No soy dado a tales excesos, como diría Sabina, pero una de las cosas que detesto en esta vida es separar a dos buenas amigas por puro egoísmo o motivos inconfesables. Por ello, siempre que ando por ahí de pendoneo y alguna de mis interlocutoras me presenta a su amiga del alma, compañera de fatigas o “wingwoman“, lo normal es que mi viejo corazón se sienta conmovido ante tamaña prueba de amistad y terminemos los tres en mi habitación del hotel, viendo la tele y eso.
Susan y Jenny (otra Jenny, no la de antes) andaban aquella noche un poco despistadas y fuera de lugar por el “P&W”, y se les notaba a la legua. En primer lugar porque la concurrencia femenina de tan célebre abrevadero está compuesta normalmente por un 95% de nativas de Mongolia y ellas eran chinas, y además tampoco parecían muy duchas en la materia que se suele cocer por allí, como delataban sus miradas con ojos muy abiertos a la concurrencia y sus frecuentes cuchicheos. Constituían sin embargo una pieza apetecible dado el exotismo relativamente inusual que exhibían por aquellos pagos, por lo que varios parroquianos de origen probablemente germánico habían empezado ya discretas maniobras de aproximación. A un servidor siempre le han gustado los desafíos y dar un poco en los morros al resto de rivales, especialmente si son teutones -modesta represalia por otros temas que no vienen a cuento-, así que ayudado por mi legendaria gnosis del establecimiento y de las costumbres locales no me fue difícil llevármelas a un rincón y empezar a entablar relaciones amistoso-comerciales con ellas.
Me contaron que eran de la provincia de JiangXi, que acababan de llegar a Beijing, que estaban intentando hacer amigos… la historia de siempre. En el caso de Jenny había acertado de pleno, era una chavala de pueblo poco o nada viajada y que sin embargo disponía de un sex-appeal más que considerable, al que no era ajeno el wonderbra de la talla 110 que calzaba. Susan, sin ser fea era en cambio una vieja loba con muchas horas de KTV en sus espaldas (o donde fuera), aunque hablaba muy poco inglés y sin duda no había visto tantos laowais juntos en su vida. Echamos un par de cervezas, desplegué mi gracejo habitual -aquella noche estaba de buen humor- y empezamos a congeniar sin dificultad. Viendo sin embargo que la competencia (esta vez italianos, menudo peligro) empezaba a rondar por los alrededores, con actitud de opinar que aquello era un bocado demasiado ambicioso para un tipo tan canijo, decidí llevármelas a conocer Pekín la nuit. Se mostraron tan encantadas con la idea que llamaron a una tercera amiga que también andaba por allí, la cual respondía al nombre de Rosa y a pesar de su juventud era ya dueña de una belleza inquietante, y allá que nos fuimos los cuatro.
En Suzie Wong´s Susan captó de inmediato las posibilidades laborales del local y comenzó a explicárselas en dialecto local a Jenny, que asentía muda de asombro. Rosa se vio acosada por un chino borracho que cayó rendido a sus pies tan pronto la vio, y que la arrastró hasta una mesa apartada donde quedó fuera de mi alcance. Me llevé a Jenny a conocer el resto del local mientras dejamos a Susan calculando márgenes comerciales, yo a mi vez pensando en lo afortunado que había sido al conseguir en el hotel aquel mismo día un upgrade gratis a suite de lujo, con muchos sofás y eso, donde quedaría estupendo un trío de señoritas tan aparente. Lamentablemente, cuando volvimos a recoger al resto de la tropa, Rosa nos informó que se volvía a casa, no con el tipo chino sino sola, y nos deseaba la mejor de las venturas para el resto de la noche. Si Susan le había obligado a sacar la paja más corta para tocar a más, o ella misma decidió que si tres son multitud cuatro son ya un batallón de infantería, el caso es que me quedé con ganas de conocerla mejor, con aquellos pómulos elevados sobre un rostro de serena belleza manchuriana. Poco podía yo imaginar yo que la providencia, una vez más inmerecidamente generosa conmigo, tenía en reserva otros planes para ella y yo. Pero eso, en cualquier caso, es otra historia.
