Oh! China
El lado canalla de la China

Archive for the ‘Lugares’ Category

11
Dec

THE END OF THE WORLD (AS WE KNEW IT)

Posted in Lugares  by Josema

tongren-lu-4-amBueno, pues parece ser que los rumores se confirman:  La inefable  calle Tong Ren de Shanghai (Tongren Lu para los amigos), antro de perdición donde los haya, escenario cutrelux de tropelías alcohólico-sexuales sin par, incubadora infatigable de leyendas urbanas (con muertos incluidos)… desaparece.  Entiéndanme, la calle en sí no se evapora misteriosamente, sino que van a cerrar los tropecientos bares hilvanados sin solución de continuidad -y en tres niveles superpuestos, para mayor escarnio- que la conforman y que en su día establecieron toda una época de referencia en el Shanghai canalla de principios del siglo XXI (toma ya).

El rumor, convertido hoy día en certeza, me llegó a través del señor A, infatigable comentarista de estas crónicas y gran conocedor de la noche shanghaitarra, mediante un mordaz comentario que dejó hace unos días en el blog y que tuvo la virtud de dispararme todas las alarmas.  Fíjense si vivo apartado del mundanal ruido que no me había enterado de nada… ¿un supuesto canalla como yo? “shame on me”, que se dice. Como castigo ejemplar, me he rebajado yo mismo cuarenta puestos en el ranking asiático de canallas vivos –y a este paso me temo que me va a costar recuperar la posición casi tanto como a un tenista que yo me sé recobrar el numero uno-.

A decir verdad, Tongren Lu nunca ha sido uno de mis destinos favoritos… imagínense una calle de cien metros de largo mal medidos, con un lado vacío y únicamente adornado con una triste tapia, y en el otro un edificio horroroso de cristal con tres alturas, cuajado en su inmensa mayoría de baretos pretendidamente canallas y antros similares.  Este cluster de locales tan ecléctico arrancó en su día –hará ya cosa de cinco años, hay que ver cómo pasa el tiempo- como improbable heredero de la tan añorada Maoming Lu, y pronto pasó a recoger los desechos humanos, entre los cuales tuve el dudoso honor de contarme, del nunca bien ponderado y jamás olvidado “Bourbon Street”.  Las señoritas de compañía por aquel entonces eran en su mayor parte de extracción local, por naturaleza poco estridentes, una mezcla de “talking girls” y putillas freelancer que la mayoría de las veces de puro ingenuas resultaban hasta entrañables.  Y así, poco a poco, la tribu canalla de aquella época nos fuimos acostumbrando a lo que había… y qué caramba, hasta llegamos a disfrutarlo (cómo no).  Al fin y al cabo, como diría un buen amigo mío -un poco bruto, eso sí- “ a falta de pan, buenas son hostias”.  Hasta que un buen día, y sin que nadie recuerde muy bien cómo, desembarcó en Tongren Lu una nutrida turba de filipinas, ruidosas, descaradas y con un instinto comercial exacerbado, y con ellas llegó el escándalo.  A partir de ahí vietnamitas, coreanas, tailandesas, rusas y demás gentes de mal vivir –ladyboys incluidos/as- conformaban todos los días de la semana, con más o menos altibajos, una colorista tropa a la cual nos uníamos alegre e inconscientemente los parroquianos de costumbre -siempre que nuestras múltiples obligaciones nos lo permitieran, por supuesto-.

Sin embargo algunas noches, a altas horas de la madrugada, cuando aquello se convertía en una sucursal autorizada de Sodoma y Gomorra, casi daba vergüenza ajena –y propia- pasearse por la calle.  Entre las celosas trabajadoras de los pisos altos, que bajaban a buscar clientes a la calle, y las funcionarias profesionales que hacían la calle como alternativa barata a las endurecidas meretrices con plaza fija en barra, parecíamos todos grotescos miembros de la tropa de un circo cutre y barato, enquistado de forma molesta en las brillantes entrañas de una ciudad cosmopolita y progresiva, y al que por tanto las autoridades –competentes, por supuesto- no tardarían en echar el candado.

