Oh! China
El lado canalla de la China

Archive for the ‘Lugares’ Category

4
May

NOCHES DE MANHATTAN

Posted in Lugares  by Josema

Viernes, uno de Mayo de 2009:

  • - ¿Josema, de verdad entonces que hoy es fiesta en China y no trabaja nadie?
  • - Pues sí, es una de las grandes fiestas nacionales, hoy sólo trabajan los camareros y las putas.
  • - Oh, lo siento… espero que no te hayamos estropeado nada, ¿no?
  • - No por Dios, si de verdad no tenía nada que hacer, y además aunque lo tuviera, me encanta poder dedicar el día a mis mejores clientes (sonrisa de conejo).

Lo malo de tener clientes alemanes es que con su humildad habitual ellos siempre se consideran a sí mismos como la prioridad número uno de tu empresa, lo cual les otorga automáticamente patente de corso para joderte el puente del uno de Mayo.  Esta vez utilizaron el ingenioso pretexto de que nadie más quería recibirles (hay que ver Klaus, total, un día tan normal como cualquier otro) y como estúpidamente habían reservado el vuelo de vuelta para el primero de Mayo por la noche, esperaban poder visitar nuestra fábrica, aunque fuera “en vacío”.  ¿Total, qué mejor forma de pasar un día de fiesta en Shanghai, ein?

Bargirls en accionMiren, les voy a perdonar en primer lugar porque uno es un ser magnánimo y generoso, y luego porque el recogerlos en su hotel a hora tan temprana como las diez de la mañana exige desplazarse a Shanghai la tarde anterior en persona y pasar noche en tan aburrida ciudad, ya que el chófer tiene derecho a disfrutar del puente con su familia, no faltaba más.  Hay que ver las cosas que uno tiene que hacer por su empresa -de esas que como todo el mundo sabe, van incluidas con el sueldo y por lo tanto no se pagan con dinero-.

Malone´s estaba en su línea, aunque por un momento me sentí transportado al pasado inmediato de un par de años o tres antes, cuando todo era comedimiento, buenas vibraciones y las working girls, siempre escasas pero bien seleccionadas, no llegaban hasta pasadas las once.  Esta vez efectivamente, y cuando ya comenzaba a alarmarme por la falta de quórum, aparecieron al filo de esa hora como si hubieran venido en el mismo autobús, llenando el lugar con ese ambiente indefinible y multicolor que tan sólo las de su gremio saben proporcionar a un lugar de por sí bastante aburrido.  Tuve la mala suerte sin embargo de ser elegido como blanco por una de ellas a la que estoy harto de ver por allí, pero nunca me había hecho un “approach” hasta la fecha (ni yo a ella, no es mi tipo).  Como soy un tipo curioso le di un poco del palique habitual para ver hasta dónde llegaba la cosa, hasta que observé que la buena señora no llevaba maquillaje, y a pesar de su relativa juventud (no pasaría mucho de los treinta) su rostro ofrecía las suficientes marcas del paso del tiempo como para convertirla en la piloto de pruebas favorita de Chanel a poco que se lo propusiera.  Sin poderlo evitar, me imaginé el resultado del mismo paso del tiempo (y del uso indiscriminado, ya puestos) sobre otras partes de su anatomía, lo que tuvo el efecto inmediato y fulminante de disuadirme sobre cualquier actividad complementaria que mi calenturienta mente pudiera estar considerando con la señorita en cuestión.  Así que tras las habituales excusas de rigor (lo siento pequeña, esta noche he quedado con tres filipinas, compréndelo) la dejé abandonada a su suerte y me dirigí al “Tongren Strip”, a ver si la noche mejoraba en algo tras un comienzo tan poco prometedor.

