OJO CON ESAS COPAS
Los días en que los laowais crápulas no están de servicio, mayormente porque el cuerpo –o la cartera– no aguantan tanta tralla, se dedican a beber reposadamente en horas normales, en bares normales y rodeados de gente aparentemente normal, con la que son proclives a intercambiar confidencias sobre sus asombrosas hazañas erótico-alcohólicas. En esos días, si te toca en la barra al lado de alguno de estos irrepetibles ejemplares humanos, puedes –una vez aplicada la correspondiente reducción mediante el coeficiente de Justerini– comprobar que no eres el tipo más listo y crápula de la ciudad, como tú pensabas, ni tampoco el único idiota al que le pasan cosas raras con las mujeres. A veces incluso hay suerte y aprendes algo, normalmente escarmentando en cabeza ajena.
El inglés que me tocó en suerte en Malone´s aquella noche –¿Qué demonios hacía yo con un inglés? buena pregunta… vaya en mi descargo que no me enteré hasta pasadas un buen par de horas– parecía no obstante un tipo serio y sensato. Me estuvo contando sus viajes por todo lo largo y ancho de este mundo, sus negocios, lo de siempre. Entonces, a eso de las once, empezaron a llegar las primeras “working girls”, y el tipo se puso tenso. “¿Aquí también hay mujeres de esas? Me habían dicho que no”. “Pues ya ves” –contesté un tanto fastidiado– “tranquilo, que no muerden. Sólo si les pagas”. Entonces el fulano se quedó callado un rato, después le dio un largo trago a su Cocacola, y por fin me contó su triste y conmovedora historia.
El caballero estaba en Hong Kong, de visita en la oficina local de su empresa, y una noche cualquiera, como buenos anfitriones pero sin premeditación ni alevosía, sus compañeros de trabajo se lo llevaron de farra. Recalaron en uno cualquiera de los garitos de Lockhart Street en Wanchai, lo que delata el buen gusto –y las tendencias festivas– de sus compatriotas. El tipo me juraba y perjuraba que a él no le van esos ambientes, que jamás le ha sido infiel a su mujer ni con una fulana, en fin, la historia de siempre. Pero para no quedar mal y aparentar el hombre de mundo que se supone debe ser un hombre de su posición, decidió tragar y pasar por el aro. Entabló conversación con la vistosa chinita que le colocaron enfrente, alarmantemente escasa de ropa pero alegre y comunicativa, e incluso, él que no bebe, se atrevió con un par de cubatas. A nadie le pareció raro que la chica se lo llevara a una mesa apartada, e incluso es probable que alguien intercambiara un guiño malicioso. Copas van, copas vienen, recuerda que de repente se sintió mal, y la chinita se ofreció amablemente a llevarle a su hotel, ante la aquiescencia burlona de sus colegas que sin duda pensaron “mira con el mojigato”. Después, me confesaba compungido, lo siguiente que recuerda es haberse despertado en su habitación, veinticuatro horas más tarde, desnudo encima de la cama y sin dinero, sin teléfono móvil y sin el peluco original marca Omega, de los de a tres mil libras de vellón la pieza.
“¿A quién se le ocurre llevar un reloj de verdad en China, hombre?” le comente con ánimo de levantar un poco el tono dramático del momento. “No sería un regalo de tu mujer…”. El tipo me miró sin comprender, o tal vez ofendido ante mi asombrosa falta de sensibilidad. Como tenía no obstante interés en saber el final de la historia, puse en acción mi legendario sentido de la entropía, y aguantándome las ganas de reír pasé en cambio a mostrarme tremendamente receptivo. Me siguió contando entonces cómo había llamado inmediatamente a su mujercita allá en la lejana Albión –mal hecho– la cual evidentemente le había puesto a parir y le había conminado a poner el asunto en manos de la policía –una idea más horrible aún, y menos en Hong Kong–. En fin, para hacer corta una larga historia, en la comisaría local un aburrido policía, tras escuchar su historia, le mandó al hospital a hacerse un análisis, que una vez revelado descubrió ligeros trazos de Rohipnol aún navegando entre sus glóbulos rojos. Tras acojonarle un buen rato con los implicaciones legales de contratar los servicios de una prostituta –“la tía era una profesional”, me contaba, “dejó tirados en la habitación unos cuantos envoltorios de condones y algunas botellas vacías del minibar”– al parecer su intachable reputación de honorable hombre de negocios prevaleció sobre las sospechas iniciales, y pasaron a darle la bienvenida al club de los drogados-por-fulanas-para-robarte-hasta-el-hígado. Debe de ser una actividad recreativa bastante de moda en Hong Kong, aunque en Shanghai yo no he oído hablar de ella, sea porque no existe –los laowais locales debemos ser tan idiotas que no hace falta ni echarnos droga en la bebida para robarnos– o porque nos callamos todos como putas, y nunca mejor dicho, y no vamos contando por ahí este tipo de cosas.
En estas estábamos cuando se nos acercó Joy, alegre y combativa como siempre, para saludarme y ver de paso si caía algo. “¿Este es tu amigo?” preguntó, inocentemente. “Sí, pero no bebe”, contesté sin poder reprimirme, lo que tuvo el inmediato efecto de que el inglés pusiera pies en polvorosa mientras nos dedicaba una mueca de profundo disgusto. “Anda, y a éste qué le pasa…” comentó la buena de Joy, un poco sorprendida por el exabrupto. “Los ingleses, que son muy raros, déjalo. ¿Quieres tomar algo?”