Chicas de Tongren_022Y eso parece que va a suceder por fin, y no me parece mal del todo.  Unos dicen que es cosa de la Expo del año que viene, como parte de la campaña municipal para “limpiar” la ciudad y presentarla como espejo de la China que viene.  Otros dicen que simplemente es que se terminan los contratos de alquiler de los locales, y los dueños del edificio tienen mejores planes para el mismo, ahora que enfrente van a construir un complejo –otro, quiero decir- de hotel de lujo, balneario, centro comercial y lo que se tercie.  Parece ser que Judy’s, uno de los locales pioneros y emblemáticos de la calle, va a reabrir sus puertas unos metros mas allá, en la misma calle pero lejos del edificio maldito.  Que Manhattan, estrella incontestable de la zona sin que nadie acierte muy bien a explicarse cómo lo ha conseguido, se va a mover también al principio de la calle, cerca del archifamoso Malone’s.  Incluso hablan que la mayoría de garitos se trasladarán en bloque a un nuevo cocedero de mariscos al principio de Julu Lu, cerca de la Plaza del Pueblo (me encanta el nombre), que será una versión en subterráneo de las Orchard Towers de Singapur.

Pues bueno, pase lo que pase, para los aventureros como un servidor (aunque actualmente esté en periodo transitorio de hibernación), esto son excelentes noticias.  Qué demonios, hay que renovarse, buscar y explorar nuevos caladeros de pesca, combatir la depresión matinal de asomarse al espejo y ver como pasan los años, sentirse vivo, joder (en ambas acepciones).  Por supuesto que hay vida después de Tongren Lu, porque una cosa es cierta… cierren los bares o no, se muevan a otro sitio o echen el cierre definitivo, las que no desaparecerán serán las de siempre.  Con un poco de suerte incluso, quizás hasta se renueve el material.  Al fin y al cabo, como decía mi profesor de Física, “las putas son como la energía:  ni se crean ni se destruyen, sólo se transforman”.

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18
Jul

LOS ULTRA-PIJOS BARES DEL BUND

Posted in Lugares  by Josema

bar RougeHabrán leído ustedes, probablemente, acerca de la increíble operatividad de la Fuerza Aérea norteamericana, capaz de colocar en el aire cuarenta bombarderos estratégicos cargados de misiles nucleares, junto con los correspondientes cazas de escolta, en menos de diez minutos a partir de la alerta roja (o la DefCon 1, que dicen ellos y queda más mono).  Bueno, pues eso es una mariconada comparado con el tiempo de respuesta de Mei Mei a una insinuación del tipo “nena, ¿nos vamos de mambo tonight?” enviada mediante mensaje telefónico.  Entre diez y veinte segundos tarda como mucho la criatura en entrar en eficacia, dependiendo probablemente de si la pillas cagando o no –con perdón.

Así es que el Jueves, que tenía el día revoltoso, me escapé a media tarde de mi pueblo-prisión tras quedar con la susodicha, y una vez cumplido el ritual combinado taxi-tren-metro-más taxi –¿no es excitante vivir en el campo?– conseguí por fin arrojarme, exhausto pero satisfecho, en los dulces brazos de Mei Mei, también ansiosa de explorar nuevos recovecos de esta inquietante ciudad.  “Hace mucho que no me sacan a cenar y a bailar, jo” me dijo.  “Es que te echas unos novios muy sosos, cariño, que además solo piensan en lo único”, contesté socarronamente, sólo para ganarme un puntapié en la espinilla.  Cenamos primero en un japonés que yo tenía apuntado, un local oculto entre bosques de bambú en las entrañas de Julu Lu, con decoración minimalista tipo factoría y amplitud impresionante entre mesa y mesa, lo que te deja cenar tranquilo sin oír estúpidas conversaciones ajenas.  La comida -denominada un tanto pomposamente como “neo-japonesa”- es buena, pero las raciones un pelín escasas para una señorita con más saque que Andy Roddick, así que fingiendo que yo también tenía hambre y para desconcierto de los camareros tuve que pedir un plato más al final de la comida, para saciar el increíble apetito de mi encantadora compañía.  Después, con la panza bien rellena, nos dirigimos de común acuerdo al Bund (el waterfront, como me lo llama un entrañable amigo ameriyanki), donde hace mucho que no había estado y tenía curiosidad por conocer los nuevos garitos que tanta fama han adquirido recientemente.