Yo no sé que tiene el Manhattan que me atrae como la mierda a las moscas un faro a un buque errante, pero el caso es que aun sin brújula ni GPS el piloto automático me llevó de nuevo directa e indefectiblemente a tan horrendo antro.  Es un bar pequeño, mal decorado, con una ventilación inexistente, bebidas de calidad más que sospechosa -hay noches que pienso que hasta la cerveza en botella es de garrafa-, saturado de mesas y en el que no hay ambiente hasta bien pasadas la una o las dos de la madrugada.  Esto último sin embargo, unido al simple pero efectivo plan de marketing -tragos y putas- lo convierte en una de las estrellas de la noche canalla Shanghainesa, sobre todo para tipos errabundos y de dudosa catadura moral como un servidor.  Me pedí el preceptivo té con hielo, no sin antes advertirle a Yaya lo que tenía que explicarle al barman sobre los peligros del alcohol metílico -posiblemente en vano, pero para eso debo ser el único idiota que le deja propina- y me dispuse a esperar un buen rato hasta que la cosa se animara, ya que como de costumbre, había llegado demasiado temprano.

Wang Yue vino como un Exocet en vuelo rasante, sólo para desilusionarse rápidamente ante mi cara de pocos amigos y mi consejo de que me dejara en paz y buscara mejor compañía para esa noche.  Me dejó un poco dolida, pero con esa sabiduría que da la vida y le hizo reconocer al instante que esa noche yo estaba evolucionando demasiado negativamente para cosa buena, no puso demasiadas objeciones.  Antes de irse me preguntó, tal vez con un poco de sarcasmo, que por qué había venido allí esa noche si no deseaba compañía.  Le conté la historia de Phuong, la que fue el último amor verdadero de mi vida y cuyo rastro perdí una aciaga noche en ese mismo bar, al que por tanto estoy condenado a retornar contumazmente con la vana esperanza de volver a encontrarla algún día.  Wang Yue no pareció muy impresionada -las de Sichuan deben tener el corazón duro-, pero al lado había una vietnamita oyendo nuestra conversación a la cual casi se le saltan las lágrimas, y que por supuesto más tarde intentó, también infructuosamente, hacerse con mis favores para esa noche.

Como dice mi amigo V, que se ha visto la saga completa de La Guerra de las Galaxias varias veces, “la juerga va contigo”, y si una noche no estás de humor intrínseco por ti mismo, es inútil que trates de encontrar jolgorio forzoso o que pienses que alguien va a intentar de forma altruista divertirte por muy refractario que tu estés.  Así que solo en mi mesa -es un decir, en el Manhattan las mesas de a cuatro se comparten alegremente con otras diez o doce personas- fui deslizándome por el abismo de la negritud y el alcohol mientras a mi alrededor varias filipinas, ladyboys y demás fauna circense que puebla el garito iban circulando y rebotando contra el muro de mi indiferencia.  Sólo una alegre mozuela llegó a llamarme la atención esa noche, pero mientras estaba evaluando la posibilidad de arrimarme a ella, contra la certeza de que dado el atavío que llevaba (lentejuelas de colores formando la bandera americana a vestido completo, no se lo pierdan) se habría trajinado en Singapur a la mitad de la séptima flota, se me adelantó un inglés gordo y calvo de la mesa vecina y me dejó con un palmo de narices.  Hundido y humillado por tan tremendo fracaso, y nada menos que a manos de la pérfida Albión, decidí por fin tirar por el camino fácil, saqué el móvil con gesto dramático y mandé un mensaje codificado.

Wang YueWang Yue se plantó a mi vera como un personaje de dibujos animados, con una velocidad tal que incluso sorprendió a mis compañeros accidentales de mesa.  Sin más preámbulos la agarré del brazo con actitud un tanto chulesca -a uno le gustan los efectos melodramáticos-, la arrastré hasta un taxi y nos fuimos para mi hotel.  Ella, gran profesional, no perdió la compostura ni la sonrisa en ningún momento.  Y entonces, contra todo pronóstico, sucedió el milagro una vez más, y fruto sin duda del cariño, comprensión y buen hacer de la muchacha -lo que hacen las horas de vuelo- el lobo solitario dentro de mí se fue ablandando, el ánimo y otras cosas levantando, y tras las actividades gimnásticas de rigor, que resultaron ser sorprendentemente agradables, terminamos charlando largo rato en la cama como dos viejos amantes que llevaran mucho tiempo sin verse.  A la mañana siguiente los teutones probablemente se sorprendieron de mi caluroso recibimiento… pero les puedo jurar que la sonrisa que yo llevaba puesta era sincera.

