que únicamente estaba siguiendo su pauta de comportamiento habitual en establecimientos públicos, y que mi actitud era sin duda la más apropiada para que encontraran mi cadáver flotando boca abajo en el HuangPu un par de días después. Conmovido por semejante alegato, no me fue difícil ignorar a tan peligrosa hembra durante el resto de la noche, hasta que cocida como un piojo se dirigió finalmente y sin despedirse a su casa, acompañada por la tercera en discordia, que hasta entonces se había dedicado a escrutar a la parroquia de laowais maduros con un entusiasmo cuando menos sospechoso. Jia Ling y un servidor, por nuestra parte, nos dirigimos a mi casa a tomar la última copa -tampoco hizo falta insistirle mucho-, donde aconteció el famoso incidente del cuarto de baño, que no fue sin embargo obstáculo para que sucediera lo que tenía que suceder. Y es que uno es un animal de costumbres, qué caramba.
Entre las brumas alcohólicas del mediodía siguiente, Jia Ling me contó que había estado casada unos cuantos años con un ciudadano teutón, viviendo en algún lugar de Alemania en una casa con dos leones de piedra en la puerta -los hay con dos cojones- hasta que el buen señor había fallecido en accidente de tráfico y ella se había visto obligada a regresar a China. Aquí estaba esperando la resolución legal del tema de la herencia, sin duda de singular cuantía y que la convertiría en una viuda alegre y sin preocupaciones económicas por el resto de sus días. Mientras fingía que creía tan rocambolesca historia a pie juntillas, recordé vagamente de la noche anterior las carnes ya algo fofas y blandurrias de Jia Ling, estado sin duda perfectamente compatible con innumerables sesiones de bratwurst mit sauerkraut, por lo que sin duda su historia tenía, al menos en eso, ciertos visos de verosimilitud. La historia del fallecimiento apestaba en cambio al conocido deporte del “recambio por un modelo más nuevo”, al cual los alemanes y americanos son dados con bastante asiduidad. Lo que sí era cierto era que el susodicho alemán no era ningún depravado en la cama, o cuando menos la señora era mala alumna, puesto que para su edad era bastante sosa en lo que actividades gimnásticas se refiere, ya me entienden. Visto que no había mucho más partido que sacar a la situación, nos despedimos como buenos amigos prometiendo llamarnos pronto, lo que al menos en mi caso significaba lo más cerca posible de la próxima glaciación.
Para mi sorpresa -relativa, como todo en esta tierra-, Jia Ling me llamó esa misma tarde, so pretexto de cenar juntos con sus dos amigas -traducción al chino: tú pagas- y conocernos todos mejor tras la interesante noche que pasamos el día anterior. La curiosidad que mató al gato, y algún día se me llevará a mí también por delante, me hizo aceptar con pocas o más bien ninguna prevención tan peregrino ofrecimiento, por lo que pasamos los cuatro una simpática velada en un establecimiento hostelero gracias a Dios no demasiado caro. Un servidor sabe estar sumamente cordial cuando se lo propone, y yo estaba encantando con tan heterogénea concurrencia, así que lo pasamos bien. Estuvimos después en casa de la niña mona aprendiendo cómo mima un anciano millonario -que obviamente estaba de viaje en la tierra del sol naciente o por ahí- a su joven querida, lugar donde confirmé mis sospechas de que servidor, aunque se nacionalice japonés, nunca tendrá por querida a una niña de veintitantos, y no lo digo sólo por las joyas y los abrigos de pieles. Para animarme un poco nos fuimos todos de copas, pero al final la noche resultó ser un calco de la anterior, incluyendo la sesión de sexo con Jia Ling, en la que no ayudaron nada las trastadas de mi mente haciéndome ver cochinillos regordetes y retozones donde sólo había una china sudorosa y con incipientes pero ya inquietantes problemas de sobrepeso. Creo que definitivamente debo dejar el alcohol.
