Oh! China
El lado canalla de la China

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15
Jan

JAPONESAS

Posted in Gentes  by Josema

Hoy, avergonzado y abochornado, he caído en la cuenta de que nunca les cuento nada de mi experiencia educativa como estudiante de chino.  El hecho de que no haya nada (interesante) que contar no es excusa para no escribir siquiera unas líneas… pero jopé, es que de verdad no pasa nada digno de mención, estudiar chino es una de las experiencias más aburridas de mi existencia, se lo digo en serio… ahora entiendo porque es tan difícil aprender este condenado idioma:  es que NO QUIEREN que lo aprendamos, de otra forma no entiendo como la enseñanza de un idioma puede convertirse en algo tan pavorosamente soso e inconsistente.

Lo único que alegra moderadamente mis días en esta prestigiosa institución educativa son las japonesas, de las cuales, gracias a Dios, parece haber un suministro inagotable (también hay japoneses, pero a esos que les den morcilla).  Remedando aquella canción de los 70 (o de los 60, ya no me acuerdo) diria que “las japonesas tienen algo especial, las japonesas son guerreras”.  Las hay de todos los tipos y tamaños:  altas, bajas, gordas, flacas, guapas, feas, rubias, morenas… pero todas, absolutamente todas, tienen un morbo especial, que no se (aún) en qué consiste, pero que a ojos de un depravado internacional como servidor, las convierte automáticamente en oscuros objetos de deseo.  Serán esos atavíos y abalorios que se colocan de forma aparentemente aleatoria, y que a cualquier otra menos a ellas haría parecer ridícula… esos taconazos que las hacen crecer medio metro y andar de forma especial (extravagante, en cualquier otra, menos en ellas), esas minifaldas vertiginosas que ponen los pelos –y otras cosas- de punta, esas caras inexpresivas, y por tanto extremadamente eróticas, bajo flequillos hasta las pestañas y moños churriguerescos… ahora bien, mis favoritas, con diez cuerpos de ventaja sobre la segunda clasificada, son las que van vestidas de colegiala, minifalda a cuadros y coletas incluidas, cosa que yo creía exclusiva de las películas porno japonesas, pero que cuando te las encuentras viniendo de cara por un pasillo desierto te hacen buscar de forma inconsciente la pastilla para ponértela debajo de la lengua.  Creo que ahora entiendo mejor a los licenciosos ejecutivos japoneses, cuya receta para combatir el estrés laboral consiste en azotar enérgicamente tiernos culitos de colegialas japonesas, mientras ellas emiten deliciosos grititos con erótico entusiasmo… ya solo me faltan los doce mil millones de yenes que creo hacen falta para convertir esas fantasías en realidad.  Animo, Josema!

Afortunadamente para mi estabilidad financiera y emocional, las japonesas parecen pasar olímpicamente de un servidor.  Al principio, lo reconozco, es un sentimiento un poco extraño eso de que te miren como si fueras transparente o directamente inexistente, pero me imagino que para una chiquilla japonesa de buena familia, castigada a estudiar chino un semestre en Shanghai por haber sacado malas notas en el cole, eso de intercambiar siquiera media palabra con un extranjero feo, bajito y barrigón, que las dobla fácilmente en edad, no entra dentro de sus planes a corto plazo.  En mi clase hay varias japonesas, y todas ellas inabordables por distintas razones.  La más simpática, que al menos intercambia de vez en cuando un “buenos días”, haría las delicias de un ortodoncista en prácticas, amén de que tiene los pies cruzados uno mirando a Roma y otro a Tokio.  La que en principio tenía más potencial, no muy guapa pero algo más madurita y picarona que las colegialas, se ha decantado sin ambages por un ejecutivo de medio pelo del banco de Yokohama exiliado a China por sus jefes, probablemente por golfo.  Y la única que vale la pena, una chavalita monísima que parece sacada de los fotogramas de “Yukiko y el equipo de Sumo”, fue rápidamente monopolizada por un agresivo mozalbete (japonés también, esta gente practica la endogamia de forma superlativa) que talmente parece un joven becario “yakuza” que deja la Suzuki Katana (o lo que se lleve ahora) directamente en la puerta del aula.  Llegan todas los días juntitos a clase a media mañana, con cara inocente de recién levantados de la cama, y unos coloretes –ella- más que sospechosos.  Mal rayo le parta –a él-.