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21
Apr

LA CHICA DE LUOYANG

Posted in Gentes, Lugares  by Josema

Luoyang es una pintoresca ciudad de la provincia de Henan, famosa al parecer entre los chinos y algunos turistas avezados por diversas cosas:  Unas hermosas cuevas esculpidas con unos budas grandotes y pretendidamente antiguos, un excitante museo de tumbas antiguas, delicias gastronómicas de exóticos nombres y sabores, y sobre todo peonias, montones de peonias, que debe ser como la flor nacional de China o algo así.  Cerca de Luoyang está también el famoso monasterio Shaolin, cuna del kung-fu chino, donde el protagonista de la famosa serie homónima de TV malgastaba su tierna infancia intentando ser uno con la naturaleza y recibiendo leches a mansalva de un maestro ciego que despectivamente le llamaba “pequeño saltamontes”.  Si no sabe de qué coño estoy hablando no se preocupe, son cosas de épocas remotas, de las que sólo los más viejos del lugar nos acordamos y sin las que puede usted vivir perfectamente.

De todas estas cosas me he ido enterando con el devenir del tiempo;  cuando yo visitaba Luoyang, para mí no era otra cosa que un agujero infecto “in the middle of nowhere”, como dicen los yanquis, sin aeropuerto y jodidamente difícil de acceder -vaya noches en literas de tren durísimas, causantes sin duda de mis múltiples afecciones de espalda- y sin nada remotamente digno de llamarse “bar”, al menos según los estándares a los que estaba yo acostumbrado por aquel entonces.  Visité la ciudad no pocas veces, en un desesperado y a la postre vano intento de colocar una máquina carísima a ignorantes aldeanos cuya única preocupación era la tajada que podían sacar de la operación en forma de “under-the-table money”.  La misma mierda de siempre, vamos.

Con semejantes antecedentes no es de extrañar que cuando aquella noche llegamos al rancio hotel de Luoyang que mi ingeniero jefe había elegido para nosotros, tras una maratónica pero infructuosa sesión de negociaciones con nuestras víctimas potenciales, no tenía yo el cuerpo para muchas alegrías.  Por no faltar a la costumbre, sin embargo, y más que nada por mantener el entrenamiento -semilla de todo éxito, se lo digo yo-, ordené a mi acompañante nativo que buscara en la vecindad algo parecido a un bar para tomar un trago y ahogar las penas en té con hielo.  Tras un somero estudio de mercado por los alrededores, cinco minutos más tarde me informó alegremente de que según sus confidentes, el bar más prometedor estaba precisamente en nuestro hotel, así que con alguna prevención y desde luego sin ninguna esperanza de encontrar algo demasiado decente, para allá que nos fuimos.

Chica de LuoyangCuando entramos al supuesto bar, casi me como al chino con patatas.  Aquello era el cuchitril más asqueroso e inmundo que he visto jamás -y mira que he visto unos pocos-, un tabuco miserable y sin ventanas, con una iluminación propia de una sala de reuniones de la ONCE, unos muebles por los que había pasado el culo de al menos siete generaciones de chinos, y una moqueta llena de manchas indescriptibles que animaba más a vomitar sobre ella que a pisarla.  Para terminar de arreglar la escena, el presunto establecimiento hostelero estaba completamente vacío, con la excepción de dos lacónicas muchachas que debían hacer el papel de camareras, y que enfrascadas en su propia conversación como estaban, no mostraron el menor entusiasmo al vernos entrar.  Mi estimado chino, que para algunas cosas resultaba ser bastante listo, decidió rebajar las probabilidades de ser asesinado que iba adquiriendo por momentos, y rápidamente se apresuró a pedir unas cervezas al mismo tiempo que solicitaba a las chicas, más imperiosa que amablemente, que hicieran el favor de sentarse a nuestra mesa.

