NOCHES DE MANHATTAN
Viernes, uno de Mayo de 2009:
- - ¿Josema, de verdad entonces que hoy es fiesta en China y no trabaja nadie?
- - Pues sí, es una de las grandes fiestas nacionales, hoy sólo trabajan los camareros y las putas.
- - Oh, lo siento… espero que no te hayamos estropeado nada, ¿no?
- - No por Dios, si de verdad no tenía nada que hacer, y además aunque lo tuviera, me encanta poder dedicar el día a mis mejores clientes (sonrisa de conejo).
Lo malo de tener clientes alemanes es que con su humildad habitual ellos siempre se consideran a sí mismos como la prioridad número uno de tu empresa, lo cual les otorga automáticamente patente de corso para joderte el puente del uno de Mayo. Esta vez utilizaron el ingenioso pretexto de que nadie más quería recibirles (hay que ver Klaus, total, un día tan normal como cualquier otro) y como estúpidamente habían reservado el vuelo de vuelta para el primero de Mayo por la noche, esperaban poder visitar nuestra fábrica, aunque fuera “en vacío”. ¿Total, qué mejor forma de pasar un día de fiesta en Shanghai, ein?
Miren, les voy a perdonar en primer lugar porque uno es un ser magnánimo y generoso, y luego porque el recogerlos en su hotel a hora tan temprana como las diez de la mañana exige desplazarse a Shanghai la tarde anterior en persona y pasar noche en tan aburrida ciudad, ya que el chófer tiene derecho a disfrutar del puente con su familia, no faltaba más. Hay que ver las cosas que uno tiene que hacer por su empresa -de esas que como todo el mundo sabe, van incluidas con el sueldo y por lo tanto no se pagan con dinero-.
Malone´s estaba en su línea, aunque por un momento me sentí transportado al pasado inmediato de un par de años o tres antes, cuando todo era comedimiento, buenas vibraciones y las working girls, siempre escasas pero bien seleccionadas, no llegaban hasta pasadas las once. Esta vez efectivamente, y cuando ya comenzaba a alarmarme por la falta de quórum, aparecieron al filo de esa hora como si hubieran venido en el mismo autobús, llenando el lugar con ese ambiente indefinible y multicolor que tan sólo las de su gremio saben proporcionar a un lugar de por sí bastante aburrido. Tuve la mala suerte sin embargo de ser elegido como blanco por una de ellas a la que estoy harto de ver por allí, pero nunca me había hecho un “approach” hasta la fecha (ni yo a ella, no es mi tipo). Como soy un tipo curioso le di un poco del palique habitual para ver hasta dónde llegaba la cosa, hasta que observé que la buena señora no llevaba maquillaje, y a pesar de su relativa juventud (no pasaría mucho de los treinta) su rostro ofrecía las suficientes marcas del paso del tiempo como para convertirla en la piloto de pruebas favorita de Chanel a poco que se lo propusiera. Sin poderlo evitar, me imaginé el resultado del mismo paso del tiempo (y del uso indiscriminado, ya puestos) sobre otras partes de su anatomía, lo que tuvo el efecto inmediato y fulminante de disuadirme sobre cualquier actividad complementaria que mi calenturienta mente pudiera estar considerando con la señorita en cuestión. Así que tras las habituales excusas de rigor (lo siento pequeña, esta noche he quedado con tres filipinas, compréndelo) la dejé abandonada a su suerte y me dirigí al “Tongren Strip”, a ver si la noche mejoraba en algo tras un comienzo tan poco prometedor.