Pero en fin, no nos obsesionemos con las japonesas, caramba.  ¿O es que va a resultar ahora que nos hemos equivocado –otra vez- de país?  Que no, que no, que aún queda mucha vida en China, lo de las japonesas es todo fachada y sofisticación pretenciosa, hombre… Y si no ya verán, el mes que viene cambio de curso y seguro que me vuelve a tocar otra recua de japonesas pedorras… ya les contaré, ya.

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19
Dec

WANG YUE

Posted in Gentes  by Josema

-  Yo no te gusto.
-  No digas cosas raras.  ¿Por qué no me ibas a gustar?
-  Porque no me miras.
-  Es que tengo conjuntivitis y me duelen los ojos, joder.
-  Ya.

Wang Yue a veces es tierna como un peluche, como en la ocasión en que estábamos cenando y me salió con esas.  Y no andaba desencaminada del todo, no.  Hay que ver, el instinto.

Wang Yue es una muchachita cuasi-campesina de la muy noble y muy leal provincia de Sichuan.  Ella dice que es del mismo Chengdu, pero eso es como cuando los del norte decimos con orgullo que somos de Bilbao, hasta que al ser presionados un poco más terminamos por reconocer que “hombre, no del mismo Bilbao…”.  Así que Wang Yue a los efectos viene a ser como de “serca” de Chengdu, lo cual la convierte en aún mas entrañable.

Wang YueWang Yue es una demostración andante de la posición social de la mujer en China, de la cual nos olvidamos con frecuencia los laowais procedentes de países supuestamente civilizados, deslumbrados por los bellezones y ejecutivas agresivas que desfilan por Huaihai Lu.  En nuestros países de origen impera desde hace tiempo una simpática política de igualdad de sexos que hace que las mujeres a efectos prácticos tengan muchos más derechos que los hombres.  Aquí no.  Wang Yue en su pueblo tenía 24 años y novio para casarse, hasta que el buen muchacho –probablemente persuadido por los campechanos encantos de alguna otra lugareña- decidió dejar la boda para mejor ocasión y de paso dejarla tirada como a una colilla.  Esto automáticamente convirtió a Wang Yue en un producto de desecho a efectos matrimoniales, lo que previene al resto de posibles candidatos de toda la comarca de ni siquiera osar mirarla.  Con esa edad, soltera y repudiada, su único recurso, como el de cientos de miles –por no decir millones- de muchachitas de la China rural, es el de buscar cobijo en la gran ciudad, donde nadie te conoce.  Allí,  con algo de suerte –en realidad con infinita suerte-  tratan de encontrar otro novio, seguramente mucho mayor que ellas, porfiando hasta conseguir que las lleven al altar, obviando los a menudo turbios motivos que guían a los hombres en estos casos.  ¿Trabajar y poder llevar una vida autónoma, moderadamente confortable?  No me hagan reír.

Lo que pasa es que Wang Yue, a pesar de las bofetadas de la vida, aún conserva una vena romántica, y se empeña –como alguno que yo me sé- en buscar el amor verdadero en sitios un poco peculiares.  El Manhattan y garitos de similar pelaje están bien para desarrollar diversas y placenteras actividades, pero entre ellas por desgracia no se encuentra el encontrar al hombre o mujer de tu vida.  Allí me la encontré una noche que andaba un poco tenebroso, y allí me convertí, aun sin saberlo, en su tierno objeto de deseo.  Este tipo de muchachas, a las que –de forma acertada o no- guía un interés mucho mayor que el meramente pecuniario, son sin duda las mejores compañeras de “actividades”, así que esa noche y un par de ellas posteriores fueron una refrescante experiencia de ternura, pasión y entusiasmo.  Pero un servidor, a pesar de ejercer de crápula en funciones, conserva un pedazo de corazoncito que ni el alcohol adulterado logra destruir, así que una noche que Wang Yue me sometió a un interrogatorio de tercer grado, encaminado sin duda a evaluar mi candidatura como posible compañero de fatigas, le conté sin mas preámbulos la verdad de mi estatus erótico-familiar.  Pocas veces en mi vida he visto una transformación más profunda y a la vez más dolorosa que la que sufrió su rostro en aquel momento.  “¿Tienes… cuatro hijos?” preguntó con voz derrotada, mientras sus esperanzas se iban haciendo añicos contra el sucio suelo de aquel restaurante sichuanés de medio pelo.  “Y alguno más que no conozco, con toda probabilidad” bromeé, con torpe ánimo de quitarle hierro al asunto.  Pero ya era inútil.  A partir de aquella noche Wang Yue no se me volvió a acercar, y las veces que mis maltrechos huesos recalaban en el Manhattan me miraba de lejos con una mezcla de pena y decepción en su mirada.  No me rechazó sin embargo en el par de ocasiones que reclamé sus servicios con posterioridad, en un vano intento de recuperar aquella pasión y el frenesí de antaño, e incluso se portó con encomiable simpatía y donosura.  Pero ciertas cosas que se van por el sumidero de la vida son imposibles de recuperar, por más que nos empeñemos.