“From lost to the river”, pensé, ya sin fuerzas ni para enfadarme, y mientras mi acompañante se enfrascaba con las mozuelas en una conversación aparentemente insulsa, me dediqué a trasegar cervezas esperando que actuaran al menos como anestésico y me permitieran dormir plácidamente aquella noche, olvidándome de tanto infortunio acumulado.  Sin embargo y como suele decir mi hijo el mayor, que a pesar de su tierna juventud lleva camino de convertirse en un acreditado filósofo, “no hay mujeres feas, sino copas de menos”, y bien cierto resultó ser en esta ocasión, ya que aunque una de las rústicas mozuelas exhibía una fealdad más que notable incluso para un pueblo, la otra, a medida que iban cayendo cervezas, iba adquiriendo a mis ojos tintes incluso de potencial belleza -hay que ver lo que hace la desesperación-.  Ella a su vez también se iba animando, probablemente fruto de la curiosidad -ver un laowai por aquellos pagos debía ser algo así como encontrarte un oso panda en tu cuarto de baño al levantarte por la mañana-, y empezó a preguntarle a mi chino cosas sobre mí, si estaba soltero, si tenía mucho dinero, en fin, la inocente curiosidad de siempre.  Era una morenita de pelo y ojos más negros de lo habitual, con cara poco achinada, bastante joven y de altura y peso perfectos, y llevaba un vestido azul de punto hasta por encima de la rodilla que se le ajustaba al cuerpo de manera asaz sugerente y por momentos hasta provocativa.  Estropeaba todo con unas botas altas de color negro, piel falsa y horrible hechura, pero en fin, como diría el otro, nadie es perfecto.  Así transcurría plácidamente la velada, hasta que en un momento dado, fruto natural de la ingestión de innumerables cervezas, manifesté mi intención de ir al baño a resolver necesidades naturales.

La morenita se levantó como impulsada por un resorte y dijo que ya me acompañaba ella, que el servicio de caballeros estaba en el tercer piso.  Un poco divertido por la situación, le dejé que me acompañara para no perderme, y entonces, para mi sorpresa y estupor, en los diez segundos que duraba el viaje me miró a los ojos, se pegó a mí y me administró el repaso más a fondo y más excitante que me han dado en mi vida, al menos dentro de un ascensor.  Llegados al baño conseguí a duras penas realizar mis necesidades fisiológicas -se pueden imaginar el porqué- y cuando salí me estaba esperando en la puerta, donde sin ambages ni rodeos me propuso subir conmigo a mi habitación para darme un masaje.  “¿Sólo un masaje?” pregunté estúpidamente, más que nada por recuperar la iniciativa, a lo que con la típica mirada de no-seas-tonto respondió “meikalov, vely guda”, lo que traducido al castellano significa lo que ustedes ya saben.  Adiviné, sin duda correctamente, que mi ingeniero jefe haría de todo menos echarme de menos, así que directamente nos fuimos a mi habitación, no sin disfrutar de otra libidinosa sesión de exploración -esta vez mutua- durante el viaje de subida, un poco más largo que el anterior.

La morenita, de cuyo nombre no quiero acordarme -ni aunque quisiera, no tenía nombre de guerra en inglés y yo para los nombres chinos soy fatal- resultó ser un diamante en bruto.  Llevaba eso sí unas bragas como para fusilarla al amanecer de horteras que eran, con un águila o algo similar bordado en duro sobre el encaje, lo que debía resultar incomodísimo pero para ella sin duda constituía el colmo del erotismo.  Por lo menos eran negras, mi color favorito, así que no me resultó demasiado difícil el perdonárselo.  Recuerdo que la chavala desconocía en absoluto el noble arte de la depilación corporal y tenía un poco más de vello que la mayoría de las chinas, de color más oscuro o casi negro, por lo que resultó una refrescante variación sobre la monotonía habitual.  Era en fin alegre, entusiasta y dicharachera, por lo que consiguió sin dificultad que un servidor remontara su tenebrosa actitud de unos momentos antes, y que pasáramos un buen rato juntos.  Me dejó tirado como una colilla a las dos horas de comenzar la faena, con la excusa de que su jefe no le permitía estar más rato en las habitaciones.  Aunque aún me quedaba algo de miel en los labios, estaba mortalmente cansado después de tan miserable día, así que no insistí mucho para que se quedara.  Como consuelo, me dejó su número de teléfono, que deseché más tarde como habitualmente suelo hacer, y la vaga promesa de visitarme en Shanghai algún día.  Andando el tiempo la recordé más de lo que yo quisiera reconocer, y tal vez me arrepentí de no haber guardado aquel número.  Pero en fin, así es la vida.