Glamour barBueno, pues el paseo fue un pequeño fracasito –o una gran decepción, según se mire.  De los cuatro o cinco bares que visitamos sólo había vida humana significativa en uno, el Laris, que encima es un restaurante más que un bar, pero donde la barra adquiere una popularidad inesperada después de que recogen las mesas.  Aquello estaba lleno de gente guapa y super-pija, en su mayoría occidentales, tanto que calculé entre ocho y diez mil euros por metro cuadrado entre ropa y accesorios (y sin contar la cocaína).  De lo que estoy seguro es de que allí, trabajar, lo que se dice trabajar para ganarse la vida, lo haríamos media docena, incluyendo los camareros.  Los demás constituían una pandilla con pinta de artistas de la “dolce vita” que tiraba de espaldas.  Un servidor, que modestia aparte está ya bastante “viajao” se lo estaba pasando en grande, con mis vaqueros piojosos y mi Omega falsificado –y calculando en cuanto estaría subiendo la media de edad–, pero la pobre Mei Mei se estaba llevando una sofoquina de cuidado comparándose con las ultra-glamurosas parroquianas que deambulaban exhibiendo palmito (y modelitos) con singular donosura.  La saqué de allí cuando se quedó de muestra mirando a un par de fulanos que intercambiaban efusivas carantoñas en un sofá –“¿eso no son dos tíos?” “sí cariño, déjales que están a lo suyo”– y nos fuimos a recorrer bares vacíos.  Glamour, Bar Rouge… ¿dónde coño se ha metido la gente en Shanghai? ¿A tanto llega la crisis económica? Hay que ver… en este último, el Bar Rouge, antaño tan poblado todos los días de la semana, sólo estaban de guardia un par de ladyboys, intentando pescar algo entre la escasa parroquia antes de que les diera la hora de ir al Manhattan.  “¿Por qué te saludan, les conoces?” “No, cariño, les habré caído bien”.  Por fin, animados por los cubatas pero un poco descorazonados por el ambiente, nos fuimos a ver si la nueva adquisición de la noche Shanghaitarra, el cacareado club M2, hacía justicia a su fama.  Para un socio fundador de las primeras discotecas de mi pueblo, allá por los años setenta, subir a un quinto piso de un centro comercial para entrar a una disco me hace rechinar los dientes, pero la verdad es que había gente, mucha gente, y lo que vi allí pronto me hizo olvidar toda prevención.  Un gran local de techo alto, excelente iluminación y sonido, buena música y simpáticos números para amenizar la noche, estilo Ibiza.  Un pequeño detalle que llamo mi atención, sin embargo… el 95 por ciento de la parroquia eran asiáticos.  Mucha gente de Hong Kong y Taiwán, según Mei Mei, pero ya ven ustedes por dónde van los tiros, y quién maneja la tela últimamente.  Allí redimimos la noche, echamos un bar de bailongos y conseguimos de nuevo elevar el espíritu –como correcto anticipo a la elevación de otras cosas, se supone.