Así es que en la penúltima ocasión que decidí ser malo, más que nada por no perder la costumbre –dicen los médicos que somos lo que comemos, y yo digo que somos lo que entrenamos- y entre otras cosas porque llevaba ya una semana mirándole el culo a la criada con animo libidinoso, tiré de agenda y llamé a Wang Yue.  No es que ya no me atraiga salir de caza, pero repito, era entrenamiento, no competición, así que la llamé a ella como antídoto contra posibles sorpresas, siempre desagradables cuando uno está en baja forma.  Accedió sin hacerse de rogar, pero con nuestros antecedentes penales, poco es de extrañar que la muchacha no estuviera especialmente receptiva, y tuviera lugar la conversación que relataba al principio.  Me comentó que su ex-novio le había escrito para decirle que se había casado.  “El muy capullo”, añadió con desprecio mientras escupía en el plato los huesos del sapo picante que nos estábamos merendando.  Más tarde, y ya en la fase del cuerpo a cuerpo, me sorprendió su insistencia inquebrantable en el uso del preservativo a ultranza, incluso para maniobras buco-manipulatorias, cuando antes se mostraba mucho más liberal en el tema (no es que uno sea un insensato -que lo soy, qué caramba-, es que a veces a uno le gusta caminar por el filo de la navaja, ya me entienden).  Se había también depilado –afeitado, sería más exacto decir- sus partes pudendas, allí donde antes lucía una sedosa y excitante mata de pelo.  Y por último, me despertó a las cuatro de la madrugada, para decirme que no podía dormir y se quería ir.  Aquello terminó de convencerme de que mi dulce y entrañable campesina de antaño había sido sustituida por la endurecida profesional de hoy –ya saben, las putas de verdad duermen de día.  Las que lo hacen de noche, y como troncos, son las freelancer amateur, Dios las bendiga-.  La acompañé a la puerta, con un poco de pena.  Ella ni se volvió para despedirse.

-  No puedo abrir un ojo, me pica horrores –me llegó su SMS a la mañana siguiente-.
-  Te habré contagiado la conjuntivitis, vete a la farmacia y que te den unas gotas.
-  He tenido que ir al hospital, me dolía mucho y no podía ver
–me escribió unas horas mas tarde-.  Era la lentilla, que se me metió ayer mientras dormía contigo.  Ya está arreglado, gracias por preocuparte tanto.
-  De nada corazón, ya estaremos.

Que romántico.

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8
Jul

JULU ROAD, SHANGHAI

Posted in Gentes, Lugares  by Josema

Hubo una época de mi vida en Shanghai –qué bien, hablo ya como un millonario retirado– en la que viví en Julu Lu, en el comienzo del barrio francés, como los ricos.  Desde la ventana de mi cuarto de baño veía todas las madrugadas, cuando me levantaba a horas intempestivas para vaciar la vejiga como un carcamal, la ristra de bares con sus luces multicolores que forman la zona de más ambiente de la calle, cerca del Hilton, y me imaginaba con un poco de envidia lo que en esos momentos podía estar pasando dentro.  Nueve bares seguidos en un lado, que los he contado, y otros dos o tres en la acera opuesta, forman un cluster de perdición que en los buenos tiempos rivalizaba –o mejor dicho, complementaba– la otra zona canalla que hubo por excelencia en esta ciudad, la inefable Maoming Lu.  Los bares, como se puede usted imaginar, no son precisamente del tipo donde llevaría a su mujer y los niños a tomar el vermú con aceitunas de los domingos, a menos que pretenda usted que hasta sus retoños terminen pagándoles copas a las alegres muchachas que pululan en bandadas por el interior de cada uno, exprimiendo las carteras de los incautos laowais con encomiables –y al mismo tiempo espeluznantes– velocidad y habilidad.