Yo no sé que tiene el Manhattan que me atrae como la mierda a las moscas un faro a un buque errante, pero el caso es que aun sin brújula ni GPS el piloto automático me llevó de nuevo directa e indefectiblemente a tan horrendo antro. Es un bar pequeño, mal decorado, con una ventilación inexistente, bebidas de calidad más que sospechosa -hay noches que pienso que hasta la cerveza en botella es de garrafa-, saturado de mesas y en el que no hay ambiente hasta bien pasadas la una o las dos de la madrugada. Esto último sin embargo, unido al simple pero efectivo plan de marketing -tragos y putas- lo convierte en una de las estrellas de la noche canalla Shanghainesa, sobre todo para tipos errabundos y de dudosa catadura moral como un servidor. Me pedí el preceptivo té con hielo, no sin antes advertirle a Yaya lo que tenía que explicarle al barman sobre los peligros del alcohol metílico -posiblemente en vano, pero para eso debo ser el único idiota que le deja propina- y me dispuse a esperar un buen rato hasta que la cosa se animara, ya que como de costumbre, había llegado demasiado temprano.
Wang Yue vino como un Exocet en vuelo rasante, sólo para desilusionarse rápidamente ante mi cara de pocos amigos y mi consejo de que me dejara en paz y buscara mejor compañía para esa noche. Me dejó un poco dolida, pero con esa sabiduría que da la vida y le hizo reconocer al instante que esa noche yo estaba evolucionando demasiado negativamente para cosa buena, no puso demasiadas objeciones. Antes de irse me preguntó, tal vez con un poco de sarcasmo, que por qué había venido allí esa noche si no deseaba compañía. Le conté la historia de Phuong, la que fue el último amor verdadero de mi vida y cuyo rastro perdí una aciaga noche en ese mismo bar, al que por tanto estoy condenado a retornar contumazmente con la vana esperanza de volver a encontrarla algún día. Wang Yue no pareció muy impresionada -las de Sichuan deben tener el corazón duro-, pero al lado había una vietnamita oyendo nuestra conversación a la cual casi se le saltan las lágrimas, y que por supuesto más tarde intentó, también infructuosamente, hacerse con mis favores para esa noche.
Como dice mi amigo V, que se ha visto la saga completa de La Guerra de las Galaxias varias veces, “la juerga va contigo”, y si una noche no estás de humor intrínseco por ti mismo, es inútil que trates de encontrar jolgorio forzoso o que pienses que alguien va a intentar de forma altruista divertirte por muy refractario que tu estés. Así que solo en mi mesa -es un decir, en el Manhattan las mesas de a cuatro se comparten alegremente con otras diez o doce personas- fui deslizándome por el abismo de la negritud y el alcohol mientras a mi alrededor varias filipinas, ladyboys y demás fauna circense que puebla el garito iban circulando y rebotando contra el muro de mi indiferencia. Sólo una alegre mozuela llegó a llamarme la atención esa noche, pero mientras estaba evaluando la posibilidad de arrimarme a ella, contra la certeza de que dado el atavío que llevaba (lentejuelas de colores formando la bandera americana a vestido completo, no se lo pierdan) se habría trajinado en Singapur a la mitad de la séptima flota, se me adelantó un inglés gordo y calvo de la mesa vecina y me dejó con un palmo de narices. Hundido y humillado por tan tremendo fracaso, y nada menos que a manos de la pérfida Albión, decidí por fin tirar por el camino fácil, saqué el móvil con gesto dramático y mandé un mensaje codificado.
Wang Yue se plantó a mi vera como un personaje de dibujos animados, con una velocidad tal que incluso sorprendió a mis compañeros accidentales de mesa. Sin más preámbulos la agarré del brazo con actitud un tanto chulesca -a uno le gustan los efectos melodramáticos-, la arrastré hasta un taxi y nos fuimos para mi hotel. Ella, gran profesional, no perdió la compostura ni la sonrisa en ningún momento. Y entonces, contra todo pronóstico, sucedió el milagro una vez más, y fruto sin duda del cariño, comprensión y buen hacer de la muchacha -lo que hacen las horas de vuelo- el lobo solitario dentro de mí se fue ablandando, el ánimo y otras cosas levantando, y tras las actividades gimnásticas de rigor, que resultaron ser sorprendentemente agradables, terminamos charlando largo rato en la cama como dos viejos amantes que llevaran mucho tiempo sin verse. A la mañana siguiente los teutones probablemente se sorprendieron de mi caluroso recibimiento… pero les puedo jurar que la sonrisa que yo llevaba puesta era sincera.



