THE END OF THE WORLD (AS WE KNEW IT)
Bueno, pues parece ser que los rumores se confirman: La inefable calle Tong Ren de Shanghai (Tongren Lu para los amigos), antro de perdición donde los haya, escenario cutrelux de tropelías alcohólico-sexuales sin par, incubadora infatigable de leyendas urbanas (con muertos incluidos)… desaparece. Entiéndanme, la calle en sí no se evapora misteriosamente, sino que van a cerrar los tropecientos bares hilvanados sin solución de continuidad -y en tres niveles superpuestos, para mayor escarnio- que la conforman y que en su día establecieron toda una época de referencia en el Shanghai canalla de principios del siglo XXI (toma ya).
El rumor, convertido hoy día en certeza, me llegó a través del señor A, infatigable comentarista de estas crónicas y gran conocedor de la noche shanghaitarra, mediante un mordaz comentario que dejó hace unos días en el blog y que tuvo la virtud de dispararme todas las alarmas. Fíjense si vivo apartado del mundanal ruido que no me había enterado de nada… ¿un supuesto canalla como yo? “shame on me”, que se dice. Como castigo ejemplar, me he rebajado yo mismo cuarenta puestos en el ranking asiático de canallas vivos –y a este paso me temo que me va a costar recuperar la posición casi tanto como a un tenista que yo me sé recobrar el numero uno-.
A decir verdad, Tongren Lu nunca ha sido uno de mis destinos favoritos… imagínense una calle de cien metros de largo mal medidos, con un lado vacío y únicamente adornado con una triste tapia, y en el otro un edificio horroroso de cristal con tres alturas, cuajado en su inmensa mayoría de baretos pretendidamente canallas y antros similares. Este cluster de locales tan ecléctico arrancó en su día –hará ya cosa de cinco años, hay que ver cómo pasa el tiempo- como improbable heredero de la tan añorada Maoming Lu, y pronto pasó a recoger los desechos humanos, entre los cuales tuve el dudoso honor de contarme, del nunca bien ponderado y jamás olvidado “Bourbon Street”. Las señoritas de compañía por aquel entonces eran en su mayor parte de extracción local, por naturaleza poco estridentes, una mezcla de “talking girls” y putillas freelancer que la mayoría de las veces de puro ingenuas resultaban hasta entrañables. Y así, poco a poco, la tribu canalla de aquella época nos fuimos acostumbrando a lo que había… y qué caramba, hasta llegamos a disfrutarlo (cómo no). Al fin y al cabo, como diría un buen amigo mío -un poco bruto, eso sí- “ a falta de pan, buenas son hostias”. Hasta que un buen día, y sin que nadie recuerde muy bien cómo, desembarcó en Tongren Lu una nutrida turba de filipinas, ruidosas, descaradas y con un instinto comercial exacerbado, y con ellas llegó el escándalo. A partir de ahí vietnamitas, coreanas, tailandesas, rusas y demás gentes de mal vivir –ladyboys incluidos/as- conformaban todos los días de la semana, con más o menos altibajos, una colorista tropa a la cual nos uníamos alegre e inconscientemente los parroquianos de costumbre -siempre que nuestras múltiples obligaciones nos lo permitieran, por supuesto-.
Sin embargo algunas noches, a altas horas de la madrugada, cuando aquello se convertía en una sucursal autorizada de Sodoma y Gomorra, casi daba vergüenza ajena –y propia- pasearse por la calle. Entre las celosas trabajadoras de los pisos altos, que bajaban a buscar clientes a la calle, y las funcionarias profesionales que hacían la calle como alternativa barata a las endurecidas meretrices con plaza fija en barra, parecíamos todos grotescos miembros de la tropa de un circo cutre y barato, enquistado de forma molesta en las brillantes entrañas de una ciudad cosmopolita y progresiva, y al que por tanto las autoridades –competentes, por supuesto- no tardarían en echar el candado.
Y eso parece que va a suceder por fin, y no me parece mal del todo. Unos dicen que es cosa de la Expo del año que viene, como parte de la campaña municipal para “limpiar” la ciudad y presentarla como espejo de la China que viene. Otros dicen que simplemente es que se terminan los contratos de alquiler de los locales, y los dueños del edificio tienen mejores planes para el mismo, ahora que enfrente van a construir un complejo –otro, quiero decir- de hotel de lujo, balneario, centro comercial y lo que se tercie. Parece ser que Judy’s, uno de los locales pioneros y emblemáticos de la calle, va a reabrir sus puertas unos metros mas allá, en la misma calle pero lejos del edificio maldito. Que Manhattan, estrella incontestable de la zona sin que nadie acierte muy bien a explicarse cómo lo ha conseguido, se va a mover también al principio de la calle, cerca del archifamoso Malone’s. Incluso hablan que la mayoría de garitos se trasladarán en bloque a un nuevo cocedero de mariscos al principio de Julu Lu, cerca de la Plaza del Pueblo (me encanta el nombre), que será una versión en subterráneo de las Orchard Towers de Singapur.
Pues bueno, pase lo que pase, para los aventureros como un servidor (aunque actualmente esté en periodo transitorio de hibernación), esto son excelentes noticias. Qué demonios, hay que renovarse, buscar y explorar nuevos caladeros de pesca, combatir la depresión matinal de asomarse al espejo y ver como pasan los años, sentirse vivo, joder (en ambas acepciones). Por supuesto que hay vida después de Tongren Lu, porque una cosa es cierta… cierren los bares o no, se muevan a otro sitio o echen el cierre definitivo, las que no desaparecerán serán las de siempre. Con un poco de suerte incluso, quizás hasta se renueve el material. Al fin y al cabo, como decía mi profesor de Física, “las putas son como la energía: ni se crean ni se destruyen, sólo se transforman”.