A la mañana siguiente, según iba ya por el pasillo para hacer el check-out, se abrió la puerta de la habitación de mi ingeniero jefe y por ella asomó la otra chica que estaba con nosotros en el bar.  Tuve que aguantarme una carcajada mientras la chica se ponía colorada y corría escaleras abajo, a la vez que este humilde mortal reconocía una vez más que jugar en campo propio tiene sin duda sus ventajas.  Al menos el caballero había disfrutado durante toda una noche de los favores de la damisela, mientras yo me tuve que conformar con un par de horas… pero qué caramba, la mía era más guapa.  Con diferencia.

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10
Apr

DOS DIAS, TRES NOCHES

Posted in Gentes, Lugares  by Josema

Fui a Pekín esta vez como quien va a visitar a una antigua novia a la que no ha visto en un par de años, recordando los buenos tiempos y los malos momentos que uno pasó con ella, expectante y excitado ante la nueva apariencia que ella tendrá, habrá cambiado mucho, llevará aún el pelo recogido.  Pekín me recibió esplendorosa, primaveral, más bella y limpia que nunca, animada y bulliciosa como no la recordaba.  Los días los tenía ocupados en otros menesteres, pero las noches… tres noches pueden dar mucho de sí, si uno pone las ganas y dispone de la energía (y el dinero) necesarios para exprimirlas hasta la última gota de aventura, excitación y placer.

ArunaLa primera noche me dirigí al “Pig & Whistle”, el celebérrimo bar del hotel Lido, escenario anterior de buena parte de mis innumerables trapisondas por estas tierras.  Para mi estupor, ahora resulta llamarse “Pig & Thistle”, o sea que una de dos… o le han cambiado el nombre a traición, o este estúpido mortal llevaba cinco años llamando a la criatura por erróneo apelativo, fruto sin duda del alcohol y otros excesos que no vienen a cuento.  El caso es que, como viene siendo últimamente habitual en mi vida, antes incluso de entrar al antro-bar asomó por la puerta una mozuela alta y esbelta, de facciones correctas aunque sin llegar a ser portada de revista, ataviada con sus mejores galas de zorrón profesional.  Esta vez iba en modalidad “deportiva elegancia”, con un pantalón de chándal de vestir color rosa, de esos con cordones en la cintura y pata ligeramente acampanada, ajustados lo necesario por arriba, cintura baja, sugerentes en anverso y reverso, chaqueta a juego (sorprende que una tía toda de rosa tenga buena pinta) y tacones altos, lo que la convertía en blanco ineludible de todas las miradas.  No la reconocí al principio, pero ella me miró, sonrió, y pronunció mi frase recurrente favorita:  “Hi Josema, long time no see you“.  La señora Li Mali, vieja conocida donde las haya (mía y de medio Pekín, evidentemente), poseedora de un tatuaje en forma de rosa que creo ya les comenté un día, me cogió del brazo y me introdujo prisionero sin remisión alguna en el local.  Estaba guapa, más de lo que yo la recordaba, llevaba el pelo bien cortado y con recogido amplio -mi gran debilidad- y aunque me dio un poco de pena renunciar al resto de sorpresas que la noche podía tener deparadas para mí, Li Mali era una apuesta segura, buena compañía en toda circunstancia y estaba contenta de verme.  Poco más se puede pedir la primera noche de retorno a las raíces, así que sonreí relajadamente y me dejé llevar.  El resto, se lo contaré en una próxima entrada dedicada en exclusiva a la susodicha, que sin duda se lo merece.