Dicen las malas lenguas que aunque el ambiente de Julu Lu ha caído en picado, en relación directamente proporcional al vertiginoso ascenso en popularidad del Tongren strip, aún es posible encontrar ambiente simiesco a altas horas de la madrugada, y que si es usted un avezado y antiguo laowai, de los que tomaban copas con Marco Polo y se las saben todas, incluso se las puede arreglar para que le hagan un “trabajo fino de boca” –ya me entiende– en la trastienda de alguno de los tenebrosos tugurios que se hacen pasar por bares.  Desconozco si tan tremebunda afirmación es cierta o se trata tan sólo de una leyenda urbana más, lo cierto es que en aquella ocasión en que V y yo decidimos terminar la noche deambulando por sus garitos, la calle estaba bastante menos que animada.  V había venido a Shanghai con poco tiempo y estaba firmemente decido a “quemar la noche” conmigo –cuando se pone así de serio es particularmente entrañable, teniendo en cuenta que se cuece como un piojo a la tercera copa– así que tras la preceptiva ronda por los lugares de rigor a un servidor no se le ocurrió otra cosa que ver si las fantasías eróticas forjadas durante tantas noches en el baño de mi casa podían llegar a convertirse en realidad.

chicas de Julu LuV se había apalancado a una desgarbada mozuela oriunda de alguna remota aldea de la China profunda, que estaba encaramada a un taburete alto al lado de la barra, las piernas abiertas y la minifalda remangada, ofreciendo invitadora unas encantadoras bragas de encaje azul claro a la mirada de todos los parroquianos en general y a la mano de mi amigo en particular.  Este, sin embargo, víctima de una tajada como la copa de un baobab, no conseguía meterle mano ni a tiros, lo que daba entre pena y risa de ver, dado que la cosa constituye su particular y prácticamente única perversión.  Yo estaba de pie apoyado en una esquina medio apartada, observando con especial fascinación todo lo que ocurría ante mis ojos como a cámara lenta, efecto probablemente del alcohol adulterado que para entonces corría en abundancia por mis venas.  Tenía cariñosamente amarrada a mi barriga una chavala como de metro cuarenta, pelo largo y complexión escuálida, que lucía sin embargo un canalillo algo más que espectacular, fruto sin duda del wonderbra siete tallas más pequeño que la suya que llevaba puesto.  Mientras yo me preguntaba cómo diablos se las arreglaría para respirar, la buena mujer levantó hacia mí su carita angelical, se puso de puntillas y deslizándome una mano por la nuca me atizó el muerdo más fantástico que me han proporcionado en mi vida entera, de esos que hacen afición, con la humedad justa, la presión exacta y sin dejar un rincón de mi boca por explorar.  Cómo sería la cosa que hasta mi hermano pequeño, que se había retirado a dormir haría cosa de un par de horas, se despertó y levantó su tierna cabecita para preguntar qué pasaba.  Mientras estaba calculando –con especial dificultad, todo hay que decirlo– las insospechadas posibilidades que la nueva situación abría ante mis ojos, me llegaron, inoportunos y ensordecedores, los gritos de V, que agitaba en su mano una cuenta de seiscientos yuanes y exigía con alcohólica insistencia la inmediata presencia de la policía.  Ante la mirada de fastidio de las cuatro chavalitas de servicio, y las de indiferencia del otro par de idiotas clientes que quedaban en el bar, intenté explicarle a V que quizás no fuera una buena idea llamar a la policía a una hora tan intempestiva, y menos en semejante lugar, compañía y estado etílico.  Mientras tanto observaba de reojo, cada vez más alarmado, las inquietantes evoluciones de un chino de dos veinte y trescientos kilos de peso que había aparecido como por ensalmo detrás de la barra.  Al final agarré a mi amigo de un brazo y lo saqué a tirones del local –no sin antes pagar la procelosa cuenta, of course– para meterlo a presión en un taxi con rumbo a su hotel mientras el buen hombre preguntaba con voz resbalosa a dónde íbamos ahora.  Era de día ya, me dolía la cabeza y me dirigí andando despacio a mi casa, sorteando a duras penas los árboles y los escupitajos de la acera.