compartiendoHicimos una última parada técnica en su bar de Tongren Lu, por una parte para engordar la caja –supuestamente ella tiene que fichar todos los días– y por otra para que Mei Mei encoñara un poco a un fulano que llevaba una hora preguntando por ella, y que lleva camino de convertirse (aunque él aún no lo sepa) en la próxima adquisición del harén privado de la señora.  Yo mientras aproveché, como hago siempre que caigo por ahí, para tirarle los tejos a Yu Ming, la encargada de la barra, y como siempre obtuve el mismo resultado, o sea, nada.  Dice que cada vez que me mira se imagina mis múltiples “ex” y mis numerosos hijos (“irresponsable” me llama, con singular acierto) y se le quitan las ganas de hacer nada conmigo.  Las hay picajosas, caramba.  Por fin, al filo de las cuatro, Mei Mei y yo nos retiramos a nuestros aposentos –los suyos, en este caso– para disfrutar de un merecido descanso tras una noche de tantas emociones.  Recuerdo vagamente una sesión de sexo tumultuoso, un tanto alcohólico y confuso, pero bastante apasionado –Mei Mei contenta es bastante ardiente, y se opone a pocas cosas.  A la mañana siguiente, casi mediodía ya, nos despertó un mensaje de Johnny al móvil de ella –“llego mañana, a las diez en mi hotel”.  “A la orden, señor”, me reí.  “¿Te da mucho dinero?” le pregunté, tras echar un último caliqueño a la salud de Johnny.  “Bah, no te creas… pero me compra muebles en Ikea, ese, ese y este… ah, y también la tele y el DVD.  Pero tú eres el único que duerme aquí”.  Es simpático, compartir querida con un piloto de British.

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8
Jul

JULU ROAD, SHANGHAI

Posted in Gentes, Lugares  by Josema

Hubo una época de mi vida en Shanghai –qué bien, hablo ya como un millonario retirado– en la que viví en Julu Lu, en el comienzo del barrio francés, como los ricos.  Desde la ventana de mi cuarto de baño veía todas las madrugadas, cuando me levantaba a horas intempestivas para vaciar la vejiga como un carcamal, la ristra de bares con sus luces multicolores que forman la zona de más ambiente de la calle, cerca del Hilton, y me imaginaba con un poco de envidia lo que en esos momentos podía estar pasando dentro.  Nueve bares seguidos en un lado, que los he contado, y otros dos o tres en la acera opuesta, forman un cluster de perdición que en los buenos tiempos rivalizaba –o mejor dicho, complementaba– la otra zona canalla que hubo por excelencia en esta ciudad, la inefable Maoming Lu.  Los bares, como se puede usted imaginar, no son precisamente del tipo donde llevaría a su mujer y los niños a tomar el vermú con aceitunas de los domingos, a menos que pretenda usted que hasta sus retoños terminen pagándoles copas a las alegres muchachas que pululan en bandadas por el interior de cada uno, exprimiendo las carteras de los incautos laowais con encomiables –y al mismo tiempo espeluznantes– velocidad y habilidad.

Dicen las malas lenguas que aunque el ambiente de Julu Lu ha caído en picado, en relación directamente proporcional al vertiginoso ascenso en popularidad del Tongren strip, aún es posible encontrar ambiente simiesco a altas horas de la madrugada, y que si es usted un avezado y antiguo laowai, de los que tomaban copas con Marco Polo y se las saben todas, incluso se las puede arreglar para que le hagan un “trabajo fino de boca” –ya me entiende– en la trastienda de alguno de los tenebrosos tugurios que se hacen pasar por bares.  Desconozco si tan tremebunda afirmación es cierta o se trata tan sólo de una leyenda urbana más, lo cierto es que en aquella ocasión en que V y yo decidimos terminar la noche deambulando por sus garitos, la calle estaba bastante menos que animada.  V había venido a Shanghai con poco tiempo y estaba firmemente decido a “quemar la noche” conmigo –cuando se pone así de serio es particularmente entrañable, teniendo en cuenta que se cuece como un piojo a la tercera copa– así que tras la preceptiva ronda por los lugares de rigor a un servidor no se le ocurrió otra cosa que ver si las fantasías eróticas forjadas durante tantas noches en el baño de mi casa podían llegar a convertirse en realidad.