La segunda noche intenté explorar el resto de los viejos lugares de antaño, de los que me habían llegado inquietantes noticias durante todo este tiempo, marcado por el infausto año olímpico.  Efectivamente, han cambiado bastante y se les nota heridos de muerte con respecto a los viejos tiempos… puede que sea fruto de una feroz persecución policial (Hollywood), de un prolongado cierre y una más que desafortunada remodelación (Maggie’s) o simplemente de que era lunes (Suzie Wong, Hard Rock Café).  Puede también que se deba únicamente a la inexorable evolución natural y sea hora de dejarse de nostalgias y buscar otros caladeros, el caso es que la noche se puso cuesta arriba y sólo un gran profesional como un servidor es capaz de levantarla sin desánimo y sacar partido incluso de la adversidad.  Era de Mongolia y se llamaba Solongo, nombre horrendo donde los haya y capaz de espantar al más pintado, hasta que una amable y espontánea traductora natural de Kazajstán (o como se escriba) me dijo que traducido al cristiano la muchacha se llamaba “arco iris”.  Ante tan irresistible propuesta no me fue difícil dar la noche por zanjada, pelearme con la seguridad del hotel -que se resistían a creer que la chica sólo venía a ver unos catálogos- y aguantar el insomnio de la niña (cómo me jode que sólo puedan dormir de día, por Dios) hasta que a las cinco de la mañana la mandé para su humilde morada y pude por fin disfrutar de unas horas de plácido reposo.  Ah, por cierto, recorrer el arco iris de arriba abajo tampoco tiene mucho de especial, no sé, será que me perdí algo.

La última noche, reuniendo el resto de las pocas energías que me quedaban, conseguí arrastrarme de nuevo hasta el “P&T”, que a esas alturas de semana se había convertido en la única alternativa viable para hacer un poco el golfo, y además tenía un buen presentimiento, que no me falló (es lo que tiene disponer de un ángel de la guarda de última generación).  Tras una hora de insulsa charla con las parroquianas -y parroquianos, hay que ver cómo se enrollan los forasteros cuando están fuera de las faldas de la madre patria- y de declinar amablemente las atenciones de Li Mali (que no se molestó en absoluto, ya sabe que no soy de repetición a corto plazo) apareció por fin Aruna, y mi vida cambió por completo, como dicen en las telenovelas.  Aruna posee la serena belleza de las estepas de Mongolia, tiene la edad perfecta para una mujer (28 años), todas las tallas adecuadas, a lo alto y a lo ancho, y un tacto increíblemente suave y levemente neumático, como a mí me gusta.  Tiene también unos ojos negros como la noche pero aún capaces de mirarte con sorpresa e incluso con inocencia a veces, y una sonrisa franca, sincera y abierta, enmarcada por unos labios prometedores de los más oscuros placeres, capaces de satisfacer los más turbios deseos.  Fui con ella a “Chocolate”, el nuevo club de ambiente ruso-bizantino que está de moda en la noche Pekinesa.  Allí bebimos, hablamos, bailamos, nos miramos, nos tocamos y dejamos en fin la noche vista para sentencia.  Aruna y yo fuimos felices esa noche.  Felicidad efímera, felicidad prestada, felicidad comprada… lo que quieran, pero felicidad al fin y al cabo.  Eso es lo que nos queda.

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5
Apr

JOURNEY TO BEIJING

Posted in Lugares  by Josema

Estoy más nervioso que un chiquillo la víspera de volver al colegio después de unas largas vacaciones.  Verán, es que se me ha presentado la oportunidad de acercarme a Pekín por un par de días, y menudo soy yo para dejar escapar semejante ocasión, aunque sea cogiéndola por los pelos.  El motivo en este caso es lo de menos, lo importante es que dispongo de un par de días -con sus correspondientes noches- para volver a visitar, esta vez tras una larguísima ausencia, la ciudad que me vio llegar a China hace ya la friolera de cinco años, casi casi con la boina y la maleta de cartón.