Al día siguiente, resacoso y un tanto hastiado, comencé a observar en Jia Ling alarmantes síntomas de apalancamiento en mi humilde morada, por lo que me apresuré a sugerir una salida a comer algo y tomar de paso un poco de aire fresco. “¿Podemos ir de compras?” preguntó ella inocentemente, a lo que respondí con un temerario “por supuesto” sin pensármelo mucho. Error, craso error una vez más, y es que ni vivo ni muerto aprende uno, joder. Comencé a darme cuenta del mismo cuando, ya en los grandes almacenes, de los más caros de Shanghai, la señora enfiló sin dudar hacia el stand de Chanel y se pilló sin vacilación aparente ni temblor de manos un perfume de a tres mil yuanes la pieza. A éste siguieron otros tres o cuatro potingues de misterioso pero sin duda increíble efecto sobre el cutis, a juzgar por el precio que marcaban las etiquetas. Por fin, frente a la caja registradora, se volvió y me dijo con suficiencia “¿pagas?”. “No”. Se quedó lívida. “¿Cómo que no? ¿No has dicho que íbamos de compras?”. “Tú compras, tú pagas, reina” contesté con cierta mala leche, mientras observaba de reojo los seis mil y pico yuanes que marcaba la caja. Maldita sea, el jodido alemán debía de ser rico, y encima las acostumbraba mal. “Además, no tengo dinero ni la tarjeta aquí”, argumenté estúpidamente, como para quitarle hierro al asunto. “¿Cuánto tienes?”, preguntó, ya roja de rabia y vergüenza, mientras la cajera, deliciosamente bien adiestrada, desarrollaba un súbito interés en ordenar las cajas a su espalda. “Trescientos, más o menos”. “Dámelos”. Se los di sin rechistar. Dejó casi todas las cosas, quedándose con un triste par de cajitas para salvar la poca cara que le quedaba, y salimos a la calle. Ni siquiera nos molestamos en decirnos nada, ella enfiló el camino de su casa y yo me fui directamente a emborracharme -otra vez-.
Volví a ver a Jia Ling en un par de ocasiones. La primera de ellas de nuevo en Malone´s, donde me la tropecé una noche a bocajarro cuando ella entraba del brazo de un apuesto maromo, probablemente alemán de nuevo, alto, bien vestido y de indudable prestancia y estilo, a pesar de -o tal vez precisamente por ello- sus sesenta y pico años. Jia Ling me miró rápidamente con un destello de triunfo en sus ojos, antes de llevárselo del brazo a un rincón más íntimo, lejos de mi incómoda presencia. La segunda vez, unos cuantos meses después, me la encontré en el Manhattan, donde a pesar de ir ya bien servido de tés con hielo me impactó su aspecto sucio y desaliñado, los muchos kilos de más que evidentemente había ganado, y su cara abotargada por la grasa y el alcohol. Me miró con ojos nublados, tambaleándose peligrosamente de un lado a otro, balbuceando a duras penas un “¿tú me conoces?”. “No”, contesté tras un par de segundos de vacilación. Después de medio minuto de silencio que se me hizo eterno, ella se dio finalmente la vuelta, satisfecha al parecer con la respuesta, y siguió su camino sin rumbo fijo. Los versos de la canción de Rubén Blades resonaban en mis oídos… “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios…”

Leyendo por ahí, me he enterado de que el sistema chino de “reeducación” a través del trabajo se remonta a los años 50 y fue al parecer heredero directo de los temidos “gulags” soviéticos. Diseñado en principio como alternativa para meter en vereda a todo disidente o elemento inoportuno que se atreviera a levantar su voz contra el omnímodo poder gobernante (el fusilamiento al amanecer, que era el tratamiento original, pronto pasó de moda), evolucionó más tarde hacia un sistema de detención administrativa mediante el cual la policía puede encarcelar hasta cuatro años a un sujeto (o sujeta) sospechoso de un delito menor, sin necesidad de pasar por un juez. El sistema dicen que ha progresado (yo no lo conozco personalmente, pero no se crean que he estado muy lejos), y ya no debe haber barrotes en las ventanas de los centros “correccionales”, pero la filosofía original, que es conseguir que el individuo cambie su forma de pensar y sus actividades anti-sociales, sigue aún vigente, aplicada especialmente a la prostitución, el consumo de drogas y los pequeños robos.