chicas de Julu LuV se había apalancado a una desgarbada mozuela oriunda de alguna remota aldea de la China profunda, que estaba encaramada a un taburete alto al lado de la barra, las piernas abiertas y la minifalda remangada, ofreciendo invitadora unas encantadoras bragas de encaje azul claro a la mirada de todos los parroquianos en general y a la mano de mi amigo en particular.  Este, sin embargo, víctima de una tajada como la copa de un baobab, no conseguía meterle mano ni a tiros, lo que daba entre pena y risa de ver, dado que la cosa constituye su particular y prácticamente única perversión.  Yo estaba de pie apoyado en una esquina medio apartada, observando con especial fascinación todo lo que ocurría ante mis ojos como a cámara lenta, efecto probablemente del alcohol adulterado que para entonces corría en abundancia por mis venas.  Tenía cariñosamente amarrada a mi barriga una chavala como de metro cuarenta, pelo largo y complexión escuálida, que lucía sin embargo un canalillo algo más que espectacular, fruto sin duda del wonderbra siete tallas más pequeño que la suya que llevaba puesto.  Mientras yo me preguntaba cómo diablos se las arreglaría para respirar, la buena mujer levantó hacia mí su carita angelical, se puso de puntillas y deslizándome una mano por la nuca me atizó el muerdo más fantástico que me han proporcionado en mi vida entera, de esos que hacen afición, con la humedad justa, la presión exacta y sin dejar un rincón de mi boca por explorar.  Cómo sería la cosa que hasta mi hermano pequeño, que se había retirado a dormir haría cosa de un par de horas, se despertó y levantó su tierna cabecita para preguntar qué pasaba.  Mientras estaba calculando –con especial dificultad, todo hay que decirlo– las insospechadas posibilidades que la nueva situación abría ante mis ojos, me llegaron, inoportunos y ensordecedores, los gritos de V, que agitaba en su mano una cuenta de seiscientos yuanes y exigía con alcohólica insistencia la inmediata presencia de la policía.  Ante la mirada de fastidio de las cuatro chavalitas de servicio, y las de indiferencia del otro par de idiotas clientes que quedaban en el bar, intenté explicarle a V que quizás no fuera una buena idea llamar a la policía a una hora tan intempestiva, y menos en semejante lugar, compañía y estado etílico.  Mientras tanto observaba de reojo, cada vez más alarmado, las inquietantes evoluciones de un chino de dos veinte y trescientos kilos de peso que había aparecido como por ensalmo detrás de la barra.  Al final agarré a mi amigo de un brazo y lo saqué a tirones del local –no sin antes pagar la procelosa cuenta, of course– para meterlo a presión en un taxi con rumbo a su hotel mientras el buen hombre preguntaba con voz resbalosa a dónde íbamos ahora.  Era de día ya, me dolía la cabeza y me dirigí andando despacio a mi casa, sorteando a duras penas los árboles y los escupitajos de la acera.

Al día siguiente, mientras luchaba por vestirme e intentaba contrarrestar con poco éxito los efectos de un clavo espectacular sobre el sentido del equilibrio, encontré en un bolsillo del pantalón un papel arrugado, con un nombre –Angell, con dos eles, no me jodas– y un número de teléfono escritos en él.  Durante ese día, ocupado como estuve en luchar contra los vómitos inoportunos y resolver al mismo tiempo los problemas habituales de la oficina, no me paré mucho a pensar en el tema, pero a eso de las ocho, a punto ya de plegar, me dio por querer ser malo y ver si lo del día anterior había sido sólo un sueño o allí había material para un poco de jaleo.  Entré por Julu Lu en vez de ir a casa derecho, y efectivamente, la mayoría de los bares estaban ya abriendo o a punto de hacerlo.  Rescaté de entre las brumas de mi memoria el nombre del garito de la noche anterior, abrí la puerta con un poco de prevención mezclada de malsana excitación, y pasó lo que tenía que pasar.