Al día siguiente, mientras luchaba por vestirme e intentaba contrarrestar con poco éxito los efectos de un clavo espectacular sobre el sentido del equilibrio, encontré en un bolsillo del pantalón un papel arrugado, con un nombre –Angell, con dos eles, no me jodas– y un número de teléfono escritos en él.  Durante ese día, ocupado como estuve en luchar contra los vómitos inoportunos y resolver al mismo tiempo los problemas habituales de la oficina, no me paré mucho a pensar en el tema, pero a eso de las ocho, a punto ya de plegar, me dio por querer ser malo y ver si lo del día anterior había sido sólo un sueño o allí había material para un poco de jaleo.  Entré por Julu Lu en vez de ir a casa derecho, y efectivamente, la mayoría de los bares estaban ya abriendo o a punto de hacerlo.  Rescaté de entre las brumas de mi memoria el nombre del garito de la noche anterior, abrí la puerta con un poco de prevención mezclada de malsana excitación, y pasó lo que tenía que pasar.

El bar estaba vacío.  Angell, o como demonios se llamara, estaba sentada a la barra, tiernamente abrazada a un tipo chino bastante joven, con patillas de bandolero, chaqueta blanca y camisa negra de cuello enorme abierta hasta el ombligo, al que sólo le faltaba el pantalón de lentejuelas para convertirse en figurante oficial de “Fiebre del Sábado Noche”.  Ella me vio entrar, me reconoció al instante y miró de golpe para otro lado.  El macarra de su vera me midió con curiosidad de arriba abajo, le dio una calada a su cigarrillo y escupió despectivamente el humo en mi dirección.  Me quedé plantado como un estúpido, sin saber cómo reaccionar ni dónde mirar, mientras una de las supuestas camareras trataba de agarrarme de la mano y llevarme hacia dentro del local.  Se quedó entre pasmada y ofendida cuando me zafé de su mano con un tirón muy poco elegante, y me gritó algo que no entendí mientras me alejaba con paso desigual y ánimo sombrío.  “¿De dónde vienes a estas horas?” preguntó mi mujer con tono molesto cuando entré en casa.  “Seguro que de algún bar, hay que ver cómo te gustan”.  “Seguro, ya ves”, contesté mientras me abría una cerveza.

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1
Jul

LULU

Posted in Gentes  by Josema

Del grupeto de tres pizpiretas y revoltosas muchachuelas que entre muchas otras pululaban por los alrededores de la barra del Bourbon Street aquella noche, Lulu era la más aparente, amén de la más resuelta.  Me entró descaradamente y por derecho, lo cual me pareció muy bien –ya saben, la que quiera algo, que se lo trabaje, al menos–.  Mientras departíamos amigablemente, con una familiaridad poco acorde con el escaso tiempo que hacía que nos conocíamos, sus compañeras de correrías trasteaban con tres tipos de apariencia europeo-oriental, que no sé por qué siempre se las arreglan para resultar un poco inquietantes.  Al poco rato vinieron a reclamar la presencia de Lulu, según ellas para irse a otro bar donde los presuntos albano-kosovares las habían invitado a tomar una copa.  Tras un instante de imperceptible vacilación, Lulu se unió alegremente a la partida, aunque justo antes de salir se volvió hacia mí y me lanzó esa mirada de “no te vayas” que tras unos cuantos años en “la pomada” uno aprende a reconocer.  Un par de italianos que había a mi lado, testigos involuntarios de la situación, me dedicaron a su vez esa mirada despectiva y destinada a los perdedores que tan bien les sale, cosa que en esta ocasión no me importó lo más mínimo.  Efectivamente, a la media hora Lulu volvió al bar, esta vez sola, se acomodó en un taburete a mi lado y mientras nuestras feromonas se entrecruzaban salvajemente en el escaso espacio que la chavala había dejado entre nosotros, entablamos una conversación en la que prácticamente sobraban las palabras.  Pocas veces he tenido la certeza tan absoluta, al poco tiempo de conocer a una mujer, de que aquella chica y yo íbamos a hacer buenas migas.