Jenny, Susan y un servidor fuimos a un par de sitios más, pero las muchachas no estaban en ambiente, no tenían muchas ganas de bailar ni tampoco querían beber nada, y pronto empezaron a mostrar inequívocos síntomas de cansancio. Las invité sin más preámbulos a tomar la última copa en mis aposentos, aceptaron sin más comentarios, lo cual me sorprendió un poco especialmente en Susan, y cogimos un taxi con rumbo al hotel. Allí, sin más cháchara inútil, las dejé viendo la tele y me fui a dar la preceptiva ducha. Cuando salí del baño, las dos estaban en la cama, tapadas hasta el cuello y sonriendo maliciosamente. Agradecí en silencio la buena costumbre que tengo de pedir siempre en los hoteles la cama más grande de que dispongan, y me coloqué en medio de las dos, babeando anticipadamente como un chavalillo ansioso de saborear un apetitoso pastel.
Intenté conocer -ya me entienden- un poco mejor a Jenny, de la cual hasta el momento únicamente había podido comprobar que la talla 110 era toda suya. Sin embargo la chavala no estaba en su mejor noche, cumplió sin más y no se mostró especialmente receptiva, lo que me apenó bastante porque había llegado a gustarme de verdad. Susan por su parte no me sorprendió gran cosa, un poco demasiado canalla para mi gusto y en exceso dedicada al grano del asunto. Era tarde, estaba cansado y un poco bebido -la edad tampoco perdona, como me recuerdan constantemente algunos que dicen ser mis amigos- así que las invité cordialmente a dormir aquella noche juntitos y continuar estrechando lazos de amistad a la mañana siguiente. Entonces, y sin mediar provocación, se levantaron al unísono como impulsadas por un resorte, y allí mismo comenzó uno de los altercados más grotescos que recuerdo haber sufrido por estas tierras.
Ambas señoritas anunciaron a dúo y en tono que sonaba perfectamente ensayado su pretensión de ser económicamente compensadas, y con gran generosidad nada menos, por sus desvelos en cumplir mis depravadas desviaciones sexuales. Uno, que no es ningún ingenuo y ha aprendido desde pequeñito que el sexo nunca es gratis -aunque a veces hay suerte y sólo cuesta dinero-, se sintió sin embargo un poco fastidiado por semejante farsa en horas tan intempestivas, así que empecé a negociar a la baja y en tono pretendidamente amenazante. Pasé de montar el numerito de la falsa llamada a Seguridad -total, las tías nunca se lo creen o no tienen ni idea de quién es Seguridad- y traté de mantener la cosa en términos civilizados, pero Susan se había subido a la parra, exigía una cantidad exhorbitante de dinero, y no se avenía a razones. Así que allí estábamos los tres, a las cuatro de la madrugada, de pie y completamente desnudos en mitad de la habitación, intercambiando reproches e insultos a grito pelado en una mezcla de chino, inglés y español (que suena convincentemente brutal cuando uno está cabreado), mientras la cosa se alejaba a pasos agigantados de poder ser resuelta pacíficamente. Estaba ya pensando, francamente alarmado pero sin perder el tipo, cómo demonios me las iba a arreglar para salir de aquélla sin dejar demasiados pelos en la gatera, cuando Jenny, esplendorosa en su desnudez, su recato repentinamente superado, avanzó resuelta hacia mí y mirándome a los ojos dijo en voz baja pero tomada por la rabia: “Danos lo que dices, más cien yuanes cada una para el taxi, y lo dejamos aquí ¿vale?”.
Susan enmudeció de repente. Jenny y yo nos quedamos mirando un par de segundos más de lo necesario. Ella sabía de antemano que yo iba a aceptar. Quise decir algo airoso e incluso quedar como un caballero, pero evidentemente no era el momento ni el lugar. Lamenté sinceramente no haberla conocido en mejores circunstancias e incluso intenté patéticamente transmitírselo con la mirada. Pero en los ojos de Jenny no había nada, tan sólo desprecio, el desprecio más profundo y más doloroso que he visto jamás. Si era por mí o por ella misma, no tuve manera de averiguarlo, ni en aquel momento ni en las muchas veces que me he acordado después. Supongo que era por los dos. Pero ya daba igual.