El bar estaba vacío.  Angell, o como demonios se llamara, estaba sentada a la barra, tiernamente abrazada a un tipo chino bastante joven, con patillas de bandolero, chaqueta blanca y camisa negra de cuello enorme abierta hasta el ombligo, al que sólo le faltaba el pantalón de lentejuelas para convertirse en figurante oficial de “Fiebre del Sábado Noche”.  Ella me vio entrar, me reconoció al instante y miró de golpe para otro lado.  El macarra de su vera me midió con curiosidad de arriba abajo, le dio una calada a su cigarrillo y escupió despectivamente el humo en mi dirección.  Me quedé plantado como un estúpido, sin saber cómo reaccionar ni dónde mirar, mientras una de las supuestas camareras trataba de agarrarme de la mano y llevarme hacia dentro del local.  Se quedó entre pasmada y ofendida cuando me zafé de su mano con un tirón muy poco elegante, y me gritó algo que no entendí mientras me alejaba con paso desigual y ánimo sombrío.  “¿De dónde vienes a estas horas?” preguntó mi mujer con tono molesto cuando entré en casa.  “Seguro que de algún bar, hay que ver cómo te gustan”.  “Seguro, ya ves”, contesté mientras me abría una cerveza.

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12
Jun

No.88 BAR, SHANGHAI

Posted in Lugares  by Josema

No.88 BarEl otro día, después de cenar en un Nepalí, me llevó Mei Mei al recientemente abierto, y ya über-famoso en Shanghai, No.88 Bar.  Es un bar grandote, como a mí me gustan, estilo así como del antiguo oeste, con una decoración super-recargada entre la que destacan un millón de lámparas de todos los estilos (antiguos, se entiende) colgando del techo, y un montón de extraños artefactos repartidos por todos los rincones, con pinta de máquinas del tiempo recién salidas de una novela de H.G. Wells.  Por supuesto, está a reventar de mesas, sillas sofás y todo tipo de mobiliario susceptible de acoger a tres chinos con una botella de Chivas mezclado con té verde, con sólo un minúsculo espacio reservado para que los más osados hagan como que bailan.  Me sentí un poco como Teseo en el laberinto de Ariadna, mientras recorríamos el local hasta llegar a la barra, justo en el lado opuesto a la entrada.  Pero bueno, es un paseo curioso que permite apreciar todo el “frikismo” del local con detalle.  Mei Mei estaba encantada con la genialidad de la decoración, como si el establecimiento pudiera rivalizar con los últimos clubs de moda de Londres o Nueva York.  Me tuve por tanto que abstener piadosamente de comentarle que aquello apestaba a franquicia desde leguas de distancia, como efectivamente luego he podido comprobar tras una breve investigación.  Even more, esta cadena de baretos es ya popular en otras ciudades de China de segundo o tercer orden, por lo que casi parece un insulto que la hayan traído a Shanghai, la perla de oriente, tan tarde… aunque para compensar, el día de la inauguración había un par de Ferraris y Lamborghinis en la puerta, como para dar algo más de glamour a la cosa.  Prestados, por supuesto.

Un servidor es hombre de barra de toda la vida, así que nos quedamos pululando en torno a la misma, saboreando nuestros Long Island Iced Teas –Mei Mei es una copiona, ya ven– que por una vez estaban bien tirados, con el alcohol justo (o sea, el 95% de la copa) y un tamaño esplendoroso que compensaba con creces el sabor un pelín demasiado dulce del bebedizo.  Detrás de la barra había un par de extranjeros o tres, que como no ponían copas deduje debían ser los relaciones públicas, tan de moda últimamente en todas las venues de la ciudad.  Será para dar exotismo al bar, digo yo… pero la verdad es que éstos, menos relacionarse hacían de todo, o mejor dicho de nada.  El resto del personal de servicio compensaba afortunadamente tamaña apatía con una diligencia y eficacia inusual, y unos atuendos que hacían presagiar de un momento a otro la aparición del mismísimo Jim West acompañado de su inseparable Artemio Gordon.  Ya sé que no saben ustedes de quién hablo, pero es que son muy jóvenes aún.  Enhorabuena.