Pekín siempre ha sido muy especial para mí.  En esa inmensa ciudad comida por la contaminación, ardiente en verano y gélida en invierno, tan bella y tan fea al mismo tiempo, he trabajado, he hecho el vago, he triunfado, he fracasado, me he enamorado, me he desenamorado, me han querido, me han engañado, he cometido todo tipo de tropelías, me han perdonado muchas cosas, y básicamente he sido feliz.  Lo mío con Shanghai fue distinto, más bien un amor a primera vista, y aunque me trasladé aquí sin pensármelo mucho, seguí volviendo a Pekín frecuentemente, hasta que cerré la oficina de allí.  Recuerdo aquel triste y oscuro atardecer como si fuera ayer.  Sólo quedábamos mi fiel secretaria y yo, recogiendo los últimos papeles sin mirarnos y sin hablar.  La tarde avanzaba, la luz de fuera se iba, pero nosotros nos resistíamos a encender las luces.  Por fin, cuando ya no pudimos alargar más el momento, musitamos unas tontas palabras de despedida, nos dimos un corto abrazo y ella se fue.  Me quedé solo un buen rato más a oscuras, mirando por la ventana las luces del brutal tráfico veinte pisos más abajo, como en tantas ocasiones había hecho pero sabiendo que ésta era la última.  Recordé los buenos y los malos ratos que había pasado en esa oficina, las alegrías y los disgustos, las mañanas de resaca y las tardes de anticipada excitación cuando tenía una cita prometedora un par de horas más tarde.  Me puse moñoño de cojones y quise echar un par de lágrimas para la posteridad, pero no me salieron.  Lástima, hubiera sido un gran momento para contarlo luego en mis memorias.

En los siguientes dos años volví a Pekín en sólo un par de ocasiones, pero como siempre sucede en estos casos, ya nunca fue lo mismo.  Así que ahora estoy entre histérico y fascinado ante mi próxima visita, imaginando como será, qué pasará, a quien conoceré, en qué comisaría me tomarán las huellas.  Recuerdo con enorme precisión toda la gente que conocí, todos los lugares que solía visitar, alguno de los cuales ya ha aparecido en estas crónicas, y a pesar de saber que no podré volver a todos, de que dicen que Pekín ya no es lo mismo desde las Olimpíadas, me invade una anticipada excitación ante la perspectiva de volver a pisar las calles (y los bares) que tanto quise y que no imaginé que echaría tanto de menos.

Ya les contaré cuando vuelva… de momento y para que no se aburran, les dejo con una de mis amigas para que les amenice la espera.  No sé si la chavala será de Pekín, probablemente no… pero la verdad, eso es lo de menos ¿no les parece?[PSGallery=e8310suag]

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12
Mar

BABYFACE

Posted in Lugares  by Josema

Recuerdo un Domingo por la noche que hice una escapadita a Shanghai.  Una cosa inocente, nada premeditada, tenía que recoger a un cliente el Lunes temprano y decidí que lo mejor era hacer noche en la gran ciudad y evitarme el madrugón.  Lo malo es que me cogió por banda Wang Yue (miento como un bellaco, la llamé yo) y luego pasa lo que pasa.

Fuimos primero a cenar a un Yunnanés (¿se dirá así?), donde mi ángel de la guarda debió decidir que la cosa estaba muy aburrida y quiso darle algo de emoción.  Así que en mitad de la cena se abrió la puerta del local y entró nada menos que un equipo de televisión, entre cuyos componentes pude reconocer sin dificultad a un conocido presentador de una cadena de Shanghai que se dedica a hacer un programa de visitas a restaurantes, para hablar mayormente de sus excelencias.  El dueño del establecimiento se disculpó mesa a mesa por las molestias, y hasta nos invitaron a un plato típico con expresa recomendación de que sonriéramos mucho.  Todo muy amable y muy simpático, hasta que el fulano de la cámara y el presentador empezaron a evolucionar entre las mesas y entonces recordé con un escalofrío que el programa consiste principalmente en hacer cortas entrevistas a los comensales preguntándoles cómo está la comida, qué les gusta más, lo de siempre.  Aposté en mi fuero interno a que sabía a qué mesa se dirigirían sin vacilación, y efectivamente me gané a mí mismo sin dificultad.