LuluRecorrimos todos los bares de Shanghai que nos dio la gana.  Bebimos, reímos y jugamos al billar sin prisas, mientras hablábamos de todo menos de lo que ambos sabíamos que iba a suceder unas horas más tarde.  Al filo de las cinco, con la aurora firmemente asentada sobre la ciudad, sólo quedaba decidir si la cosa iba a ser en su apartamento o en el mío.  A pesar de su reticencia, salió el suyo, más que nada porque yo estaba pendiente de que Chun Lei regresara en cualquier momento de una de sus esporádicas desapariciones, y cuando quiero ser convincente sé cómo hacerlo.  Mientras nos estirábamos perezosamente en el asiento trasero del taxi, pensé entre brumas alcohólicas que aquella mujer era diferente.  Evidentemente no era una profesional ni mucho menos, pero tampoco se parecía en las maneras a ninguna de las freelancer que yo estaba acostumbrado a encontrarme por esos ambientes.  Aquella chica quería algo más que vil metal, aunque en aquel momento y en aquellas circunstancias mi maltrecho cerebro estuviera a años luz de poder imaginarlo.  Por fin, tras unas cuantas horas de tiernos y agradables encuentros en la tercera fase, y cuando más a gusto nos encontrábamos el uno con el otro en la penumbra de su habitación, me confesó que había tenido un novio español, que la había dejado hacía poco para volver a España, y que no sabía nada de él.  Ella no relacionó semejante confesión con la frialdad que me invadió de repente, ni tampoco con el dinero que le tendí antes de irme y que en principio se negó a coger.  Pero me miró a los ojos y supo que si no aceptaba las reglas del juego nunca más me volvería a ver.

Me la volví a encontrar pocos días más tarde en el mismo sitio, esta vez acompañada de un sujeto de mi quinta, inequívocamente carpetovetónico, y al que alegremente me presentó como su antiguo novio redivivo y bienhallado.  Aquella noche Lulu anduvo yendo y viniendo unas cuantas veces del grupo de su recuperado novio al mío, lo que sin duda provocó la desazón del fulano, que se dedicó a lanzarme miradas furibundas y ciertamente poco reconfortantes.  Recuerdo que aquella noche había salido con V, excelente amigo y psicólogo amateur que para mitigar la tenebrosa sombra de celos que forzosamente había quedado prendida en mi rostro me deslizó en un momento dado y de forma confidencial un “tú le gustas más que él”, que más por la voluntad que por la veracidad de la aseveración tuvo al menos un efecto levemente balsámico sobre mi recalcitrante desazón.  Sea lo que fuere, a partir de aquella noche quedaron sentadas las bases de lo que tenía que pasar.  Un par de veces al mes Lulu me mandaba un mensaje al móvil, yo respondía al instante, y nos encontrábamos en alguna zona de la ciudad bien alejada de donde su novio y sus amigotes estaban celebrando su periódica “noche de solteros”.  No pasábamos sin embargo mucho tiempo en la calle, sino que rápidamente íbamos a su casa para refugiarnos en un sexo deliberado pero ansioso, tierno pero salvaje, como dos seres que viven desesperadamente un tiempo prestado que no les pertenece, que no saben cuánto durará, y del que no pueden prescindir.  Los dos sabíamos que ella me tenía de reserva por si su novio finalmente decidía no progresar a estadios más serios de la relación, y los dos sabíamos que yo jugaba a hacerme el casanova mientras saltaba de una mujer a otra, pero que ella me gustaba de verdad.  Por fin, una noche me dijo que su novio le había comunicado su decisión de divorciarse de su mujer en España, y que después se la llevaría allí para casarse con ella.  Y yo no me reí, porque no me hizo ninguna gracia.