De vez en cuando, en una especie de minúsculo escenario, aparecían cantantes, bailarines, magos y demás parafernalia, que mientras esperaban su turno de subir a la palestra andaban entre el personal como Pedro por su casa, confraternizando con la peña y contribuyendo a darle a la noche un ambiente estilo Cirque du Soleil.  El caso es que la gente se lo pasaba bien, el local estaba hasta los topes, el alcohol y el dinero corrían con liberalidad y la música no era tan espantosa como de costumbre –y lo que es ya increíble, el DJ de turno… ¡no hablaba! ¡no gritaba! ¿estaría enfermo?–.

Bad girlAsí es que por una noche, y sin que sirva de precedente, me quedé allí y no fui al Manhattan… sí, sí, están ustedes leyendo bien.  Más que nada porque Mei Mei estaba contenta cantando, bailando, bebiendo y sudando como una loca, lo que hacía presagiar una noche de ardorosos placeres.  Esta chica es lo que tiene, que cuando está bien comida y bien bebida, le gusta estar también bien… bueno, ya me entienden.  Además, yo había ido a Shanghai casi a traición, en una decisión de último momento –motivada como siempre por el insoportable tedio de la villa donde resido–, y me había olvidado el pasaporte, por lo que no me quedaba otra que pernoctar en casa de Mei Mei o en alguna sauna.  Elegí como ya les digo lo primero… y vive Dios que la noche valió la pena.  En fin, si están en Shanghai, tienen la noche tonta y nada mejor que hacer, les recomiendo que se den una vuelta por el “ba ba ba” (la traducción al chino del nombre del local) y no se arrepentirán… no, putas no hay, pero es sólo cuestión de tiempo, ya lo verán.

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9
Jun

NOCHE DE RUMORES

Posted in Gentes, Lugares  by Josema

La del Jueves fue una noche extraña.  Me habían llegado rumores, hará cosa de un mes ya -y de boca de V, que siempre constituye una fuente fiable en estos temas- de que el insustituible “Bourbon Street” había vuelto por sus fueros y estaba en rumbo de convertirse de nuevo en el cocedero de mariscos que tanto echamos de menos unos cuantos.  Así que aprovechando que para variar tenía la noche golfa, hacia allí dirigí mis libidinosos pasos, con ánimo de comprobar si tamaña ventura podía ser cierta.  Bueno, pues no.  O el bueno de V se había confundido de bar -cosa nada improbable, en uno cualquiera de sus delirios alcohólicos- o es que la cosa se reduce de momento a los fines de semana.  Sólo estaban los cuatro tristes parroquianos de siempre, todos locales, y las dos pilinguis de guardia de costumbre, que deben ir rotando noche a noche para hacer más llevadera la cosa pero que no cejan en el vigilante empeño de ser las primeras en enterarse si el garito retorna al viejo esplendor de antaño.  A eso se le llama profesionalidad, sí señor.

Li from SaigonYa puestos, y aunque no sea establecimiento de mi devoción, hice una escala técnica en “Zapata’s”, sólo para comprobar que sigue siendo para mí territorio non-grato, al menos para cuando voy solo o sin ánimo abiertamente pecaminoso.  La misma gente guapa en el jardín y por supuesto todos más altos y más delgados que yo, lo cual me jode sobremanera, qué le vamos a hacer.  Dentro no había ningún idiota bailando subido en la barra, inequívoco indicador de que esa noche había poco ambiente, por lo que decidí irme sin más.  Al salir me dieron un toque discreto dos llamativas señoritas sentadas solas en la terraza, pero antes de que pudiera pensármelo mucho me sorprendí a mi mismo declinando con una amable sonrisa tan apetitosa oferta.  “Quién te ha visto y quién te ve, Josema”, me decía mi ángel de la guarda mientras cogíamos un taxi hacia donde siempre… será que me voy haciendo viejo, pensé, o tal vez que una vez archiconocidos ciertos placeres, uno apunta hacia otras novedades.  Lo malo es que aún no sé cuáles pueden ser, pero en cuanto lo averigüe ustedes serán los primeros en saberlo, se lo prometo.