Conseguí interceptar la trayectoria de la cámara a un par de metros de nuestra mesa, lugar donde bajo la atenta y sorprendida mirada del resto de la concurrencia traté de explicarle al conocido presentador que quizá no fuera una buena idea incluirnos a la señorita y a mí en el mismo plano de cámara.  El depravado fulano decidió hacerme sufrir un poco e hizo como que no entendía, mientras me miraba de arriba abajo intentando reconocer a una estrella de la pantalla o un conocido personaje público en busca de intimidad.  Por fin, tras obligarme a utilizar una cierta brusquedad, cambió de objetivo y se dirigió hacia otras víctimas, no sin antes echarme una mirada de desprecio que haría sonrojar al mismísimo Marco Polo.  Humillado y abochornado volví a la mesa, donde Wang Yue sonreía entre asombrada y divertida.  En una esquina alejada, mi ángel de la guarda se retorcía de risa sin disimulo alguno.

babyface-shanghaiAl final conseguimos terminar la cena sin más sobresaltos, momento en el que la pizpireta señorita anunció sin paliativos que quería ir a bailar a Babyface, mientras me observaba inquisitiva como preguntando “¿será tal vez demasiada tralla para usted, venerable anciano?”.  Sucede sin embargo que a un servidor le chiflan los desafíos y además, modestia aparte, aún recuerdo cómo se mueve el esqueleto con cierto estilo, así que pueden ustedes adivinar fácilmente dónde estábamos media hora más tarde.

Babyface es una cadena de clubs con seis locales en toda China -un servidor es socio fundador del de Beijing, ah qué recuerdos- con un formato que después han tratado de copiar innumerables bares y discotecas del país:  barra cuadrada con algunos bancos, mesas y sofás alrededor, un segundo piso con reservados donde los grandes laobanes impresionan a sus amigos y a unas cuantas señoritas de alquiler con su poderío económico, y ruido, sobre todo mucho ruido.  En honor de Babyface hay que decir que el servicio es bueno, la música, alta pero no ensordecedora, es excelente, y es uno de los sitios donde mejor preparan mi bebida favorita, el long island ice tea que algún día me llevará a la tumba.  Al contrario que sus imitadores, esta gente tiene dos dedos de frente y no llenan la pretendida pista de baile con un montón de mesas para recolectar más dinero, sino que dejan el sitio suficiente para que el personal practique libremente sus expresiones corporales -llamarle a eso bailar sería excesivamente generoso-.  Así que en tan grato ambiente bebimos, reímos, sudamos un poco y en mi caso hasta conseguí olvidarme de que al día siguiente era Lunes.  Aunque había oído rumores pero sin poder comprobarlos (en esta sucursal no había estado aún), me sorprendió un poco ver un par de caras conocidas con pinturas de guerra, ya me entienden, cosa que mi acompañante me confirmó sin dificultad e incluso me señaló a otra media docena de señoritas que a primera vista pasaban desapercibidas, pero que sin duda también estaban “trabajando”.  Qué cosas tiene Shanghai.

A media noche la concurrencia era desorbitada para ser un Domingo, casi toda compuesta de nativos, gente joven en su mayoría (me encanta subir la media, ya ven), niños y niñas pijos con ropa cara y escaso aguante del alcohol, hecho científico que sin embargo se empeñan en desafiar con contumaz insistencia.  También había, y eso me ha llamado siempre mucho la atención en China, el porcentaje habitual de mujeres solas, en sus veinte o treinta años, positivamente no del gremio, bien vestidas y negociando su whisky con té verde sin ninguna ayuda, sin sonreír y sin hablar con nadie.  Una vez conocí e incluso llegué a intimar un poco con una de este estilo, pero era en una ciudad más pequeña y no creo que fuera muy representativa de la especie, por lo que el desafío de conseguir una para “la cole” aún sigue pendiente.  Lo malo es que yo casi nunca voy solo a estos sitios, caramba.

jacuzziCuando ya me empezaron a doler los pies y me había trasegado una cantidad más que prudente de mis tés con hielo, informé a Wang Yue de que la agencia de viajes donde normalmente reservo me había hecho una pirula, y para compensar se habían visto obligados a darme una maravillosa suite con un jacuzzi de lujo, que me daba pereza estrenar solo.  Me miró como diciendo “tú eres idiota o qué, nos ha jodido que voy contigo”, así que sin más dilación dejamos a la sudorosa turbamulta y nos retiramos a nuestros aposentos.  Jacuzzis aparte, aquella noche lo pasamos bien.

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