Estuve sin noticias de Lulu tres o cuatro meses, aunque entretenido como estaba en construir y destruir la que fue mi primera empresa en China –con dinero de otros, gracias a Dios–, tampoco tuve tiempo de echarla mucho de menos.  Hasta que una mañana, sin avisar, me llegó el viejo mensaje de siempre, ese que ya casi había olvidado.  Me quedé con el móvil en la mano unos buenos cinco minutos, mirando el “hola, ¿cómo estás?” como un idiota, sin saber qué hacer.  Por fin la llamé.  Estaba triste, era su cumpleaños, su novio no estaba en China.  La invité torpemente a comer y aceptó, pero apenas pude sacarle un par de sonrisas.  Estaba bellísima en su vestido azul claro, que realzaba su estupenda figura y contrastaba con su cara un poco morena, enmarcada por un perfecto corte de pelo, recogido atrás con elegancia, como a mí me gusta.  Al salir del restaurante y sin necesidad de palabras cogimos un taxi y nos fuimos a su casa.  De pie en su habitación la besé como se besa a una novia, y en su respuesta supe que nunca sería mía.  Hicimos el amor con tristeza, como si nos debiéramos al menos esa última vez, con nostalgia de todo lo pasado pero aceptando resignadamente la carta que el destino nos había repartido.  No quise saber nada sobre su presente ni sobre su futuro, y supongo que me lo agradeció.  Bastó un “qué vas a hacer”, respondido con un escueto “no lo sé”.  Antes de volver a la oficina quise darle algo de dinero, “regalo de cumpleaños” le dije, pero esta vez no me lo cogió.  Se quedó inmóvil en la puerta, mirándome mientras bajaba las escaleras.

Hará cosa de seis meses volví a ver en Bourbon Street a uno de los compañeros de trabajo y de diversión del novio de Lulu, un expatriado profesional francés de nacimiento, pero que a pesar de todo siempre me cayó bien.  Me saludó efusivamente, tomamos una copa juntos y hablamos de los buenos tiempos.  Le pregunté por Lulu casi como de pasada, sin mirarle a la cara.  Me hizo sufrir un par de minutos mientras los dos fingíamos un repentino interés por las evoluciones de las filipinas de la banda residente del local.  Por fin, me miró de reojo con una media sonrisa burlona, y me dijo que Lulu vivía en España, donde se había por fin casado con su novio.  Me alegré por ella.  O no, qué más da.

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29
Jun

ADIOS, MIGUELILLO, ADIOS

Posted in Gentes  by Josema

Michael JacksonMe he estado debatiendo unos días entre escribir un obituario a Miguelillo o considerarme por encima de la vulgaridad y no hacerle ni puto caso, pero en fin, ya pueden ver cuál ha sido el resultado.  Más que nada lo he hecho porque a partir de ciertas edades siempre jode que deje de fumar uno de tu quinta, mientras el maldito gusanillo retumba en tu interior “el día menos pensado, Josema…” pero en fin, no nos pongamos tenebrosos y pensemos que el potencialmente explosivo cóctel de alcohol, viagra y analgésicos (para la resaca) seguirá sin pasar factura el día menos pensado, ni el forense tendrá que preguntarle a la putilla de turno (si la encuentran) qué coño había tomado el buen señor para diñarla de forma tan fulminante.

Por lo que estoy leyendo estos días parece que está de moda decir “no, yo no era fan de Miguelillo pero debo reconocer que…” blablablá.  Bueno, pues yo sí, yo era un fan del muchacho ¿pasa algo?  No tanto por sus canciones, que aun así son buenas y la producción la mejor que han visto los siglos venideros, sino por los vídeos que nos dejó en reserva.  Y por las actuaciones en directo.  Cualquiera que haya visto la rendición original de Billy Jean en los buenos tiempos de la Motown y no la haya convertido en su fantasía favorita para las noches de borrachera, subido en la barra del bar mientras la muchedumbre ruge enfervorecida, es que no tiene sensibilidad festivo-musical.  O es una persona normal, que no sé qué es peor.

Un monstruo, el chaval.  Una pena, acabar así –pero mil veces mejor que esperar a la parca con tu cerebro arrasado por el “accidente” vascular de turno, mientras la ecuatoriana de servicio empuja tu silla de ruedas y de paso te limpia la baba cuando recuerdes, inaccesible para nadie, los buenos tiempos del Manhattan–.  Así que nada, Miguelillo, estés donde estés vete saludando a los que te encuentres, mientras esperas que el resto de nosotros nos vayamos incorporando.  Ojalá que ahí te traten mejor de lo que te trataron en este perro mundo.

Confieso ruborizado que en el colmo de la vulgaridad me he bajado un recopilatorio del chaval que aún no tenía, más que nada para matar el rato con el iPod en el metro, ya saben.  Debe ser cosa de la edad, que le vuelve a uno nostálgico… pero bueno, que conste que lo he hecho sin pagar, y además para compensar me he bajado el último de Lily Allen, nuestro pendón desorejado favorito, que se me había despistado.  No, no es china ¿y qué?

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