Mei Mei estaba de guardia en la puerta de su bar, así que me fue imposible escabullirme -tampoco hice mucho esfuerzo, la verdad, nunca está de más cultivar las viejas amistades- y terminamos tiernamente abrazados a la vera de la barra, amenizada la velada por una lozana jovencita de Sichuan que se desplazaba en ropa interior por encima de la misma con loable entusiasmo.  La muchacha, con gran ojo clínico, dedujo de inmediato que se encontraba ante uno de los más idiotas mejores clientes de la casa, por lo que me obsequió con unos cuantos pases de pubis, en versión anterior y posterior, a escasos centímetros de mi cara.  Me dieron ganas de meterle diez yuanes en la braguilla al estilo americano, pero decidí en cambio tentar mi suerte preguntándole con aire inocente a Mei Mei, más por travesura que por otra cosa, si la ardorosa muchachuela podía “venir” con nosotros esa noche.  La mirada asesina que me lanzó me hizo terminar de comprender que no era noche de aventuras, así que cuando mi procelosa cuenta alcanzó los quinientos renminbisies, que suele ser mi límite habitual, anuncié sin paliativos que me iba a explorar los aledaños para despejarme un poco.  “Chica, hay que hacer amigos nuevos de vez en cuando”, le dije a modo de dudosa explicación, y aunque no pareció muy convencida me dejó ir sin más insistencia, demostrando una vez más su encomiable espíritu deportivo.

Y entonces, ya en el “Manhattan”, me llegaron rumores de Phuong.  Me dijeron que estaba en Singapur, lo que tuvo la virtud de conjurar en mi mente oscuras visiones de cientos, miles de marineros borrachos de la séptima flota profanando su bello cuerpo una y otra vez sin límite, sin piedad, sin solución.  Me vi a mí mismo acudiendo valeroso a rescatarla de su miseria, para vivir felices el resto de nuestros días en una choza bajo las palmeras de cualquier playa solitaria de su país.  Deseché tales visiones al instante, sabiendo que, al menos por el momento, no tienen el menor viso de convertirse en realidad.  Y me puse muy triste, melancólico, y lo que es peor, nostálgico.  La portadora de las noticias fue otra vietnamita a la que tengo fichada porque sospecho que tiene el teléfono de Phuong, ese que en mala hora perdí, ese que su pérfida compatriota siempre se ha negado a darme.  Esta vez, de nuevo con calculada ambigüedad, me hizo ver que el preciado número de teléfono podía ser mío, siempre que accediera a pasar la noche con ella -a cambio de una exorbitante suma de dinero, por supuesto-.  El modo tenebroso en que había entrado al recibir las desalentadoras noticias evolucionó inmediatamente al modo de autodestrucción.  Me até a la barra con el cinturón de los vaqueros y ordené a Yaya que me fuera sirviendo Long Island Iced Teas hasta que no pudiera pagarlos o hasta que perdiera la facultad de hablar, lo que sucediera primero.  Poca cosa más recuerdo de aquella noche, salvo la mezcolanza de voces, luces, música y el incesante ir y venir de mujeres que me decían cosas que yo no comprendía.  Recuerdo vagamente haber pensado que era hora de irse, la segunda vez que con el codo derribé mi copa de la barra, y de paso las de tres o cuatro vecinos más.  Después oscuridad, sólo oscuridad.

Detesto despertarme con dolor de cabeza y encontrar a mi lado en la cama una mujer desconocida, de la que no sé su nombre, ni cómo la he conocido, ni porqué está muerta.  Afortunadamente, ésta estaba viva -y bien viva, ya lo creo-.  Tras dos aspirinas y tres horas de delicioso duermevela amenizado por las habilidades de la voluntariosa muchachuela, decidí que era el momento de largarla, no sin antes comprobar que, al menos estadísticamente, no me faltaba dinero de la cartera, ni milagrosamente ninguna de las tarjetas de crédito.  Tras un dulce beso y con la mano ya en la puerta para salir de la habitación, la muchacha se volvió y me miró con una sonrisa que me resultó familiar.  “I am Li”, me dijo.  “From Saigón”, añadió.  Pero yo ya lo sabía.

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